CAPÍTULO 34 #2
Lo apoya en la pared del corredor, a la altura del marco de la puerta del cuarto de la señora Henshaw, sin mirarse la mano.
El sombrero queda colgado del clavo pequeño que el mayordomo viejo de mi tío del señor de Ashvere usaba en el corredor del oeste cuando bajaba a la planta baja en mil ochocientos catorce.
La voz del señor de la casa, al cabo del séptimo segundo, me llega un grado más baja que la del miércoles veintidós.
—Bryn.
La cabeza, durante un instante siguiente, no me pide permiso para sostener nada. Lo único que la cabeza me deja hacer es asentir medio grado, sin retirar la palma izquierda del marco de la puerta.
—Lo siento.
Pausa. Lord Ashvere no añade nada al cuarto de segundo siguiente. La cara, esta vez, ya no es la de la delicadeza menor.
Yo no le he dicho «no me deje sola». Yo le he dicho «no me mire como si fuera cristal».
Lord Ashvere lo advierte, sin atreverse, en el séptimo segundo.
Lord Ashvere baja el sobretodo de los hombros. Lo deja en el clavo de al lado del sombrero. Se queda en levita gris claro y chaleco. La voz, en este momento, ya no es la del corredor — es la voz del señor de la casa en su casa, no la del señor del condado vecino al condado vecino.
—Bryn, ¿le permite la administradora doméstica al señor de la casa entrar al cuarto de la señora Henshaw cinco minutos? Sin la silla baja de fregar. Sin la silla del respaldo. Sin el cuaderno administrativo entre los dos.
Asiento medio grado.
Lord Ashvere cruza el umbral. Cierro la puerta detrás de él, sin echar el cerrojo — porque echar el cerrojo, en mil ochocientos dieciocho, en una administradora doméstica de la planta noble que recibe al señor de la casa en el cuarto de la señora Henshaw sin Hawthorn en el corredor, sería una cuestión a la que ni la cabeza ni la mano me llegan esta tarde.
La puerta queda entornada al palmo, no cerrada del todo.
Lord Ashvere se queda de pie cerca de la ventana del norte.
Yo me quedo de pie cerca de la mesa baja.
Las dos sillas — la del respaldo del sur, la baja de fregar del oeste — se quedan vacías.
La luz del cuarto, a las tres y diez de la tarde del viernes veintinueve de mayo, entra por la ventana del norte con el grado del último viernes del mes.
La cinta blanca del puño derecho de la manga, en la luz, se ve sin la flor del primer fresno.
La cara del señor de la casa, esta tarde, sin la delicadeza menor.
Lord Ashvere baja la cabeza un grado.
—Bryn, le he hecho los cinco días al revés.
Asiento medio grado.
—Sí.
—La administradora doméstica de la planta noble me pidió, el viernes veintidós a las dos y veintidós, que el señor de la casa no le tratara con una delicadeza menor.
Yo, durante los catorce días que faltan hasta la bajada de mi madre, decidí no entregarle ninguna cortesía pequeña.
Lo cual, en mi cálculo del lunes pasado, era el cumplimiento exacto de lo que la administradora doméstica me había pedido.
Lord Ashvere se vuelve un cuarto al norte. Mira un instante a la ventana. No es una mirada larga — un segundo y medio. La cara, durante el segundo y medio, sostiene una franqueza pequeña que no le había visto en sesenta y nueve días.
—Lo cual, Bryn, no era lo que la administradora doméstica me había pedido.
—No.
—La administradora doméstica me había pedido que el señor de la casa no la tratara como a una mujer del condado del norte que ha sido tratada con dureza.
Lo cual, en mi cálculo de un lunes, parecía igual que no entregarle ninguna cortesía pequeña.
En el cálculo de la administradora doméstica, era exactamente lo contrario.
Asiento.
—Era exactamente lo contrario, Cael.
El segundo «Cael» me sale más firme que el primero.
La cabeza, durante unos instantes posterior, no me pide permiso para sostener nada.
Lord Ashvere se vuelve a mí. La cara, esta vez, ya no es la del señor de la casa. Es la cara de un hombre del condado del norte que tiene treinta y tres años.
—Bryn. Le voy a hacer al señor de la casa una pregunta.
Sin permitirme la corrección. Sin permitirme las cinco respiraciones del sábado.
Sin permitirme el aviso del miércoles. ¿Cómo se le trata a una mujer del condado del norte que ha pasado por lo que pasaste tú entre mil ochocientos catorce y mil ochocientos dieciséis sin tratarla con dureza y sin tratarla con delicadeza menor?
Apoyo las dos manos sobre la mesa baja.
La cabeza, durante los segundos siguientes, no me pide permiso.
Lo único que la cabeza me deja hacer es contestar.
—Cael, igual.
—Igual que a cualquier mujer del condado del norte que no ha pasado por ninguna circunstancia entre mil ochocientos catorce y mil ochocientos dieciséis.
Sin la delicadeza menor. Sin la dureza. Sin la observación previa.
Sin el «sé lo que has pasado, te trato así por eso».
Sin la silla del respaldo invertida un viernes veintidós a las dos y veintidós.
Sin los catorce días de Penshaw. Sin las cinco cortesías pequeñas seguidas. Sin la ausencia.
—Igual.
Lord Ashvere baja la cabeza un grado.
—Comprendido, Bryn.