CAPÍTULO 34
El viernes veintinueve de mayo es el quinto cruce sin lord Ashvere.
Cuatro días llevo contándolos sin proponérmelo.
El lunes veinticinco a las dos en punto, según Hawthorn, el señor estaba en Penshaw.
El miércoles veintisiete a las dos en punto, en Penshaw también.
El jueves veintiocho — un jueves que no estaba en el calendario, en el que crucé el portillo a las once y media para una corrección menor del libro mayor del año en curso —, en Penshaw.
Y, esta mañana del viernes veintinueve, a las dos menos cuarto, cuando le pregunto a Pearl si tiene la indicación del mayordomo viejo de Ashvere para el cruce de las dos, Pearl me contesta, sin mirarme, que lord Ashvere baja a Keswick antes del cierre para la última visita previa a la bendición del nuevo órgano del lunes primero de junio, y vuelve a Ashvere por la noche.
La cabeza me dejó sostener la cuenta el martes.
El miércoles, no me dejó sostenerla.
El jueves, tampoco.
Esta mañana del viernes, la cabeza me la deja sostener entera por primera vez en cinco días: cinco cruces, cinco veces sin lord Ashvere, cinco veces sin que el señor de la casa me reciba en el cuarto de la señora Henshaw.
Hawthorn, en los cinco cruces, me ha entregado el cuaderno administrativo en el zaguán principal de Ashvere sin permitirme la subida al primer piso.
El segundo té, con el terrón disuelto y la crema entera, me lo ha bajado la cocinera Eudora al zaguán pequeño del corredor del oeste por una vía menor que Hawthorn me ha autorizado, sin atreverse.
La revisión del cuaderno la he hecho los cinco días en una silla baja del comedor pequeño de la planta baja — no en el cuarto de la señora Henshaw, no en el lado oeste de la mesa baja, no en el sitio que ocupé desde el primer lunes de abril.
La cabeza, los cinco días, no me ha pedido permiso para advertir lo siguiente.
Lord Ashvere me está dando, sin atreverse, lo que la administradora doméstica de la planta noble le pidió por adelantado, sin atreverse, el viernes veintidós de mayo a las dos y veintidós minutos en el cuarto de la señora Henshaw.
La cortesía pequeña de no recibir las cortesías pequeñas.
La cortesía mayor — y por eso me cuesta —, de la ausencia.
Lord Ashvere ha entendido, en cinco días, lo que ningún hombre del condado ha entendido en treinta y dos años.
Y, sin embargo, la cabeza no me deja sostenerlo del todo.
La cabeza me deja, en cambio, una observación pequeña que no había sostenido el miércoles veintiocho — pero que esta mañana del viernes veintinueve, a las dos menos cuarto, mientras le bajo a Pearl el moño bajo apretado un grado más suelto y le pongo la cinta blanca de seda nueva al puño derecho de la manga, sí.
La observación es: la ausencia es también una manera pequeña de cuidar.
Y el cuidado, hecho a fuerza de ausencia, durante cinco cruces seguidos en una casa vecina a la mía, es la otra cara de la delicadeza menor que la administradora doméstica de la planta noble le había pedido al señor de la casa que no le tuviera.
Lord Ashvere me ha entendido la mitad.
La otra mitad — la de no tratarme como una mujer que se rompe — no la ha entendido todavía.
Cruzo el portillo del jardín del sur a las dos en punto.
Hawthorn me recibe en el zaguán principal sin el sombrero del señor de la casa en la mano. La cara, esta tarde, sostiene una franqueza que no había sostenido en los cinco cruces anteriores.
—Señora Marlowe.
—Hawthorn, buen día. El cuaderno administrativo lo reviso en el comedor pequeño, como los cinco cruces anteriores.
Hawthorn baja la cabeza un grado.
—Señora Marlowe, le pido permiso para una corrección menor.
Esta tarde el comedor pequeño está ocupado — la cocinera Eudora está cerrando el inventario del trimestre antes de la bajada de su excelencia su madre la duquesa de Wyndham.
La administradora doméstica de la planta noble, si me lo permite el cambio, puede revisar el cuaderno administrativo en el cuarto de la señora Henshaw esta tarde.
El señor de la casa, en mi cálculo, vuelve de Keswick al cierre, no a las cuatro.
Asiento.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para advertir que la corrección menor de Hawthorn no es del todo de oficio.
La cocinera Eudora podría haber cerrado el inventario en la cocina del semisótano.
El comedor pequeño no se le habría exigido a la administradora doméstica de la planta noble si el mayordomo viejo no hubiera, sin atreverse, decidido por su cuenta que la administradora doméstica de la planta noble, esta tarde, conviene volver al cuarto de la señora Henshaw.
Hawthorn ha decidido sin pedirle permiso al señor.
Pero la decisión, la cabeza no me la deja juzgar entera.
—Comprendido, Hawthorn. Subo al cuarto.
Subo por la escalera principal.
Cruzo el corredor del oeste. La puerta del despacho de lord Ashvere, esta tarde, está cerrada del todo. La puerta del cuarto de la señora Henshaw está entornada al palmo, como antes. Entro.
Mary ha dejado, en efecto, una jarra de agua tibia, el segundo té con el terrón disuelto y la crema entera por encima, dos rebanadas de pan tostado, y, encima del cuaderno administrativo, una nota corta de Hawthorn — la verificación del menú de la cena del lunes próximo con los Whitcombe, la lista de los vinos del valle que la cocinera Eudora me pide revisar antes del cierre.
La geometría del cuarto, esta tarde, es la habitual. La silla del respaldo, al sur. La silla baja de fregar, al oeste. La mesa baja, al centro.
Me siento en la silla baja del oeste.
Trabajo cuarenta minutos seguidos.
La cabeza, durante esos cuarenta minutos, sí me deja concentrarme.
La concentración es la del año pasado, en marzo, cuando le entregaba a Pennywick los inventarios pequeños de Ravenfell.
Las equivalencias del menú de los Whitcombe, los vinos del valle, las correcciones de la cocinera Eudora — todo lo apunto al margen sin permitirme la corrección posterior. Termino a las tres y cinco.
Y, en el cuarto de segundo en que cierro el cuaderno administrativo, oigo la puerta principal de Ashvere abrirse en la planta baja.
Lord Ashvere ha vuelto antes de tiempo.
La cabeza, durante los segundos siguientes, no me pide permiso para sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja hacer es contar los pasos.
Tobías recibiendo el caballo en el patio del este — uno, dos.
Hawthorn cruzando el zaguán principal — tres, cuatro.
La voz pequeña del mayordomo viejo, sin atreverse, indicándole al señor de la casa la presencia de la administradora doméstica en el cuarto de la señora Henshaw — cinco segundos, seis.
La pausa del señor en el zaguán — tres segundos, no más.
Los pasos del señor por la escalera principal — siete, ocho, nueve.
Lord Ashvere cruza el corredor del oeste.
Llega a la altura de la puerta del cuarto de la señora Henshaw a las tres y siete.
Se detiene.
La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Yo me levanto de la silla baja.
La puerta del cuarto está entornada al palmo.
Por la rendija, advierto la sombra del señor de la casa proyectada sobre el suelo del corredor del primer piso.
La sombra está quieta. El señor no va a entrar al cuarto.
El señor no va a llamar. El señor está sosteniendo, en el corredor del primer piso de Ashvere Hall a las tres y siete minutos del viernes veintinueve de mayo, la decisión pequeña de pasar de largo al despacho sin permitirme la cortesía menor del saludo.
Lo cual sería, en el cálculo del señor de la casa, la sexta cortesía pequeña que el señor no le entrega a la administradora doméstica de la planta noble en los catorce días.
La cabeza, en el segundo siguiente, me deja sostener una cosa pequeña.
La cabeza me deja, sin darme cuenta, abrir la puerta del cuarto.
Lo cual hago.
Doy dos pasos al umbral. Empujo la puerta con la palma izquierda, despacio, dos pulgadas más.
La sombra en el suelo del corredor pasa a tener un cuerpo encima — lord Ashvere, de pie, a tres pasos del umbral, con el sobretodo de viaje todavía puesto, el sombrero en la mano izquierda, la barba a la medida habitual, la cara — esta tarde, después de cinco días de Penshaw —, con el cansancio menor del señor del condado que ha cabalgado dos veces al valle ese mismo día.
Levanta la vista al verme.
—Señora Marlowe.
La cara, durante el segundo siguiente, no me devuelve la mirada del corredor del miércoles veintidós. La cara sostiene una franqueza menor que llevo cinco días sin recibir. Una delicadeza pequeña.
La delicadeza menor.
La cabeza no me pide permiso.
Lo que la cabeza me deja decir, sin proponérmelo, sin haber preparado la frase antes, es lo siguiente:
—No me mire así, Cael.
Pausa de un segundo.
La cabeza, durante ese segundo, no me deja corregir nada.
Ni el «así». Ni el «Cael» sin el «milord».
Ni el sostenerme yo en el umbral con la palma izquierda apoyada en el marco de la puerta y los dos ojos del señor de la casa en los míos.
La cabeza me deja, durante ese segundo y los cuatro siguientes, sostener la frase exacta tal como me ha salido, sin corrección, sin marcha atrás.
Cinco segundos.
Lord Ashvere no me devuelve la palabra.
La cabeza, durante el sexto segundo, me deja añadir una segunda frase. Más baja. Sin permitírmelo del todo, pero sin retirarla.
—No me mire como si fuera cristal.
Apoyo más la palma izquierda en el marco.
La cinta blanca de seda nueva del puño derecho de la manga sigue donde estaba esta mañana.
La flor pequeña del primer fresno del bosquecillo del norte, prendida al alfiler de la cinta lavanda gris del cajón del doble fondo de mi escritorio del cuarto, no la llevo esta tarde. La cinta blanca, hoy, va sin la flor.
Lord Ashvere baja el sombrero del lado izquierdo a la mano derecha.