El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

El lunes veinticinco, a las once de la mañana, Hawthorn me trae el correo de la primera entrega con una bandeja que pesa más de la cuenta.

La bandeja, en efecto, pesa. Lleva cinco cartas — dos del condado externo, dos de Mayfair, una de Hertfordshire — y, además, un paquete pequeño envuelto en lino blanco con el sello de cera de Croft. Hawthorn lo deja en el secante sin comentar.

Lo desenvuelvo en cuatro pliegues. Dentro, un libro.

Un volumen pequeño, encuadernado en piel oscura, con el lomo en oro.

La caligrafía del lomo dice: «John Clare.

Poemas de la rusticidad y la vida campestre».

La edición es del año pasado, mil ochocientos diecisiete.

La acompaña una nota corta de mi hermana Clara, en su caligrafía joven, con dos tachones:

«Cael — este libro me lo recomendó Garrett en febrero.

Es de un labrador de Northamptonshire que escribe sobre las cosas pequeñas del campo — los setos, las flores secas que se quedan en los bolsillos del chaleco a la hora del cierre, las mujeres del condado que no se permiten mirar a ningún cristal de ninguna ventana de ninguna casa vecina.

Yo, al leerlo, me acordé de una mujer del condado del norte que la madre y la duquesa de Ravenfell, sin atreverse, mencionan en sus cartas más de la cuenta.

Eso no te lo escribo. Lo que sí te escribo es que el libro pequeño te lo mando porque, sin proponérmelo, considero que la mujer del condado del norte podría aceptarlo de tu mano si tú, en algún momento del verano, decides ofrecérselo.

Te bajo el doce con mi marido. No te traigo nada más. — Clara».

Bajo la nota.

Mi hermana pequeña, en mil ochocientos dieciocho, a sus veintidós años, recién casada con Garrett Croft hace catorce meses, se ha permitido enviarle a su hermano gemelo segundo el libro de un labrador de Northamptonshire con la indicación pequeña de que se lo entregue a una mujer del condado del norte que ni Clara ni Garrett han visto, y a la que Clara, sin atreverse, ya ha decidido, por su correspondencia paralela con la duquesa de Wyndham, que va a aceptar.

Tres semanas y media para que mi hermana pequeña baje a Cumberland.

La cabeza, durante el cuarto de segundo posterior, sostiene una sola observación pequeña.

La cuestión no es si la administradora doméstica de la planta noble va a aceptar el libro. La cuestión es cuándo se lo entrego. Lo cual la cabeza no me deja sostener todavía.

Pliego la nota de Clara. La meto en el cajón izquierdo del escritorio. El libro pequeño lo dejo en el secante, al norte, sin abrir. El libro lo voy a abrir esta noche. Esta tarde, no.

Las dos cartas de Mayfair son cortas. La primera, de mi madre, confirma la bajada del ocho de junio — Phipps llega el viernes siete por la mañana, mi madre el martes nueve por la tarde, doncella aparte.

La segunda, de Dorian, mi gemelo, con dos frases: «Cael — Isadora bordó una manta pequeña para la pequeña Pippa Ravenfell.

Te la lleva madre el ocho. No la abras tú.

Que la abra Cora en presencia de Pippa, no antes».

La carta del condado externo es del alguacil del valle — la firma de Wilkin en orden, la devolución del primer plazo confirmada para el quince del mes próximo, sin contratiempos.

La carta de Hertfordshire es de Croft, breve. Dos líneas — confirma la bajada del doce, el cottage del valle de los Bell aceptado, Clara baja el lunes once en el coche de mi madre porque la cuñada de Croft, Lady Branwell, prefiere que la pequeña marquesa no haga el viaje sin acompañamiento.

Las cinco cartas las cierro en el cajón izquierdo. El libro pequeño, en el secante, sigue al norte.

Bajo al patio a las once y media.

Tobías me trae a Hume. Hawthorn me alcanza el sobretodo. Cabalgamos a Keswick — la primera de las dos visitas previas a la bendición del nuevo órgano del primero de junio. El rector Holcomb me espera en el cottage del rector a las doce y cuarto, con la mesa puesta para un almuerzo pequeño.

El almuerzo dura una hora y cinco minutos.

Hablamos del orden de la ceremonia, del himno de cierre — el rector ha decidido el «Ven, Espíritu Creador», no el habitual del condado del norte —, de la colecta, de las dos parroquias del valle que mandarán representación, del paño rojo que va a cubrir el órgano nuevo hasta el momento de la bendición.

El rector me sirve un vino floja del valle.

Bebo dos sorbos. Le agradezco. La señora Holcomb pasa al saloncito pequeño al cabo de la sopa con una labor en el regazo y nos deja a los hombres del condado la mesa larga durante la cuarta parte de la hora final.

Y, antes de levantarme — antes de pedirle a Hume al patio del cottage del rector —, el rector Holcomb, sin atreverse, me hace una pregunta menor.

—Milord, una cuestión pequeña. La señora Halliwell del Cisne Blanco me preguntó ayer al cierre del servicio si milord había confirmado por escrito el número de cubiertos de la salita privada del primero.

La señora Halliwell tenía cuatro cubiertos apuntados — su excelencia la duquesa de Ravenfell, la lady Pippa, la señora Marlowe, y milord.

Esta mañana le ha llegado a la señora Halliwell, a la primera entrega, una nota corta del mayordomo viejo de Ashvere indicando un quinto cubierto: su excelencia la duquesa de Wyndham, que va a estar todavía en Cumberland el primero.

La señora Halliwell, sin atreverse, me hizo saber por la nota que el quinto cubierto del primero de junio en la salita privada del Cisne Blanco va a ser la primera ocasión, en doce años, en que una duquesa de Mayfair se sienta a la mesa pequeña de una posadera del condado del norte.

La señora Halliwell, en mi cálculo, está, sin atreverse, nerviosa.

Bajo la copa pequeña del vino floja.

—Rector, comprendido. Si la señora Halliwell quiere consultar la disposición de la salita privada con un huésped que conozca a su excelencia la duquesa de Wyndham antes del primero, puede pedírmelo a mí — yo bajo a Keswick el viernes veintinueve.

Si la señora Halliwell prefiere consultarlo con un huésped del condado, puede pedírselo a la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall — la señora Marlowe — que también baja a Keswick esa misma mañana del primero, lo cual es asunto exclusivamente de su excelencia la duquesa de Ravenfell.

Yo le indico a Hawthorn que le pase a la señora Halliwell el aviso por una vía corta.

El rector asiente.

—Como milord disponga.

Pausa. El rector apoya las dos manos sobre la mesa. La cara, en este momento, sostiene una franqueza pequeña que no es la del oficio.

—Milord, la señora Marlowe, sin atreverse, me hizo una observación menor el sábado pasado al volver mi mujer del mercado de Keswick.

Mi mujer, en la carnicería, advirtió que la señora Marlowe — que iba con su excelencia la duquesa por unos enseres pequeños — sostenía con la duquesa una conversación corta sobre la cinta del puño derecho de su manga.

La señora Marlowe le indicó a la duquesa, sin atreverse, que la cinta del puño derecho del viernes veintidós — la lavanda gris con la flor pequeña prendida del primer fresno del bosquecillo del norte — le había llegado a la repisa del cuarto, por la cesta del correo doméstico de Beulah, el viernes mismo a las seis y cuarenta y siete minutos.

La señora Marlowe le preguntó a su excelencia la duquesa si la cinta y la flor las había mandado, en mi cálculo, milord.

La duquesa le contestó a la señora Marlowe que no podía confirmárselo sin permitirse romper una vía pequeña que los mayordomos viejos y las cocineras viejas del condado mantienen sin atreverse. La señora Marlowe aceptó la respuesta.

Bajo la cabeza un grado.

—Rector. Le agradezco la observación. La cuestión, sin embargo, no es asunto del rector.

—Comprendido, milord. No lo es. Pero, sin darme cuenta, milord, el rector le hace al señor de la casa la observación pequeña que un rector del condado le tiene que hacer al señor del condado tres o cuatro veces al año en circunstancias menores.

La observación es la siguiente. La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall, en el cálculo del rector, no le va a permitir al señor de la casa muchas más cortesías pequeñas sin firmar.

La administradora doméstica, en mi observación parroquial, llevó la cinta lavanda gris con la flor pequeña el viernes veintidós al puño derecho de la manga, sí, pero la llevó por el costado del cuerpo, no por el costado del cristal.

Lo cual, en mil ochocientos dieciocho, en una mujer del condado del norte, es la cortesía pequeña que se le concede a un señor del condado vecino cuando la mujer del condado, sin atreverse, ha aceptado la cinta y la flor, pero no ha aceptado todavía la firma.

—Es asunto suyo, milord.

—Comprendido, rector.

El rector se levanta de la mesa. Yo me levanto. Salimos al patio del cottage. Tobías me trae a Hume. Monto. Vuelvo a Ashvere por el camino del este al paso, despacio.

La cabeza, durante los cincuenta minutos de regreso, no me pide permiso para sostener nada.

Solo me deja considerar lo siguiente.

El rector Holcomb me acaba de decir lo que ya sabía desde el cuarto de la señora Henshaw del viernes veintidós.

La cortesía de la silla del respaldo no era una cortesía aislada.

La administradora doméstica la corrigió porque no quiere que las cortesías del señor se acumulen en el tono que ya tienen.

El tono es la delicadeza menor. Y la delicadeza menor, en este caso, es una manera pequeña de tratar a una mujer como si fuera un objeto que se rompe.

La cabeza no me deja sostenerlo del todo.

Pero la palma izquierda, en la rienda de Hume al paso del camino del este, aprieta el cuero un cuarto más fuerte durante los seis segundos siguientes.

Lo cual no es del oficio del jinete del condado del norte.

Llegamos a Ashvere al cierre — las cuatro menos diez.

Tobías me recibe a Hume. Hawthorn me alcanza el correo de la tarde — dos cartas más, una respuesta a la del jueves del alguacil, y una nota corta de la cocinera Eudora sobre la cena del lunes próximo con los Whitcombe.

Subo al despacho. Las dejo en el secante. No las abro.

Lo que sí abro es el libro pequeño de John Clare que mi hermana Clara me mandó esta mañana.

Lo abro al azar.

La primera página que se me abre tiene un poema corto. Cuatro estrofas. La tercera estrofa dice:

«Las cosas pequeñas / que las mujeres del condado / no se permiten mirar / siguen mirándolas las cosas pequeñas / sin pedirles permiso».

Cierro el libro.

Lo dejo en el secante, al norte. El cuero del lomo sigue tibio del paquete de lino blanco. El sello de cera de Croft, al sur, ya partido.

La cabeza, durante el medio minuto siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

Cuando sostengo el medio minuto siguiente, lo sostengo con el libro de un labrador de Northamptonshire encima del secante y la nota de mi hermana Clara en el cajón izquierdo.

Seis hojas pequeñas, una flor seca, una pestaña.

Y, en el secante al norte, un libro pequeño que no le voy a entregar a la administradora doméstica de la planta noble esta semana.

La cabeza me deja sostener la decisión.

La decisión es: el libro pequeño se queda en el secante al norte hasta el martes nueve de junio. Hasta el día siguiente al que mi madre baje a Cumberland.

Los próximos catorce días, antes de la bendición del nuevo órgano del primero, el señor de la casa no le va a entregar a la administradora doméstica de la planta noble ninguna cortesía pequeña más.

Ni la cinta. Ni la flor. Ni el libro. Ni la nota corta sin firma.

La administradora doméstica de la planta noble lo merece.

Bajo la pluma a la respuesta de la cocinera Eudora sobre la cena del lunes próximo con los Whitcombe. Le contesto en tres frases — sí al menú, sí al vino del valle, no a la corrección de la cubertería del año pasado. Sello la nota. La dejo en la bandeja de salida.

A las cinco menos diez, llamo a Hawthorn. Aparece en el umbral.

—Hawthorn. Una indicación pequeña. Si la administradora doméstica de la planta noble cruza el portillo del jardín del sur en cualquier momento de los próximos catorce días — los lunes habituales, los miércoles habituales, los viernes habituales, o un jueves que no esté en el calendario —, la recibe Hawthorn en el zaguán principal sin el sombrero del señor en la mano.

El señor de la casa, en estos catorce días, va a estar de viaje a Penshaw entre las nueve y las cuatro, todos los días.

La administradora doméstica revisa el cuaderno administrativo en el cuarto de la señora Henshaw sin que el señor la reciba en persona.

La cocinera Eudora le sube el té de las dos y media con el terrón disuelto, como hasta ahora.

La administradora doméstica sale al cierre del cuarto, sin audiencia.

Hawthorn no me pide la explicación.

—Como milord disponga, milord.

—Y una segunda cuestión, Hawthorn. Si la administradora doméstica, durante los catorce días, le hace a Hawthorn alguna observación menor sobre la ausencia del señor del cuarto de la señora Henshaw, Hawthorn le contesta a la administradora doméstica que el señor de la casa está en Penshaw, lo cual es verdad, sin permitirse el detalle.

—Comprendido, milord.

Hawthorn se retira.

La cabeza sostiene la cosa pequeña que llevo cincuenta minutos no permitiéndome sostener.

La decisión de no entregarle ninguna cortesía pequeña más durante los próximos catorce días la he tomado porque el señor de la casa, sin atreverse, no sabe — todavía — tratar a la administradora doméstica de otra manera.

La sostengo dos segundos. Después la dejo caer.

Bajo al comedor pequeño a la cena. La cocinera Eudora me sube el caldo de los lunes — el de pollo del valle de los Bell, con cebada perlada y dos dados de zanahoria del huerto pequeño. Como sin levantar la vista del plato.

El libro pequeño de John Clare se queda en el secante al norte del despacho del primer piso, sin abrir otra vez, durante los próximos catorce días.