CAPÍTULO 37 #2
La salita privada de la posada del Cisne Blanco de Keswick, en mil ochocientos dieciocho, tiene una sola mesa larga, cuatro sillas — Eliza ha quitado la quinta, según la corrección que el rector Holcomb le pasó por mi vía la semana pasada cuando confirmé que Clara no iba a bajar hasta el doce —, un aparador del este con la vajilla del condado del norte, dos cuadros pequeños en la pared del oeste — uno de la abuela de Eliza, otro del valle de los Bell en mil ochocientos siete —, y una chimenea pequeña apagada del todo en la pared del sur.
Cora se sienta a la cabecera del este.
Brennan, al norte.
La administradora doméstica de la planta noble, al sur.
Pippa, al oeste.
Lo cual significa que yo me quedo de pie en el umbral durante el instante siguiente.
Cora levanta la vista.
—Ashvere, el cubierto del señor de Ashvere queda en la cabecera del oeste, al lado de la pequeña Pippa Ravenfell. Lo cual lo decidí esta mañana antes de la misa, sin querer, sin consultar a su excelencia mi marido.
Brennan no levanta la vista del platillo.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
La distribución que la duquesa ha hecho de la salita privada del Cisne Blanco — Cora al este, Brennan al norte, Bryn al sur, Pippa al oeste, yo al oeste con Pippa — significa que el señor de Ashvere queda al lado de la pequeña Pippa Ravenfell, no de la administradora doméstica de la planta noble.
La administradora doméstica está enfrente, al sur, en la cabecera baja.
Y el señor de Ashvere, al oeste, no tiene a la administradora doméstica al lado. Tiene a la pequeña.
Lo cual es la cortesía pequeña que las duquesas del condado del norte le entregan a los señores del condado vecino cuando los señores ya han pasado por la conversación que las duquesas no han presenciado.
Cora no la ha presenciado. Pero lo sabe.
Me siento al oeste.
Pippa, a mi izquierda, sin levantar la vista del platillo, me hace media inclinación pequeña. Yo le devuelvo media.
Eliza nos sirve la sopa fría del valle. El primer plato.
La conversación, durante los cuatro minutos siguientes, la lleva Brennan — sobre el órgano nuevo, sobre el cantero de Keswick, sobre la donación de los señores del condado que el rector Holcomb va a apuntar a la primera hoja del libro del condado del año en curso.
Cora pasa al segundo sorbo. La administradora doméstica de la planta noble, enfrente, bebe la sopa fría sin levantar la vista del platillo, sin sostenerme la mirada, sin atreverse.
Pippa, a mi izquierda, levanta la cuchara con la mano derecha.
La cuchara le pesa un grado más de lo habitual. La pequeña, sin atreverse, sin que su madre la duquesa se entere, sin permitírselo Brennan del otro lado de la mesa, deja caer una gota pequeña de la sopa fría en el mantel blanco del invierno entre su platillo y el mío.
La gota pequeña queda redonda.
Pippa baja la cuchara. La pequeña, durante unos instantes siguiente, no me mira a mí ni a su madre. Mira a la administradora doméstica de la planta noble enfrente.
La administradora doméstica de la planta noble, sin levantar la vista del platillo, sostiene una sonrisa pequeña de un solo lado durante unos segundos siguiente.
La cara externa de la cinta amarilla del puño derecho de la manga, en la luz oblicua de la salita privada del Cisne Blanco a las dos y siete minutos del lunes primero de junio, se ve entera del lado de la mesa hacia el oeste.
Pippa, a mi izquierda, sin volverse a mí, dice:
—Lord Ashvere, ¿me presta milord el pañuelo del bolsillo del chaleco para limpiar la gota pequeña? Porque mi pañuelo lo dejé en el coche del condado y mi madre la duquesa ya está hablando con su excelencia mi padre del himno del rector Holcomb.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso.
Saco el pañuelo del bolsillo del chaleco.
El derecho. No el izquierdo. El derecho — el del bolsillo donde guardo la pestaña pequeña de papel verjurado de la administradora doméstica de la planta noble desde el jueves veintiuno de mayo, y, desde el sábado treinta, una hoja pequeña sin sobre sin firma que yo no le he hecho llegar todavía a la administradora doméstica porque la administradora doméstica no me ha contestado a la nota con la «C» del sábado.
El pañuelo del bolsillo derecho — un lino blanco menor — sale junto con la hoja pequeña doblada en cuatro.
La hoja, al cuarto de segundo siguiente, queda visible sobre el mantel blanco del invierno, al lado del platillo de Pippa, al lado de la gota pequeña redonda de la sopa fría del valle, al lado de la cinta amarilla del puño derecho de la manga de la administradora doméstica de la planta noble enfrente.
Yo no la recojo.
La cabeza no me pide permiso.
Pippa, sin atreverse, sin volverse a la duquesa ni a Brennan, coge el pañuelo de lino blanco con la mano derecha. Limpia la gota pequeña redonda. Devuelve el pañuelo al borde de la mesa al lado mío.
La hoja doblada en cuatro queda donde está. Sobre el mantel.
La administradora doméstica de la planta noble, durante el segundo siguiente, levanta la vista del platillo. Por primera vez en cuarenta y tres minutos.
La sostiene seis segundos.
La cabeza no me deja sostenerle la mía más de los seis.
Al cabo de los seis segundos, la administradora doméstica de la planta noble baja la vista al mantel. Localiza la hoja doblada en cuatro. La cabeza, sin atreverse, sostiene una observación pequeña.
La observación es que la administradora doméstica de la planta noble, en el cuarto de segundo en que advierte la hoja doblada en cuatro sobre el mantel blanco del invierno, no se permite el segundo gesto.
Sin permitírselo del todo.
La cabeza me deja sostenerlo.
Lo que la administradora doméstica sí hace, al cabo del séptimo segundo, es alargar la mano derecha al borde del mantel — no hacia el centro, no hacia la hoja, sino al borde del lado sur. Apoya dos dedos en el lino del mantel. Pippa, a mi izquierda, advierte el gesto.
La pequeña entiende sin que se lo digan.
La pequeña recoge la hoja doblada en cuatro del centro del mantel.
La pasa al borde del lado sur. Llega a los dos dedos de la administradora doméstica de la planta noble.
La administradora doméstica la coge. La pliega un cuarto más estrecha.
La mete en el bolsillo interior de su capa colgada al respaldo del asiento del sur.
La cabeza, durante el momento siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Cora y Brennan siguen hablando del himno del rector Holcomb.
Pippa, a mi izquierda, vuelve a la sopa fría.
La administradora doméstica de la planta noble, enfrente, también.
Yo bajo la mano derecha al pañuelo de lino blanco. Lo recojo. Lo guardo en el bolsillo derecho del chaleco — el del lado de la pestaña, no del lado de las cinco notas y la flor seca. Las cinco notas y la flor del primer fresno siguen al izquierdo. La pestaña, sola, al derecho.
La hoja doblada en cuatro que ya estaba en el derecho — la que escribí ayer a las ocho menos diez con la inicial «C», la décima, la que le hice llegar por la cesta del correo doméstico de Beulah al mediodía del sábado — ya no la tengo yo.
La tiene la administradora doméstica de la planta noble en su capa.
Cinco notas y una flor en el izquierdo. Una pestaña en el derecho.
La novena ya está donde tiene que estar.
Y, durante los cuarenta minutos siguientes del almuerzo, la administradora doméstica de la planta noble y el señor de Ashvere no se vuelven a sostener la mirada por encima del mantel.
No la sostienen porque ya se la han sostenido.
Seis segundos.