El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 36 #2
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CAPÍTULO 36 #2

Cruzo al desayuno en el comedor pequeño con la duquesa y la pequeña Pippa a las nueve menos cuarto.

Brennan no baja al desayuno los domingos — el duque desayuna en su cuarto del primer piso con dos huevos al pasado y el café fuerte.

Cora me sirve el segundo té sin azúcar. La conversación, esta mañana, es sobre el vestido azul claro de Pippa y el sombrero pequeño de paja de la duquesa que Maud le ha doblado el ala una pulgada a la izquierda para la misa de las once.

Cora, sin volverse a Pippa, me dice — sin mirarme:

—Bryn, la cinta del puño derecho de mañana en Keswick.

Si la institutriz me permite la observación menor, mi sugerencia es la lavanda gris con la flor pequeña prendida al alfiler que mi marido me dijo, sin atreverse, que lord Ashvere le hizo llegar a la institutriz por una vía pequeña hace ocho días.

La lavanda gris con la flor pequeña, según veo, en presencia de su excelencia su madre la duquesa de Wyndham en la salita privada del Cisne Blanco, sería la cinta apropiada de los miércoles que las administradoras doméstica del condado del norte llevan en los almuerzos públicos.

Bajo la taza del té.

—Cora, le agradezco la sugerencia. Voy a considerarla.

La duquesa pasa sin levantar la vista del plato.

Pippa, en la otra cabecera de la mesa pequeña, tiene la boca llena del pan tostado con mantequilla.

La pequeña no levanta la vista tampoco. Pero, durante unos instantes posterior al «voy a considerarla», advierto, sin querer, que Pippa Ravenfell, con los seis años y la boca llena del pan tostado, ha sonreído al borde del plato sin que su madre la duquesa la haya visto.

La cabeza no me deja sostenerlo del todo.

Termino el té. Le agradezco a Cora la conversación. Subo al cuarto a vestirme para la misa.

La misa de las once, en la iglesia parroquial pequeña del valle de Ravenfell, dura cincuenta y dos minutos.

El rector pequeño — no el de Keswick, otro, el del valle, el reverendo Wallace —, predica un sermón corto sobre la parábola del sembrador.

Pippa, sentada entre la duquesa y yo en el banco familiar de los Ravenfell, no levanta los ojos del libro pequeño de los salmos durante cuarenta de los cincuenta y dos minutos.

Brennan, sentado al otro lado de Cora, asiente medio grado al cabo de la prédica.

Salimos al patio de la iglesia a las doce menos diez.

Los granjeros del valle se nos acercan a saludar — los Bell, los Whitcombe del condado vecino, Walter Ashen con Anne, el cantero de Keswick que ha bajado el sábado por unos enseres pequeños.

Brennan habla con Walter Ashen cinco minutos.

Cora se queda con la señora Whitcombe. Yo me quedo con Pippa al lado del muro pequeño del patio, dejando que la pequeña recoja una de las flores pequeñas amarillas que crecen entre las losas — la misma flor pequeña amarilla, de cinco pétalos, que crecía en mayo en el bosquecillo del norte de Ashvere Hall el lunes veinte de abril a las siete y dieciocho minutos.

Pippa me la entrega sin atreverse.

La cojo. La sostengo un instante. No la guardo en el bolsillo de la capa — guardar una flor pequeña amarilla en el bolsillo de la capa el domingo treinta y uno de mayo, en el patio de la iglesia parroquial del valle de Ravenfell, en presencia de la duquesa y los granjeros, sería una cuestión a la que la cabeza no me deja llegar esta mañana.

La sostengo en la mano derecha.

Subimos al coche pequeño a las doce y cinco.

Brennan me ayuda a Pippa al primer escalón.

Cora sube detrás. Brennan se queda en el patio cinco minutos más con el reverendo Wallace antes de subir al caballo.

El cochero — el viejo Mackenzie del condado, sesenta y cuatro años, treinta de servicio — arranca al paso de los caballos del condado.

Cruzamos el valle de Ravenfell de vuelta a la casa.

La flor pequeña amarilla la traigo en la mano derecha durante los seis minutos del trayecto.

Pippa, sentada enfrente, la mira pero no me la pide.

Cora, al lado de Pippa, no la mira.

Al llegar al patio principal de Ravenfell House, bajo del coche en el primer escalón. Pippa baja detrás. Cora, después. Cruzamos al zaguán. Pennywick me recibe sin sombrero, con la cara impasible, y me hace la inclinación menor de los domingos.

Subo al cuarto.

Cierro la puerta con llave.

Saco la cinta amarilla del primer sombrero del verano de mil ochocientos diecisiete del secante. La extiendo en la mesa baja. Mide doce pulgadas. Algodón fino, no seda.

Y, en el segundo siguiente, me cojo la flor pequeña amarilla del patio de la iglesia parroquial del valle de Ravenfell que llevo en la mano derecha desde la una menos cinco. Cinco pétalos secos. Amarillo un grado más claro que el del primer fresno del bosquecillo del norte de Ashvere.

La pongo encima de la cinta amarilla.

Las dos cosas — la cinta amarilla del primer sombrero del verano de Pippa de mil ochocientos diecisiete y la flor pequeña amarilla del patio de la iglesia parroquial del valle de Ravenfell del domingo treinta y uno de mayo de mil ochocientos dieciocho —, en el secante encima del cuaderno administrativo cerrado del año en curso, esperan al lunes primero por la mañana.

La cinta, al puño derecho de la manga, lavanda gris no, amarilla sí.

La flor, prendida al alfiler de la cinta, no de la cinta de lord Ashvere — de la cinta de Pippa para Bryn —, una flor pequeña amarilla del condado del norte, no del bosquecillo del norte de Ashvere.

La cabeza no me deja sostener la observación final del domingo entera.

Pero la observación pequeña, sin darme cuenta, sí.

La observación es: la cinta del lunes primero, en la salita privada del Cisne Blanco, en presencia de la duquesa de Wyndham que baja a Cumberland en ocho días, no la pone lord Ashvere. La pone la pequeña Pippa Ravenfell. La pequeña no es del condado de Ashvere. Es del de Ravenfell.

La cabeza me deja sostenerlo.

La cabeza, sin atreverse, me deja además sostener una cosa pequeña.

La pequeña Pippa Ravenfell ya ha decidido por su cuenta que la institutriz que la cuida desde septiembre de mil ochocientos dieciséis es de ella.

Bajo la palma izquierda al cajón del doble fondo.

No lo abro.

Apoyo la palma encima durante los segundos siguientes.

La cifra del seis de marzo de las trescientas libras de Bath, debajo, en la libreta pequeña del balance, sigue donde la dejé el veinte de mayo a las nueve y cuarenta y nueve minutos.

Pero la cinta amarilla, encima del cuaderno administrativo, ya no.