El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

La noche del viernes veintinueve la paso sin dormir.

No es la del cuarto del difunto del lunes once.

Esa la dormí mal por el cuello rígido del lado derecho y por la ventana del medio del norte.

Esta no la duermo por una sola frase pequeña que la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall me pronunció a las tres y siete minutos del viernes veintinueve de mayo en el umbral del cuarto de la señora Henshaw del primer piso de mi casa, con la palma izquierda apoyada en el marco de la puerta y los dos ojos verdes oscuros del lado del cristal.

«No me mire como si fuera cristal».

La frase no me la deja sostener la cabeza más de tres segundos seguidos. La cabeza me la suelta a las dos de la mañana, sin permitirme corregirla, sin permitirme amortiguarla.

Treinta y tres años llevaba sin oírla.

A Dorian, mi gemelo, nunca le han dicho una frase como esa.

En mil ochocientos doce, una mujer de Mayfair le rompió a Dorian un compromiso porque Dorian, según ella, era demasiado tranquilo.

No le dijo «no me mires como si fuera cristal».

Le dijo «no me sirves, Dorian». La diferencia es la diferencia entera.

Después la cabeza me suelta el resto.

El resto es: Bryn Rowan, antes Bryn Marlowe, antes Bryn Rowan, ha pasado por cuatro años entre mil ochocientos catorce y mil ochocientos dieciocho que mi madre la duquesa de Wyndham y la duquesa de Ravenfell, en su correspondencia paralela de mil ochocientos catorce, le pidieron sin atreverse no pasar.

Bryn los pasó igual. Bryn los pasó sola.

Y Bryn, al cabo de cuatro años, sin atreverse, no quiere que el sobrino de Brennan, en mil ochocientos dieciocho, a los treinta y tres años del sobrino, le pase a Bryn los siguientes treinta y dos años de vida con la mirada que mi tío del señor de Ashvere, en mil ochocientos catorce, le tenía a la cocinera Eudora al volver del entierro de su mujer.

Esa mirada — la del cristal — la cocinera Eudora la aguantó cuatro años.

La cocinera Eudora, en mil ochocientos dieciocho, no la había contado a nadie.

Pero ayer al cierre, según Hawthorn me lo confirmó al subirme el segundo café a las nueve de la noche, sin atreverse, la cocinera Eudora le indicó al mayordomo viejo de Ashvere Hall que la administradora doméstica de la planta noble del primer piso del cuarto de la señora Henshaw, esta tarde a las tres y siete minutos, le había pronunciado al señor de la casa la frase pequeña que la cocinera Eudora, en mil ochocientos catorce, había aprendido a no pronunciarle al señor del condado anterior.

La cocinera Eudora la conoce.

La cocinera Eudora, sin atreverse, en el cálculo de Hawthorn, le había pedido al mayordomo viejo de Ashvere que el señor de la casa actual, esta vez, no la aguantara cuatro años.

La cabeza, durante el cuarto de segundo posterior al cálculo de Hawthorn que la cocinera Eudora le pasó al mayordomo viejo al cierre, me deja sostener una cosa pequeña.

La cosa es: la cocinera Eudora, en mil ochocientos catorce, era una mujer del condado del norte de cuarenta y tres años.

Mi tío del señor de Ashvere, en mil ochocientos catorce, tenía cincuenta y nueve.

La diferencia de edad, según veo, no es la de Bryn y yo.

Pero la mirada — la del cristal — no la calcula la edad.

La calcula otra cosa.

La calcula la persona que la pronuncia.

Y, cuando una mujer del condado del norte pronuncia la frase «no me mire como si fuera cristal», lo que está diciendo, sin atreverse, es: «yo no me he roto. Tráteme como a la mujer que no se ha roto».

Eso, la cocinera Eudora me lo va a decir mañana al subirme el café del sábado treinta de mayo.

Me lo dice, en efecto, a las seis y cuarenta y siete minutos.

Greaves me sube el agua tibia a las seis y media.

Me lavo. Me visto — la camisa de mañana, no la de noche; la levita gris claro de los sábados, sin sobretodo; el chaleco con las seis hojas y la flor seca y la pestaña pequeña en los dos bolsillos interiores; las botas de cuero oscuro.

Bajo al comedor pequeño de la planta baja a las seis y cuarenta y cinco.

La cocinera Eudora me sube la bandeja del desayuno ella misma, no Beth. Eso no lo había hecho en sesenta y nueve días.

Deja la bandeja en la mesa. El café fuerte humea. El pan negro. Dos rebanadas del queso del valle de los Bell. Una jarra pequeña de leche fría que la cocinera Eudora no me ofrece habitualmente.

Se queda un instante de pie junto a la mesa.

La cocinera Eudora, en sus cuarenta y siete años de vida, tiene la cara seca, los ojos grises del condado, la barba pequeña del lado izquierdo que ella, sin atreverse, se afeita cada cinco días, y las manos enrojecidas de la cocina del semisótano.

Esta mañana, al lado de la mesa del comedor pequeño, no me mira la cara. Mira el platillo del pan negro.

—Milord. Una palabra, si me lo permite.

—Adelante, cocinera.

—Mi señor el tío del señor, en mil ochocientos catorce, al volver del entierro de mi señora la mujer, me miró durante cuatro años seguidos como si la cocinera Eudora del condado del norte, en mil ochocientos catorce, fuera, en parte, mi señora la mujer que se le había muerto.

Lo cual yo no era. Pero el señor de Ashvere de mil ochocientos catorce, sin atreverse, durante cuatro años hasta el invierno de mil ochocientos diecisiete, no consiguió mirarme de otra manera.

Yo, en esos cuatro años, no le dije al señor de Ashvere la frase pequeña que la administradora doméstica de la planta noble del primer piso le dijo ayer al señor de Ashvere del cuarto del difunto.

Bajo la cabeza un grado.

La cocinera Eudora apoya las dos manos enrojecidas sobre el borde de la mesa.

—Yo, milord, de cuarenta y siete años, considero que la frase pequeña que la administradora doméstica le pronunció al señor de la casa ayer no se la pronuncia una mujer del condado del norte dos veces.

Si milord ha advertido la frase, milord la guarda.

Si milord, en algún momento de los próximos meses, la deja caer, no me dirá a mí — que no soy de pedir explicaciones a los señores del condado — pero me dirá, sin atreverse, a Hawthorn.

Y Hawthorn me lo dirá a mí, sin atreverse, al subir el segundo café del día.

Y yo, sin proponérmelo, le contestaré a Hawthorn que la cocinera Eudora le agradece al mayordomo viejo el aviso, y le pediré al mayordomo viejo, según veo, una cosa pequeña.

—Es asunto suyo, milord. Yo solo le digo lo que la cocinera Eudora del condado del norte le tiene que decir al señor de la casa una sola vez en su vida.

Levanto la vista. La cocinera Eudora no me la devuelve. Sigue con los ojos en el platillo.

—Cocinera Eudora, le agradezco.

La cocinera Eudora asiente medio grado. Levanta las dos manos del borde de la mesa. Se vuelve al umbral. Sale del comedor pequeño sin volverse.

Yo me quedo solo con la bandeja.

La cabeza, durante el medio minuto siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

Como el desayuno entero. El pan negro, las dos rebanadas del queso, el café fuerte con un poco de la leche fría por encima — que no acostumbro, pero que esta mañana acepto.

La jarra de leche fría me la sube la cocinera Eudora al cabo del segundo café para llevarse el resto, y, al recogerla, me mira la cara por primera vez en la mañana.

Sin sonrisa. Sin reproche. Solo me la mira.

Yo le devuelvo medio asentimiento.

Sale.

Subo al despacho a las siete y veinte.

El libro pequeño de John Clare ya no está en el secante al norte.

Lo cambié anoche al cuarto del difunto, después de la conversación del cuarto de la señora Henshaw.

Lo dejé en la repisa de la chimenea pequeña, sin abrir, hasta que la administradora doméstica de la planta noble haya tenido tiempo, sin atreverse, de pasar por las primeras páginas del labrador de Northamptonshire.

Lo que tengo encima del secante, esta mañana, son las dos cartas de Mayfair del lunes pasado — la de mi madre, la de Dorian — sin contestar todavía. Las dos las pongo a un lado. La carta a mi madre la voy a escribir al cierre, no a primera hora. La de Dorian me la voy a permitir hasta el lunes.

Lo que sí escribo, esta mañana, en una hoja pequeña sin sangría, sin firma, sin sobre, es lo siguiente:

«Bryn — el sábado treinta de mayo a las ocho menos diez.

La cocinera Eudora me ha subido el desayuno al comedor pequeño con una jarra pequeña de leche fría que no acostumbro y me ha dicho una cosa pequeña que llevaba cuatro años sin haberle dicho al señor de Ashvere de mil ochocientos catorce.

Eso te lo cuento sin pedir permiso. El resto — el cómo del igual — me lo concedo el tiempo que la administradora doméstica de la planta noble considere oportuno concederme.

Sin cifra de cierre. Sin aplazamiento. El señor de la casa no se va a Penshaw los próximos catorce días. C».

Bajo la pluma.

Cierro la hoja. La doblo en cuatro. La sostengo un instante.

Y, en el segundo siguiente, la cabeza no me pide permiso para sostener una cosa pequeña que no había sostenido al escribirla.

La última línea. La «C».

La «C» es la inicial. No es la firma. Las notas anteriores iban sin firma, sin sobre, sin cinta. Lo que la administradora doméstica no ha recibido hasta esta mañana es una inicial.

La cabeza me deja sostenerla porque la administradora doméstica de la planta noble, ayer a las tres y siete minutos, me pronunció el nombre. No la «C». El nombre entero. «Cael».

Dos veces.

Yo, en correspondencia, le devuelvo la mitad. La «C» sola. No por pudor — ya no — sino porque la mitad es lo que la administradora doméstica de la planta noble ha decidido aceptar en una primera tanda.

Llamo a Hawthorn. Aparece en el umbral.

—Hawthorn. Una nota corta a la cocinera Beulah, en la cesta del correo doméstico del mediodía, para la administradora doméstica de la planta noble. Sin sobre. Doblada en cuatro. Hawthorn, sin pedir el contenido, la baja al cesto.

Hawthorn asiente.

—Como milord disponga, milord.

Le entrego la hoja doblada.

Hawthorn se retira.

Yo me quedo en el despacho. La luz oblicua de la mañana del sábado treinta de mayo entra por la ventana del este con la firmeza del último sábado del mes. El reloj de pared del rincón da las ocho menos cinco con un golpe pequeño.

Y, durante los seis minutos siguientes, sin proponérmelo, considero una cosa que no había considerado en sesenta y nueve días.

La cosa es: el lunes ocho de junio mi madre baja a Ravenfell.

El martes nueve, mi madre sube a Ashvere.

Del nueve al siete de julio, cuatro semanas en mi casa.

Y, en algún momento de esas cuatro semanas, mi madre — que no le ha pedido permiso a nadie del condado para hacerlo — va a sostener con la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall una conversación que la administradora doméstica de la planta noble, según le pedí el jueves catorce a la salida del cuarto de la señora Henshaw, va a tener que sostener sin pedirle permiso a nadie del condado.

Sin pedírmelo a mí.

Lo cual, esta mañana del sábado treinta, la cabeza no me deja sostener entero.

La cabeza me deja, sin embargo, sostener lo siguiente.

Mi madre, en su carta del veintinueve de abril, escribió: «la pregunta, Cael, la voy a hacer en persona».

La pregunta era de mi madre, no de la administradora doméstica.

La pregunta era para mí, no para Bryn. Y la pregunta, en el cálculo del lunes cuatro de mayo de Brennan en el sendero del este, era: ¿el sobrino de Brennan va a casarse con la institutriz de Pippa Ravenfell?

La cabeza no me deja contestarla esta mañana del sábado treinta.

Pero la cabeza me deja saber lo siguiente: que la contestación no es del mes de junio.

No es del mes de julio. No es del verano de mil ochocientos dieciocho.

La contestación es de un señor del condado del norte que ha advertido, durante los catorce días del cierre de marzo hasta el viernes veintinueve de mayo a las tres y siete minutos, que la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall, sin atreverse, todavía no ha decidido lo que va a contestarle al señor de la casa si el señor, en algún momento de los próximos meses, sin atreverse, le hace a la administradora doméstica una pregunta directa.

La pregunta no se la voy a hacer al señor antes de la mujer.

Eso, la cabeza me lo deja sostener entero.

Bajo la pluma. La mojo. Saco una segunda hoja pequeña, no la primera. Y, en una sola línea, sin sangría, sin sobre, sin firma, le escribo a mi madre la duquesa de Wyndham, en Mayfair:

«Madre — la pregunta, cuando bajes, no la hagas en presencia de la institutriz. Hazla en mi despacho. Sin Cora. Sin Brennan. Sin Hawthorn en el corredor. La contestación va a ser larga. — Cael».

Sello la nota con el sello de los Wyndham. La dejo en la bandeja de salida. Hawthorn la bajará a Tobías a la primera entrega del lunes.

Y, mientras Hawthorn no vuelve del cesto del correo doméstico del mediodía, mientras la cocinera Eudora no me vuelve a subir el café del segundo, mientras la administradora doméstica de la planta noble no recibe — todavía — la nota corta con la «C» sola al cierre del cesto de Beulah de Ravenfell, me quedo en el despacho del primer piso de Ashvere Hall con las dos manos apoyadas en el secante y la mirada en la franja oblicua de la luz del este del sábado treinta de mayo de mil ochocientos dieciocho.

Una franja entera.