El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 38 #2
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CAPÍTULO 38 #2

—La cifra de los veinte libras al año. ¿La administradora doméstica ha hecho ya, el cálculo de lo que esa cifra significa en el balance personal de la administradora doméstica al cabo de los tres años del contrato?

Lo cual no le pido detalle. Lo cual no es asunto del señor de Ashvere.

Pero, si la administradora doméstica ha hecho el cálculo, me gustaría saber, por una cuestión pequeña sin importancia, si la cifra le acorta algún plan, le alarga algún plan, o ni la una ni la otra.

Bryn, durante los dos segundos siguientes, no me devuelve la palabra.

La cabeza, en el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

La administradora doméstica de la planta noble, sentada en la silla alta del sur, baja la vista al regazo. Apoya las dos manos sobre la falda. La cinta de lino crudo del puño derecho de la manga sigue en la cara externa de la muñeca, hacia mí. Hawthorn, al lado del umbral, no se permite el detalle.

Y, al cabo del tercer segundo, Bryn, sin que la cabeza le haya dado permiso, sin que la cinta de lino crudo le haya autorizado la frase, me contesta lo siguiente:

—Lord Ashvere, la cifra de los veinte libras al año pasa, en mi balance personal, los quince años a siete años y dos meses.

La frase me llega al cuarto de segundo siguiente.

La cabeza no me deja sostenerla del todo.

La cabeza me deja sostener, en cambio, lo siguiente.

La frase de Bryn tiene dos cifras: quince años, siete años y dos meses.

Las dos cifras se refieren a una cuenta de duración — el tiempo que un balance personal tarda en llegar a una cifra de cierre.

La cifra de cierre, sin darme cuenta, está implicada por las dos cifras de duración.

La cifra de cierre es una suma específica que la administradora doméstica de la planta noble lleva calculando — la cabeza me lo deja sostener — desde antes del primer lunes de abril.

Antes de que el señor de Ashvere le ofreciera la asignación adicional de los veinte libras al año.

Lo cual significa que la administradora doméstica de la planta noble, en el primer mes de mi llegada a Cumberland, ya estaba calculando una cifra de cierre a quince años.

Quince años.

Lo cual la cabeza, al sexto segundo, me deja sostener entero.

La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall, en septiembre de mil ochocientos dieciséis, al entrar al servicio de la duquesa de Ravenfell por la vía de la duquesa de Wyndham y la propia Cora, abrió una libreta pequeña del balance en el cajón del doble fondo del escritorio del primer piso.

La cifra de cierre — la del balance — la calculó a quince años.

Cifra y plazo cerrados. Lugar — porque las administradoras doméstica del condado del norte que abren libretas pequeñas del balance en cajones del doble fondo en mil ochocientos dieciséis lo hacen para un lugar específico — no me lo dice.

Pero lo conozco.

Lo conozco porque hay pocos lugares en los que una mujer del condado del norte, viuda joven sin renta, con una asignación de sesenta libras al año, pueda calcular una cifra de cierre a quince años.

Bath.

La cabeza no me pide permiso para sostenerlo.

Bath es el lugar adonde las mujeres del condado del norte que han pasado por las circunstancias de la administradora doméstica se retiran a una pensión pequeña al sur de Inglaterra con una cifra de cierre que no las obliga a depender de nadie.

La cifra de cierre de Bath, del séptimo segundo, ronda las trescientas libras.

La administradora doméstica de la planta noble, antes del primer lunes de abril, calculaba los quince años para esas trescientas libras a la asignación de Ravenfell sola. La cifra del señor de Ashvere — los veinte libras al año — los baja a siete años y dos meses.

Lo cual ahora, con la prórroga del contrato del tercer año, baja también.

Bryn, durante los segundos siguientes, no levanta la vista del regazo.

Hawthorn, al lado del umbral, no se permite el detalle.

La cabeza, durante esos siete segundos, no me deja sostener nada nuevo.

Lo que la cabeza me deja hacer, en cambio, es la siguiente cosa pequeña. Bajo la pluma al tintero. La pluma, sin proponérmelo, queda donde estaba — encima del tintero, sin permitirse el papel todavía. Me levanto un cuarto de la silla del escritorio. No del todo. Solo un cuarto.

—Bryn.

Bryn levanta la vista.

La cara, durante el primer segundo en que me la sostiene, ya no es la del lunes primero por encima del mantel.

Tampoco la del viernes veintinueve en el umbral.

Es otra. La de una mujer que sabe que el señor del condado vecino acaba de advertir, sin que ella se lo haya escrito, una cifra y un plazo y un lugar.

La cara, durante el segundo y medio siguiente, sostiene una franqueza pequeña que no había sostenido.

La cabeza no me deja sostenerla del todo.

Hawthorn, al lado del umbral, en el instante posterior, sin que se lo haya pedido, da un paso pequeño hacia atrás y sale al corredor. Cierra la puerta detrás. Sin permitírselo del todo. Sin permitírselo entero. Sin permitirse el detalle.

La puerta queda cerrada del todo, no entornada al palmo.

Lo cual, en mil ochocientos dieciocho, en una administradora doméstica de la planta noble que firma un contrato pequeño con el señor del condado vecino en el despacho del primer piso de Ashvere Hall sin Hawthorn en el umbral, no se hace.

Hawthorn lo ha hecho.

La cabeza no me deja sostenerlo del todo.

Bryn, sin atreverse, baja la voz un grado.

—Cael, la cifra del balance no es asunto del señor del condado vecino.

La administradora doméstica de la planta noble no la pidió decir.

La cifra la sostuvo sola dieciocho meses.

Ahora — al sexto segundo, sin permitirme el detalle — se le ha caído por la pregunta del señor sobre lo que la cifra del contrato le acortaba al plan.

Asiento.

—El plan de quince años, lord Ashvere — Cael —, ya no es de quince años.

El plan de siete años y dos meses, después del contrato del cierre pequeño de hoy, tampoco.

La administradora doméstica de la planta noble, en mil ochocientos dieciocho, sin atreverse, no sabe cuántos años de plan tiene.

La libreta del balance del cajón del doble fondo del escritorio del primer piso de Ravenfell House tiene, al margen, dos anotaciones pequeñas, en lápiz fino, del catorce y del veinte de mayo.

Las dos anotaciones, lord Ashvere, las leyó la administradora doméstica anoche al cierre, después del Cisne Blanco.

La administradora doméstica no se permitió la tercera anotación entonces.

Esta tarde, después de la pregunta del señor sobre lo que la cifra acortaba al plan, tampoco.

La administradora doméstica de la planta noble, en mil ochocientos dieciocho, no se permite la tercera anotación todavía.

Bajo la cabeza.

—Bryn, no se la permita.

Pausa. La cara de Bryn, durante el cuarto de segundo siguiente, sostiene la franqueza pequeña que sostuvo el viernes veintinueve.

—¿No, Cael?

—No.

—La tercera anotación, Bryn, no la haga la administradora doméstica de la planta noble sola en una libreta pequeña de un cajón del doble fondo del escritorio del primer piso de Ravenfell House al cierre del día.

La haga, si quiere hacerla, en una hora que la administradora doméstica de la planta noble considere oportuna, en un sitio que ella elija, con el señor de Ashvere, si la administradora doméstica de la planta noble lo considera adecuado, en presencia.

O sola, si la administradora doméstica lo prefiere.

Pero no esta tarde. No antes de la firma del contrato.

No antes de la bajada de mi madre. Mi madre, Bryn, baja el lunes ocho.

Y mi madre, en su cálculo, ya ha calculado la tercera anotación por su cuenta.

—Mi madre, Bryn, le va a hacer a la administradora doméstica de la planta noble una pregunta directa en algún momento de las cuatro semanas en que va a estar en Cumberland.

Esa pregunta no se la hace mi madre porque la duquesa de Wyndham orqueste, todavía, una candidata para el sustituto del primo Edmund.

Esa pregunta se la hace mi madre porque la duquesa de Wyndham, en mil ochocientos catorce, en el cottage de los Wyndham de Hertfordshire, sin atreverse, durante una conversación de jardín de cuarenta minutos en la que la administradora doméstica de la planta noble — que entonces no era administradora doméstica, era la prometida del baronet Marlowe de Furness — le pidió consejo a mi madre sobre el matrimonio que iba a contraer, mi madre le contestó que era una mala idea.

La administradora doméstica no aceptó el consejo.

Mi madre se sintió, en el cálculo de mi madre, responsable durante cuatro años.

La pregunta de mi madre el lunes ocho de junio no la hace mi madre por la institutriz de Pippa Ravenfell.

La hace por la mujer del cottage de Hertfordshire del verano de mil ochocientos catorce a la que mi madre, sin atreverse, no consiguió convencer entonces.

Bryn baja la cabeza un grado.

—Comprendido, Cael.

—La administradora doméstica de la planta noble, según veo, no le va a contestar a mi madre la pregunta directa con una cifra de cierre de tres anotaciones.

Le va a contestar con la cifra que la administradora doméstica de la planta noble, sin que el señor de Ashvere se la haya pedido, sin que mi madre la duquesa de Wyndham se la haya autorizado, sin que la duquesa de Ravenfell la haya orquestado, decida sostener entera.

—La cifra es asunto suyo, Bryn. No mío.

Bryn no me devuelve la palabra al cuarto de segundo siguiente.

La cabeza, durante el segundo siguiente, me deja sostener una cosa pequeña.

Subo la pluma del tintero. La sostengo encima del contrato pequeño del lado norte del secante.