CAPÍTULO 37
La iglesia parroquial de Keswick a las once y cuarto del lunes primero de junio está más llena de lo que el rector Holcomb había previsto en su última carta del viernes pasado.
Cabalgo al patio del cottage del rector a las once menos diez.
Tobías recibe a Hume. Hawthorn me alcanza el sobretodo del condado, no el de viaje.
Cruzo al pórtico de la iglesia con el reverendo Wallace del valle de Ravenfell, que ha subido al servicio principal de Keswick para acompañar al rector en la bendición — dos rectores en una sola ceremonia, lo cual en el condado del norte no se ve dos veces al año.
Brennan y la duquesa de Ravenfell entran al pórtico tres minutos antes que el coche del condado de los Whitcombe.
Yo los espero al lado del pórtico oeste, con el sombrero en la mano izquierda, sin proponérmelo.
La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall baja del coche con Pippa en la mano derecha y la falda gris azulada de los lunes recogida en la izquierda.
La cinta del puño derecho de la manga, esta mañana, no la veo entera del lado del pórtico — el ángulo de la luz oblicua del sur me la oculta detrás del costado del cuerpo.
Pero, al cruzar Brennan al pórtico interior con la duquesa, la administradora doméstica de la planta noble pasa por delante de mí con Pippa de la mano.
La cinta del puño derecho de la manga, en el cuarto de segundo en que pasa por delante, no es la lavanda gris con la flor pequeña prendida al alfiler que el rector Holcomb me había advertido el lunes veinticinco que era la del condado del norte para los almuerzos públicos.
Es amarilla.
Algodón fino, no seda. Doce pulgadas. Con una flor pequeña amarilla prendida al alfiler — pero no del primer fresno del bosquecillo del norte.
Una flor del condado del norte que no es del bosquecillo.
Crece entre las losas de los patios de las iglesias parroquiales del valle.
La advertí, sin darme cuenta, en el patio de la iglesia de Penshaw en abril.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall cruza al pórtico interior sin mirarme la cara. Pippa, de su mano, levanta la vista al verme. Me hace media inclinación — la pequeña, a sus seis años, ya la sabe hacer del lado del condado de Ravenfell. Yo le devuelvo media.
La duquesa entra al banco del condado de Ravenfell — el segundo del lado este, no el primero. Brennan, detrás. Pippa, después. La administradora doméstica de la planta noble, la última.
Yo entro al banco del condado de Ashvere — el primero del lado oeste, justo enfrente del segundo del este.
Sin mi madre — la duquesa de Wyndham baja el ocho.
Sin Dorian — mi gemelo está en Hertfordshire.
Sin Clara — mi hermana baja el doce. Yo solo en el primer banco del condado de Ashvere, en el primer servicio de Keswick desde mi llegada al condado en febrero, frente al banco de Ravenfell con la duquesa, el duque, la pequeña, y la administradora doméstica de la planta noble.
La cinta amarilla, vista del lado del cristal de la iglesia parroquial de Keswick a las once y veinte minutos del lunes primero de junio, queda al puño derecho de la manga de la administradora doméstica con la cara externa hacia el centro de la nave. Hacia el banco del condado de Ashvere.
Lo cual es la cara que la administradora doméstica ha decidido por su cuenta enseñar.
La bendición del nuevo órgano dura cuarenta y siete minutos.
El rector Holcomb predica un sermón corto sobre el salmo cien — el de la música que se ofrece sin permitirse el orgullo.
El órgano nuevo, cubierto por el paño rojo hasta el cuarto canto, queda destapado a las once y treinta y nueve por las manos del cantero de Keswick que lo trajo del taller de York en mil ochocientos dieciocho.
El primer himno — el «Ven, Espíritu Creador» — lo entona el reverendo Wallace y lo continúan las dos parroquias.
La administradora doméstica de la planta noble, en el segundo banco del este, lo canta sin atreverse en una voz pequeña que no levanta del libro de los himnos.
Yo no canto.
La cabeza no me pide permiso para sostenerlo.
Lo que la cabeza me deja hacer es mirar al órgano nuevo durante los cuarenta y siete minutos sin volverme al segundo banco del este.
La cinta amarilla del puño derecho de la manga de la administradora doméstica de la planta noble la advertí al pórtico.
La advertí entera. La cabeza no me deja advertirla por segunda vez durante la bendición.
Salimos al patio de la iglesia a las doce y dos.
Los Whitcombe me saludan. Los Bell. Walter Ashen con Anne, que ha bajado al servicio.
El cantero de Keswick. El alguacil del valle.
El rector me hace una inclinación menor desde el pórtico — la inclinación de los rectores del condado del norte al señor del condado cuando la ceremonia se ha cumplido entera sin contratiempos. Yo le devuelvo media.
Brennan se me acerca al patio. Le hago media inclinación de cinco grados. Me la devuelve.
—Ashvere, mi mujer me indica que el almuerzo de la salita privada del Cisne Blanco queda a las dos en punto.
Cuatro cubiertos. La señora Halliwell le ha confirmado a la duquesa, sin atreverse, que la mesa la ha puesto con el mantel blanco del invierno, no con el de verano del año pasado, porque la señora Halliwell, en su cálculo, considera que el almuerzo de hoy es ocasión menor del condado.
Asiento.
—Comprendido, Ravenfell. Bajo al Cisne Blanco a la una y tres cuartos. Tobías me lleva a Hume al patio.
Brennan asiente. Recoge la fusta corta. Se vuelve a Cora.
Sube a la duquesa al coche del condado. La pequeña Pippa sube al primer escalón con la falda azul claro recogida en la mano izquierda.
La administradora doméstica de la planta noble sube al cuarto escalón — la última, como al pórtico de la entrada.
El coche del condado de Ravenfell sale del patio de la iglesia a las doce y diez.
Tobías me trae a Hume. Cabalgo al Cisne Blanco al paso.
Hawthorn — no, Hawthorn no ha bajado a Keswick esta mañana, se ha quedado en Ashvere por una cuestión menor de la cocinera Eudora con el cordero pequeño de cabrito del miércoles diez.
Cabalgo al Cisne Blanco solo. Llego al patio de la posada a las doce y veinte.
Eliza Halliwell me recibe en el patio con la cara más impasible que de costumbre — la posadera, en mil ochocientos dieciocho, en presencia del señor de Ashvere a la víspera de la bajada de la duquesa de Wyndham, no se permite la franqueza menor que le permitiría a un huésped habitual.
Me ofrece la salita pequeña del oeste — la de los huéspedes — para esperar las dos. Acepto.
Subo a la salita pequeña del oeste a las doce y veinticinco.
Como el almuerzo simple del condado que Eliza me sube — pan, queso, sopa fría del valle, un vaso del vino floja.
No bebo el vino. La cabeza, durante las dos horas siguientes, no me pide permiso para sostener nada salvo la cinta amarilla del puño derecho de la manga de la administradora doméstica de la planta noble vista al pórtico de la iglesia a las once y veinte.
La cinta amarilla no es de la lavanda gris.
La cinta amarilla no es de seda fina. Es de algodón.
La cinta amarilla no tiene el alfiler con la flor del primer fresno del bosquecillo del norte. Tiene un alfiler distinto con una flor distinta.
Y la cinta amarilla, en el cuarto de segundo en que la administradora doméstica de la planta noble pasó por delante de mí al pórtico de la iglesia parroquial de Keswick a las once y veinte minutos del lunes primero de junio, no la pone, según veo, lord Ashvere de Ashvere Hall.
La pone otra persona.
La cabeza me deja sostener la observación entera durante el medio minuto siguiente.
Quién la pone, eso, no me lo deja sostener.
Pero la observación más pequeña sí. La cinta amarilla está, sin atreverse, fuera del código del oficio.
Lo cual significa que es de otra cosa. Y la otra cosa, en una administradora doméstica que no ha aceptado todavía la firma del señor del condado vecino, no puede ser del señor del condado vecino. Es de la casa propia.
La cabeza, durante unos segundos siguiente, considera dos cosas a la vez. La primera, que Cora se la ha podido pasar al té del sábado. La segunda, que Pippa, por su cuenta, ha podido entregársela en algún momento del fin de semana.
La cabeza me deja sostener las dos cosas hasta la una y media.
A la una y media, sin proponérmelo, la cabeza me suelta la conclusión.
La conclusión es la segunda.
Pippa Ravenfell, a sus seis años y dos meses, sin atreverse, le ha entregado a la administradora doméstica una cinta amarilla. Y la administradora doméstica, esta mañana, la ha aceptado.
Lo cual significa, sin atreverse, que la administradora doméstica de la planta noble ya no va a Bath sola.
La cabeza no me deja sostenerlo entero.
A la una y cuarenta y cinco, bajo del cuarto de huéspedes a la salita pequeña del oeste. A la una y cincuenta y cinco, cruzo al patio principal del Cisne Blanco. A las dos menos uno, el coche del condado de Ravenfell entra en el patio.
Bajan los cuatro.
Cora con el sombrero pequeño de paja del verano del año pasado.
Pippa con el azul claro de los domingos.
Brennan con el sobretodo del condado. La administradora doméstica de la planta noble con la cinta amarilla al puño derecho de la manga, la flor pequeña amarilla del condado prendida al alfiler, y la falda gris azulada de los lunes.
Eliza nos sube a la salita privada al cabo de cinco minutos.