El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Beulah me sube la nota a la una y dieciséis minutos de la tarde del sábado treinta de mayo, en una bandeja pequeña con un trozo del queso fuerte del valle de los Bell que la cocinera Eudora le ha apartado por la mañana para la pequeña Pippa.

La nota está sin sobre. Doblada en cuatro. La cocinera me la entrega de la bandeja sin atreverse y, al hacerlo, baja la cabeza un grado más de lo habitual. Lo cual, en Beulah, después de dieciocho meses en Ravenfell House, no es una observación menor.

Subo la nota al cuarto del primer piso.

Cierro la puerta con llave.

Me siento en la silla baja del escritorio bajo la ventana.

La luz oblicua del sur, a la una y veintidós minutos del sábado treinta de mayo, entra por el cristal con el grado del último sábado del mes.

El cuaderno administrativo del año en curso está cerrado al norte del secante.

La cinta blanca del puño derecho de la manga, sin flor, sigue donde estaba al cierre del té con la duquesa.

Abro la nota.

«Bryn — el sábado treinta de mayo a las ocho menos diez.

La cocinera Eudora me ha subido el desayuno al comedor pequeño con una jarra pequeña de leche fría que no acostumbro y me ha dicho una cosa pequeña que llevaba cuatro años sin haberle dicho al señor de Ashvere de mil ochocientos catorce.

Eso te lo cuento sin pedir permiso. El resto — el cómo del igual — me lo concedo el tiempo que la administradora doméstica de la planta noble considere oportuno concederme.

Sin cifra de cierre. Sin aplazamiento. El señor de la casa no se va a Penshaw los próximos catorce días. C».

Bajo la nota.

La leo otra vez.

Y, en el segundo siguiente, sin proponérmelo, advierto la última línea. La «C».

La inicial.

No es la firma entera. Lord Ashvere no me ha firmado la nota «Cael Wyndham», ni «Wyndham», ni «Ashvere», ni «lord Ashvere». Lord Ashvere me ha firmado, en la novena nota — la novena, contando la del bolsillo derecho de la pestaña como la octava —, una sola letra. La inicial del nombre.

La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener una cosa pequeña.

La cosa es: la inicial es la mitad.

La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall, ayer a las tres y siete minutos del viernes veintinueve de mayo, en el umbral del cuarto de la señora Henshaw, le pronunció al señor de la casa el nombre entero. Dos veces. «Cael». Sin la «C» sola. El nombre.

Lord Ashvere, en correspondencia, le devuelve la mitad.

Una concesión pequeña y una resistencia menor, las dos al tiempo, en lord Ashvere son la misma.

Lo cual, en mil ochocientos dieciocho, la cabeza me lo deja sostener.

Pliego la nota.

La meto en el cajón del doble fondo. Encima de las ocho anteriores. Nueve hojas pequeñas dobladas en cuatro, sin sobre, sin sangría, sin firma entera — solo una inicial pequeña en la novena, al margen sur, al lápiz fino, en la caligrafía firme del señor de la casa vecina.

Cierro el cajón.

Apoyo la palma izquierda encima de la madera durante los segundos siguientes.

La cabeza, durante esos dos segundos, no me pide permiso para sostener una cosa pequeña que llevo desde el cuaderno administrativo del comedor pequeño del lunes veinticinco sin permitirme sostener.

La cosa es: el cajón del doble fondo, en mil ochocientos dieciocho, contiene nueve hojas pequeñas del señor de la casa vecina.

La libreta pequeña del balance, con la cifra del seis de marzo de las trescientas libras de Bath, sigue dentro.

La cifra, al margen, en lápiz fino, ya tiene la segunda anotación del catorce de mayo — «o quizá ya no» — y la tercera del veinte de mayo — «ya no».

Y, en esta tarde del sábado treinta de mayo a la una y veintinueve, la administradora doméstica de la planta noble no se permite del todo la cuarta anotación.

Pero la palma, sobre la madera del cajón cerrado, sí.

La cabeza, durante el segundo siguiente, no me deja sostenerlo del todo. Suelto la palma. Me levanto de la silla baja. Bajo al cuarto de juegos de Pippa a las dos.

Pippa, a la una y cuarenta y cinco minutos, está sentada en el suelo con las dos muñecas de trapo del invierno pasado y un sombrero pequeño de papel que Cora le ha doblado al té.

La pequeña está jugando a la bendición del nuevo órgano.

Una muñeca es el rector Holcomb. La otra es la duquesa de Wyndham que baja el ocho.

El sombrero pequeño de papel es, según el cálculo de Pippa, la mitra de un obispo del condado externo que en mil ochocientos dieciocho ya no se usa, pero que Pippa, a sus seis años, ha decidido por su cuenta que un órgano nuevo del valle del norte necesita.

—Mi Bryn.

—Princesita, buen día.

—¿Mi Bryn baja a Keswick mañana?

—No, princesita, mañana es domingo, vamos a la iglesia parroquial de Ravenfell. La bendición del nuevo órgano de Keswick es el lunes primero.

Pippa asiente. Mueve la muñeca del rector dos pulgadas a la izquierda.

—¿Lord Ashvere baja a Keswick el lunes?

—Sí, princesita. Lord Ashvere baja a Keswick el lunes a la bendición. Como nosotros.

—¿Y mi madre la duquesa?

—También, princesita. Y la pequeña Pippa Ravenfell baja con nosotras. La cocinera Beulah le ha apartado un vestido azul claro de los domingos para el lunes, no el azul oscuro.

Pippa baja la muñeca del rector al suelo. La de la duquesa de Wyndham, también. Se queda mirándome.

—Mi Bryn.

—Dime, princesita.

—¿Lord Ashvere es buen señor?

La pregunta de Pippa, a sus seis años, llega sin transición.

Las niñas pequeñas, en mil ochocientos dieciocho, en el condado del norte, hacen las preguntas que importan al doblar la esquina del cuarto de juegos a la una y cuarenta y siete minutos del sábado treinta de mayo, sin atreverse, sin pedirle permiso a las institutrices, sin que las duquesas las hayan instruido al té con la novena puntada.

La cabeza, durante un instante siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja hacer es contestar.

—Sí, princesita. Lord Ashvere es buen señor.

Pippa asiente medio grado. Recoge la muñeca del rector.

Recoge la de la duquesa de Wyndham. Le pone el sombrero pequeño de papel a la duquesa de Wyndham, no al rector, lo cual en el cálculo de Pippa de los seis años es una corrección menor del orden de la ceremonia que un obispo del condado externo no se atrevería a hacer en mil ochocientos dieciocho.

Y, sin atreverse, sin mirarme la cara, sin volver al juego, me hace la siguiente observación.

—Mi Bryn. La cinta del puño derecho del lunes, mi Bryn no la lleve de la lavanda gris con la flor pequeña prendida al alfiler que mi madre la duquesa cree que mi Bryn no sabe que mi madre la duquesa sabe. Mi Bryn lleve la cinta amarilla.

La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para advertir lo siguiente.

La pequeña Pippa Ravenfell, a sus seis años, sin atreverse, me acaba de pedir que el lunes primero, en la salita privada del Cisne Blanco, lleve al puño derecho de la manga la cinta amarilla que Pippa, en marzo, decidió por su cuenta hacerme con un trozo del primer sombrero del verano de mil ochocientos diecisiete que Beulah le quitó.

La cinta, desde marzo, la llevo en la muñeca derecha, debajo del puño, en la piel — sin que nadie del condado se entere salvo Pippa.

La cinta amarilla en la muñeca derecha, en el código pequeño de Pippa Ravenfell, es la cinta de Pippa para Bryn.

Pippa, sin atreverse, me acaba de pedir que el lunes primero, en la salita privada del Cisne Blanco, en presencia de lord Ashvere, lleve la cinta amarilla.

Pero no en la muñeca, debajo del puño.

En el puño.

Donde lord Ashvere la vea.

La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me deja sostener nada.

Bajo medio grado.

—Princesita, ¿la cinta amarilla en el puño?

—Sí, mi Bryn. En el puño.

—¿Y la lavanda gris con la flor prendida?

—Esa, mi Bryn, no. Esa es de los miércoles. El lunes primero es de la amarilla.

Asiento medio grado.

—Comprendido, princesita.

Pippa, satisfecha de la explicación, vuelve al juego.

Le quita el sombrero pequeño de papel a la muñeca de la duquesa de Wyndham.

Se lo pone a la del rector. La corrección menor del orden de la ceremonia se queda en el rector hasta el cuarto siguiente, en el que Pippa cambia de opinión sin atreverse y se lo vuelve a poner a la duquesa de Wyndham.

Salgo del cuarto de juegos a las dos en punto.

La cabeza, durante los siete pasos del corredor del primer piso al cuarto, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja hacer es lo siguiente.

Subo al cuarto. Cierro la puerta con llave.

Bajo al cajón del doble fondo del escritorio.

Saco la cinta amarilla del primer sombrero del verano de mil ochocientos diecisiete que Pippa me cortó en marzo con las tijeras pequeñas de la cocinera.

La cinta está doblada en dos. Mide doce pulgadas.

Es de algodón fino, no de seda. El amarillo, un grado más oscuro que el del año pasado por dieciocho meses en el cajón.

La sostengo un instante.

La cabeza no me deja sostenerla más de cuatro segundos.

Después la dejo en el secante, encima del cuaderno administrativo cerrado al norte. Hasta el lunes primero por la mañana.

El domingo treinta y uno amanece con sol.

La luz oblicua del este, a las siete menos cuarto, entra por la ventana del cuarto con el grado del primer domingo del último mes del primer semestre.

Pearl me sube la jarra del agua tibia a las siete menos diez.

La cinta amarilla, en el secante encima del cuaderno administrativo, sigue donde la dejé.

Pearl no la advierte.

O, si la advierte, no me lo dice.