CAPÍTULO 34 #3
Lord Ashvere apoya una mano en el respaldo de la silla baja de fregar — la mía, la del oeste —, no la suya. La sostiene un instante sin apretar la madera.
—Si me lo permite la administradora doméstica de la planta noble, una segunda cuestión, sin tratamiento.
Asiento.
—Adelante.
—El libro pequeño de John Clare — un labrador de Northamptonshire que escribe sobre las cosas pequeñas del campo y las flores secas de los chalecos — me lo mandó mi hermana Clara desde Hertfordshire el sábado pasado.
La sugerencia de Clara era que yo se lo entregara a la administradora doméstica de la planta noble en algún momento del verano.
Yo decidí, sin querer, que la entrega del libro pequeño la haría el martes nueve de junio, al día siguiente al que mi madre baje a Cumberland.
Lo cual, en mi cálculo, era una de las cortesías pequeñas que yo no quería entregar hasta entonces.
La administradora doméstica, esta tarde, en su corrección, me ha indicado que la cortesía pequeña, en mi cálculo de cuándo entregarla, no era la cortesía.
Era el aplazamiento de la cortesía. Lo cual también es delicadeza menor.
Bajo la cabeza.
—Sí, Cael.
—Entonces le pregunto a la administradora doméstica de la planta noble si el libro pequeño de John Clare lo acepta esta tarde, en el cuarto de la señora Henshaw, al cierre de la conversación de los cinco minutos, sin más aplazamiento. Sin sobre. Sin cinta. Sin firma.
La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso.
—Sí.
Lord Ashvere asiente medio grado.
Cruza el cuarto al umbral. Sale al corredor del oeste.
Recoge el sombrero del clavo, el sobretodo.
Cruza al despacho. La puerta del despacho se abre y se cierra a los siete segundos.
Cuatro segundos más, la puerta se abre otra vez y los pasos vuelven por el corredor del oeste al cuarto de la señora Henshaw.
Lord Ashvere entra al cuarto otra vez con el libro pequeño de John Clare en la mano izquierda.
Lo deja en la mesa baja, sin ceremonia, al norte. La cubierta de cuero oscuro le queda hacia arriba. El lomo, hacia el sur.
—Bryn, el libro es suyo. No le pido respuesta al libro.
No le pido el libro de vuelta. No le pido que me diga si el labrador de Northamptonshire le ha gustado.
Le pido que el libro pequeño se quede esta tarde en el bolsillo interior de la capa, como suyo.
Y, a partir de mañana, donde la administradora doméstica de la planta noble decida.
Asiento.
—Comprendido.
Lord Ashvere baja la cabeza un grado entero. Se vuelve al umbral. Y, antes de cruzar al corredor, se detiene un instante, sin volverse, y dice a la pared del oeste — la misma a la que se dirigió el jueves catorce al salir del cuarto:
—Bryn, el «como cristal» — no se me va a olvidar.
Sale.
La puerta queda entornada al palmo a mis espaldas.
Yo me quedo de pie junto a la mesa baja. El libro pequeño de John Clare, encima. La cubierta de cuero oscuro. El lomo en oro al sur.
La cabeza, durante los dos minutos siguientes, no hace ninguna cuenta.
Lo que la cabeza me deja hacer es recoger el libro pequeño con las dos manos. Lo meto en el bolsillo interior de la capa. Cojo el cuaderno administrativo cerrado. Lo meto en el bolsillo exterior.
Salgo del cuarto.
Cruzo el corredor del oeste. La puerta del despacho de lord Ashvere, esta tarde, está entornada al palmo, no cerrada del todo.
Por la rendija sale la luz tibia del quinquel pequeño de la mesa larga — el mismo del lunes once de mayo, según mi cálculo de la primera revisión —, y, por encima de la luz, la sombra pequeña del señor de la casa sentado en la silla del escritorio, no mirando al pasillo, mirando al secante.
La sombra está quieta.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada. Cruzo por delante de la puerta entornada sin mirar dentro. Sin detenerme. Sin pararme cinco segundos como el miércoles veintidós.
Bajo por la escalera principal. Hawthorn me recibe en el zaguán. Le entrego el cuaderno administrativo. Hawthorn lo acepta sin comentar.
—Señora Marlowe.
—Hawthorn, le agradezco.
Salgo al patio del este. Cruzo el portillo del jardín del sur a las tres y veintinueve.
Cruzo el jardín del sur de Ravenfell House al paso firme.
La luz oblicua del oeste, esta tarde del último viernes de mayo, le entrega al sendero un grado de claridad firme.
La cinta blanca del puño derecho de la manga, sin la flor del primer fresno del bosquecillo del norte, en la luz, se ve más blanca de lo habitual.
Subo por la escalera principal al cuarto.
Cierro la puerta con llave.
Saco el libro pequeño del bolsillo interior de la capa. Lo dejo en el escritorio bajo la ventana. La cubierta de cuero oscuro, hacia arriba. El lomo en oro, hacia el sur.
Lo abro al azar.
La primera página que se me abre tiene un poema corto. Cuatro estrofas. La segunda estrofa dice:
«El cristal de las ventanas / no se rompe / por las miradas que entran / sino por las miradas / que se quedan dentro / sin atreverse a salir».
Cierro el libro.
Lo dejo en el escritorio, sin abrir otra vez.