El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Hawthorn me sube el contrato a las once menos cinco del martes segundo de junio.

El contrato lo redacté ayer, lunes primero, a las nueve de la noche, al volver del Cisne Blanco.

La salita privada de Eliza Halliwell se cerró a las cuatro menos diez.

Brennan, Cora, Pippa y la administradora doméstica de la planta noble subieron al coche del condado a las cuatro y tres minutos.

Yo cabalgué de vuelta a Ashvere con Hume al paso medio.

Llegué al patio del este a las cinco menos veinte.

Y, en la silla del escritorio del primer piso, con la luz oblicua del sur del último día del trimestre entrando por la ventana del despacho, sin proponérmelo, escribí el contrato en una hoja sin sangría, sin sobre, sin firma todavía.

El contrato es de cinco frases.

Cinco frases, en mil ochocientos dieciocho, en una indicación pequeña que el señor del condado vecino le hace a la administradora doméstica de la planta noble de la casa que cuida la institutriz de la pequeña Pippa Ravenfell, ya es bastante.

La primera frase: «Lord Ashvere de Ashvere Hall, por la presente, le ofrece a la señora Marlowe, administradora doméstica de la planta noble del primer piso de Ravenfell House desde septiembre de mil ochocientos dieciséis, el puesto pequeño, sin formalización del oficio, sin desplazamiento de la residencia, sin sustitución del cargo principal en Ravenfell, de ama de llaves de facto del primer piso de Ashvere Hall, con dedicación de tres tardes a la semana — lunes, miércoles, viernes — durante las horas habituales del cruce del portillo del jardín del sur que ya viene cumpliendo desde el primer lunes de abril».

La segunda frase: «La asignación adicional sobre la asignación de Ravenfell de sesenta libras anuales trimestrales que la administradora doméstica recibe de su excelencia el duque de Ravenfell será de veinte libras anuales, pagaderas en una entrega única el primer lunes de julio de cada año».

La tercera: «La asignación de los veinte libras anuales se firma por una duración de tres años, prorrogables al cabo de los tres años por mutuo acuerdo entre las partes».

La cuarta: «El cierre del cuarto de la señora Henshaw del primer piso queda autorizado para el uso exclusivo de la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall, con la lumbre y la cocinera Eudora atendiendo las dos y media del té con la crema entera y el terrón disuelto los tres días».

La quinta: «El contrato se firma el martes segundo de junio de mil ochocientos dieciocho, a las once de la mañana, en el despacho del primer piso de Ashvere Hall, con presencia del mayordomo viejo de Ashvere — Hawthorn — como testigo del cierre. Lord Ashvere».

El contrato pequeño lo redacté en quince minutos. Lo dejé en el secante. Lo dormí sin darme cuenta.

Esta mañana del martes segundo de junio, Hawthorn me lo ha subido junto con la bandeja del primer café — el café fuerte, el pan negro, una rebanada del queso del valle.

Y, durante los catorce segundos en que Hawthorn lo deja en el lado norte del secante sin permitirse la observación, me hace además una indicación menor.

—Milord. La señora Marlowe ha confirmado por escrito, por la cesta del correo doméstico del cierre de anoche, su llegada al cuarto de las dos.

La duquesa de Ravenfell, sin atreverse, le ha autorizado, por una vía pequeña que la cocinera Beulah me trasladó esta mañana al cierre del semisótano, la presencia en el despacho del primer piso de Ashvere, no en el cuarto de la señora Henshaw, durante la firma del contrato.

Lo cual su excelencia la duquesa, según veo, no consideró conveniente para los lunes, miércoles y viernes habituales, pero sí para el martes segundo.

Asiento.

—Comprendido, Hawthorn. La firma queda en el despacho. El testigo del cierre, usted. La cocinera Eudora le sube a la administradora doméstica el té a las dos y media al cuarto de la señora Henshaw después de la firma, como las tres tardes habituales.

—Como milord disponga, milord.

Hawthorn se retira.

Las cinco horas de espera al cruce del portillo de la administradora doméstica de la planta noble las paso en el despacho del primer piso sin proponérmelo.

El contrato pequeño, sobre el secante al norte, sin firma todavía.

La pluma, sin mojar. El tintero, abierto.

La novena nota — la del sábado treinta, la de la inicial «C» — sigue en la capa de la administradora doméstica de la planta noble, según el cálculo del almuerzo del lunes primero en la salita privada del Cisne Blanco.

Yo, durante las cinco horas, no abro ni una de las dos cartas de Mayfair que llegaron en la entrega del lunes.

Mi madre y Dorian se quedan para más tarde.

A las dos menos cinco, oigo el portillo del muro abrirse.

La administradora doméstica de la planta noble cruza el patio al paso firme.

La cinta del puño derecho de la manga, esta tarde — la veo por la ventana del despacho desde el segundo piso —, no es la amarilla del lunes primero, no es la lavanda gris con la flor del primer fresno, no es la blanca de seda del jueves catorce.

Es una cinta nueva — del color del lino crudo, sin flor prendida, sin alfiler, ancha tres pulgadas en lugar de las dos habituales.

La cinta del lino crudo, en el código pequeño del condado del norte, es la del cierre de los acuerdos.

La administradora doméstica de la planta noble, en mil ochocientos dieciocho, sin atreverse, sabe lo que el contrato pequeño contiene.

Lo cual significa que la cocinera Beulah, sin que la duquesa lo haya autorizado, le pasó a Pearl una indicación pequeña sobre el cesto del correo doméstico del cierre de anoche que la administradora doméstica leyó al primer sorbo del segundo té de la mañana.

Lo cual la duquesa de Ravenfell, según veo, ha permitido.

Hawthorn la sube al despacho a las dos en punto.

Llaman dos golpes.

—Adelante.

Entra la administradora doméstica de la planta noble.

Hawthorn cierra la puerta detrás, no del todo — entornada al palmo, como las tres tardes habituales del cuarto de la señora Henshaw.

El despacho del primer piso, esta tarde, tiene la luz oblicua del este entrando por la ventana del frente.

El secante al norte, con el contrato pequeño.

La silla del escritorio, mía. Y, al sur, dos sillas — una alta de respaldo, otra baja sin respaldo — que Hawthorn ha colocado esta mañana sin que se lo haya pedido.

La administradora doméstica de la planta noble se queda de pie cerca de la mesa.

—Bryn, buen día. Le pido que tome asiento. La silla alta, no la baja.

Bryn levanta media inclinación de cabeza. Se sienta en la silla alta del sur. La capa la deja en el respaldo, no la cuelga del clavo del corredor. La cinta de lino crudo del puño derecho, al sentarse, queda en la cara externa de la muñeca, hacia mí, no hacia el cristal.

Yo me siento en la silla del escritorio.

Hawthorn se queda de pie al lado del umbral, sin acercarse, sin permitirse el detalle.

—Bryn. La indicación pequeña del contrato la habrá leído por una vía menor que la cocinera Beulah le pasó a Pearl en el cesto del cierre de anoche.

Lo cual la duquesa de Ravenfell ha permitido, sin atreverse, sin haberme consultado a mí.

La administradora doméstica de la planta noble, en su cálculo, ya sabe lo que el contrato contiene.

Le pido, en consecuencia, que el cierre del contrato no se sostenga sobre la lectura del contrato — porque la lectura ya ha pasado — sino sobre cinco cuestiones menores que el señor de Ashvere y la administradora doméstica de la planta noble, sin la presencia de la duquesa de Ravenfell, conviene cerrar entre los dos antes de la firma.

Bryn asiente medio grado y se permite la palabra:

—Comprendido, lord Ashvere.

—La primera. El puesto pequeño no es del oficio del condado del norte.

Es un puesto sin formalización. La administradora doméstica de la planta noble no necesita cambiar de residencia.

No necesita renunciar al cargo principal de Ravenfell.

La señora Marlowe sigue siendo la institutriz de la pequeña Pippa Ravenfell de septiembre de mil ochocientos dieciséis.

Esto, lo escribí ayer. Pero le pregunto a la administradora doméstica si el «sin formalización» le ofrece dudas.

Bryn baja la cabeza un grado.

—No, lord Ashvere. El «sin formalización» es la cuestión exacta que la administradora doméstica le habría pedido al señor de Ashvere de añadir al contrato si el señor no lo hubiera añadido por su cuenta.

Asiento medio grado.

—La segunda. La asignación adicional, los veinte libras al año, pagaderos en entrega única el primer lunes de julio de cada año, durante tres años, prorrogables. Le pregunto a la administradora doméstica si la cifra le parece adecuada. Y, si no, si la administradora doméstica se permite negociar.

Bryn no me devuelve la palabra al cuarto de segundo siguiente.

La cabeza advierte que la administradora doméstica lleva una cinta de lino crudo en el código del cierre de los acuerdos del condado del norte. Ha venido al despacho a firmar. No a negociar.

—Lord Ashvere, la cifra de los veinte libras al año pagaderos en una entrega única el primer lunes de julio de cada año, durante tres años, prorrogables, es adecuada.

La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso.

Lo que la cabeza me deja hacer es lo siguiente. Bajo la pluma. La mojo. No la subo todavía al contrato. La sostengo encima del tintero, sin querer.

—Bryn, una pregunta menor. Sin presión. Sin obligación. Si la administradora doméstica de la planta noble prefiere no contestarla, no la contesta.

Bryn baja la cabeza un grado.

—Lord Ashvere, adelante.