CAPÍTULO 32 #2
La geometría del cuarto, en efecto, está invertida.
La silla del respaldo de madera oscura, en el lado este.
La silla baja de fregar — la del cuarto de servicio, la que no tiene respaldo —, en el lado oeste, justo enfrente.
La mesa baja, en el centro. Encima de la mesa baja, esta tarde, dos cosas.
La primera, el cuaderno administrativo de Hawthorn abierto por la página de la corrección del cuarto de costura — la equivalencia que cerré anoche con la pestaña pequeña.
La segunda, una hoja pequeña doblada en cuatro, sin sobre, sin firma.
La hoja la habrá dejado lord Ashvere antes del cuarto siguiente.
Me quedo de pie.
Llaman a la puerta dos golpes.
—Adelante.
Entra lord Ashvere.
La cara, esta tarde, no es la del miércoles veintidós ni la del jueves catorce.
Es la cara del señor de la casa que ha dormido la noche siguiente a una biblioteca pequeña en la cama del cuarto del difunto, sin el cuello rígido del lado derecho que llevaba a la mañana, con la barba recortada a la medida habitual.
Pero la mirada, durante el primer segundo en que cruza el umbral, no es la del corredor del miércoles veintidós, la de los cinco segundos sostenidos.
Es otra. Es la mirada del señor de la casa que entra al cuarto de la señora Henshaw con la cortesía pequeña ya colocada, sin atreverse, antes de mi llegada.
—Señora Marlowe, buen día.
Le devuelvo media inclinación de cabeza.
Lord Ashvere se acerca a la mesa baja. Me indica con la palma derecha — un gesto pequeño, sin frase — el sillón del respaldo del lado este. Yo no me siento todavía. Me quedo de pie.
La cabeza, durante unos segundos siguiente, no me pide permiso para sostener una cosa pequeña.
La sostengo, sin permitírmela del todo, dos segundos.
—Milord, si me lo permite.
—Adelante.
—La silla del respaldo, esta tarde, está donde no estaba.
La silla baja, también. La cocinera Eudora me ha tenido preparado el té con la crema entera y el terrón de azúcar oscuro al fondo, como los lunes.
La hoja pequeña doblada en cuatro está sobre la mesa baja, sin sobre, sin firma, encima del cuaderno administrativo.
La administradora doméstica de la planta noble le agradece al señor de la casa la cortesía pequeña que el señor de la casa, sin atreverse, ha decidido entregarle esta tarde antes del cruce del portillo.
Y, sin embargo, le pide al señor de la casa una cosa.
Lord Ashvere baja la cabeza un grado, sin volverse al sillón.
—Adelante, señora Marlowe.
—Que la silla del respaldo, milord, vuelva al sur.
Y la silla baja de fregar, al oeste. La geometría del cuarto de la señora Henshaw del primer piso de Ashvere Hall, los lunes y los miércoles y los viernes, desde el primer lunes de abril, ha sido la del señor en la silla del respaldo y la administradora doméstica en la silla baja de fregar.
La administradora doméstica no ha pedido el cambio.
La administradora doméstica le pide al señor que, si la cortesía pequeña era de hoy, la cortesía pequeña se devuelva al cierre del cuarto.
Y si la cortesía pequeña era de los viernes a partir de hoy, le pide al señor que la considere otra vez.
Lord Ashvere no me devuelve la palabra al cuarto de segundo siguiente.
La cabeza me deja, en lugar de añadir nada, sostener la mirada al señor durante los seis segundos siguientes. Sin pedir permiso. Sin permitírmelo del todo. Solo sosteniéndolo.
Lord Ashvere, al cabo de los seis segundos, baja la cabeza medio grado.
—Comprendido, señora Marlowe.
Se vuelve a la puerta. Llama a Hawthorn. Hawthorn aparece en el umbral en el segundo número cinco. Lord Ashvere, sin mirar a Hawthorn, sin volverse a mí, sin más explicación:
—Hawthorn. La silla del respaldo al sur. La silla baja al oeste. Como los lunes. Antes del té de las dos y media.
—Como milord disponga.
Hawthorn entra. Mueve la silla del respaldo en cuatro pasos. Mueve la silla baja de fregar en tres. La mesa baja, al centro, sin moverla. Se retira.
La geometría del cuarto, en cuatro pasos y tres pasos, vuelve a la de los lunes.
Lord Ashvere espera, en pie, junto al umbral, sin sentarse en ninguna de las dos sillas.
Yo me siento en la silla baja de fregar del lado oeste. El sitio que ocupo desde el primer lunes de abril.
Lord Ashvere se sienta en la silla del respaldo de madera oscura del lado sur. El sitio que él ocupa desde el lunes veinte de abril.
La mesa baja entre los dos, en el centro, con la hoja pequeña doblada en cuatro encima del cuaderno administrativo.
La cabeza, durante un momento siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Lord Ashvere, sin mirarme la cara, sin mirarme el puño derecho de la manga donde la cinta lavanda gris con la flor pequeña sigue prendida con el alfiler, baja la palma a la mesa baja. Sin doblarla. Sin separarla.
—Señora Marlowe, le agradezco la corrección.
—Milord, no hay de qué.
Pausa. Las pausas, este viernes, no son las del miércoles veintidós.
Estas no las sostiene la cabeza de ninguno de los dos.
Las sostienen las dos sillas y la mesa baja en el centro y el cuarto de la señora Henshaw del primer piso de Ashvere Hall a las dos y dieciocho minutos del viernes veintidós de mayo de mil ochocientos dieciocho.
Lord Ashvere alza la vista a la hoja pequeña doblada en cuatro encima del cuaderno.
La sostiene un instante. No la toca.
—Esa, señora Marlowe, es del señor de la casa.
Asiento medio grado.
—Comprendido, milord.
Lord Ashvere baja la palma. Aleja la mano de la mesa baja. La hoja queda donde está — encima del cuaderno administrativo, sin sobre, sin firma.
Y la cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para advertir lo siguiente.
La hoja doblada en cuatro que el señor de la casa ha dejado sobre el cuaderno administrativo no va a contener una cortesía pequeña, ni una cuestión doméstica menor, ni una indicación de Hawthorn.
Va a contener, en mi cálculo, una sola frase.
La frase que el señor de la casa, sin atreverse, ha decidido escribirle a la administradora doméstica de la planta noble después de la cortesía pequeña de la silla del respaldo que la administradora doméstica acaba de devolverle al cierre del cuarto.
La hoja la voy a abrir esta noche, en el cuarto, no en el cuarto de la señora Henshaw.
Esa decisión, la cabeza me la deja sostener entera.
Bebo el té despacio. Está caliente. El terrón de azúcar oscuro disuelto al fondo, la crema entera por encima.
Como los lunes. Lord Ashvere bebe el suyo también — sin azúcar, sin crema, como los lunes.
La conversación, durante los próximos veinte minutos, la sostenemos sobre la cuestión menor del cuarto de costura cerrada el miércoles veinte por la noche.
Lord Ashvere me hace tres preguntas técnicas sobre la diferencia de los dos chelines y cuatro peniques.
Yo le contesto las tres. La cuarta pregunta — la que no me hace — la cabeza no me la deja sostener.
A las dos y cuarenta, lord Ashvere se levanta de la silla del respaldo.
—Señora Marlowe, le agradezco.
—Milord, no hay de qué.
Sale del cuarto.
La puerta se queda entornada al palmo. Oigo los pasos cruzar el corredor del oeste hasta el despacho. La puerta del despacho se abre y se cierra a los catorce segundos.
Yo me quedo sola en el cuarto de la señora Henshaw.
Cojo la hoja pequeña doblada en cuatro del cuaderno administrativo. La meto en el bolsillo interior de la capa. No la abro.
Recojo el cuaderno administrativo. Lo meto en el bolsillo exterior. La cocinera Eudora se llevará la bandeja del té cuando la administradora doméstica de la planta noble haya salido.
Salgo del cuarto a las dos y cuarenta y dos.
Bajo por la escalera principal.
Hawthorn me recibe en el zaguán. Le hago la inclinación menor de despedida. Salgo por el patio del este. Cruzo el portillo a las dos y cuarenta y siete.
Vuelvo a Ravenfell por el sendero del jardín del sur.
La cabeza, durante los cuarenta pasos, no me pide permiso para sostener una cosa pequeña. La cortesía de la silla del respaldo era de un hombre que cree, sin atreverse, que la mujer del condado del norte necesita la silla del respaldo. Y la mujer del condado del norte, esta tarde, no la necesita.
La cabeza, durante el segundo siguiente, no me deja sostenerlo del todo. Pero la palma izquierda, se aprieta dos dedos contra el bolsillo interior de la capa donde está la hoja pequeña doblada en cuatro que no he abierto todavía.
Dos segundos.
Después la palma se suelta.
Subo por la escalera principal al cuarto. Cierro la puerta con llave. Me apoyo en ella un instante.
Saco la hoja pequeña del bolsillo interior. Me siento en la silla baja del escritorio bajo la ventana. La abro despacio.
Una sola línea, en la caligrafía firme de lord Ashvere, sin sangría, sin firma:
«Señora Marlowe — si la administradora doméstica de la planta noble, en algún momento del verano, considera oportuno corregirle al señor de la casa una segunda cortesía pequeña que la administradora doméstica no haya pedido, la administradora doméstica se la corrija sin permitirse el agradecimiento previo.
El señor de la casa la acepta de antemano».
Bajo la hoja.
La leo otra vez.
La pliego en cuatro. La meto en el cajón del doble fondo.
Encima de las ocho anteriores. Nueve y diez ya — nueve, contando la del miércoles veinte de la biblioteca como la octava.
La décima hoja del cajón es la primera que el señor de la casa vecina me escribe para concederme, sin atreverse, el derecho a corregirle por adelantado.
Cierro el cajón.
La luz oblicua del oeste, esta tarde del viernes veintidós de mayo, entra por la ventana del cuarto con el grado de las cinco menos cuarto. La cinta lavanda gris con la flor del primer fresno del bosquecillo del norte sigue en el puño derecho de la manga. La cabeza no me pide permiso para tocarla.
La toco yo, sin pedirle permiso a la cabeza.
Dos dedos contra la flor seca.
Un segundo y medio. No más.