El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

La cocinera Beulah me sube la nota al cuarto del primer piso a las siete y veintidós minutos del jueves veintiuno, sin que se la haya pedido.

La trae en el platillo del segundo té. Doblada en cuatro, sin sobre, sin firma. Beulah deja la bandeja en la mesa baja, baja la cabeza un grado, no me devuelve la mirada, se retira.

Bajo a la silla baja del escritorio.

La abro despacio.

«Señora Marlowe — la pestaña pequeña del lado este del secante la guardo en el bolsillo derecho. No en el izquierdo. El derecho, hasta esta mañana, no había guardado nada».

Bajo la hoja.

Pliego la hoja en cuatro otra vez. La meto en el cajón del doble fondo.

Encima de las otras — la del miércoles quince de abril, la del miércoles veintidós, la primera hoja del sobre verjurado de Clara, las dos notas de Maren, la respuesta de Eliza Halliwell.

La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para advertir que el cajón del doble fondo de mi escritorio del primer piso de Ravenfell House contiene, ya, nueve hojas pequeñas. La cuenta no me la deja sostener.

Cierro el cajón.

El jueves veintiuno me da el resto del día en silencio.

La lección de Pippa por la mañana — la pequeña, esta semana, ha empezado a sumar las divisiones del catecismo —, la corrección del cuaderno administrativo por la tarde, una conversación corta con Cora al té sobre la cena del lunes próximo con los Whitcombe.

Cora, esta tarde, me pasa la octava puntada de las campanillas blancas sin levantar la vista.

No me menciona ni la biblioteca ni el quinquel.

Y, sin embargo, al cuarto sorbo del té, me dice — sin mirarme, con el bastidor en el regazo:

—Bryn, las administradoras doméstica del condado del norte, cuando aceptan, sin atreverse, una cortesía pequeña que no es del oficio en una biblioteca de la casa vecina a la hora del cierre, no se lo comentan a la duquesa de la casa propia.

Hawthorn me lo confirmó esta mañana al cierre, sin que se lo hubiera preguntado, porque mi marido le había preguntado a Pennywick por la hora exacta del regreso de la institutriz anoche.

Mi marido, sin atreverse, me lo dijo a mí. Yo, sin permitírmelo, te lo digo a ti.

—No te digo nada más. Era para que tú lo supieras.

Bajo la cabeza un grado.

—Cora, le agradezco.

La duquesa pasa la novena puntada.

El viernes veintidós amanece sin sol.

La luz del condado en el primer cuarto de hora del día está más baja que las mañanas anteriores — el cielo, cubierto desde el oeste por una banda fina del color de la harina vieja.

Pearl me sube la jarra del agua tibia a las siete menos cuarto y, sin atreverse, me deja en la repisa de la chimenea una cinta del puño derecho de la manga que yo no le había pedido.

La cinta es del color de la lavanda gris, una nueva, no la de abril.

La cinta lleva por delante un alfiler pequeño con una flor seca prendida en el centro — una flor pequeña, amarilla, cinco pétalos.

La del primer fresno del bosquecillo del norte.

Pearl no me dice nada.

Me hace la inclinación menor. Se retira.

Bajo la cinta de la repisa con dos dedos.

La flor del primer fresno, prendida con el alfiler pequeño a la cinta lavanda gris, está intacta — el amarillo un grado más oscuro que el de abril, los cinco pétalos secos sin romperse. La cinta, lavanda gris, debajo, es de seda fina como la blanca del jueves catorce.

La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para advertir lo siguiente.

La flor pequeña, prendida al alfiler, no la había puesto Pearl.

Pearl trae la jarra del agua tibia y los enseres pequeños de la cocina.

La flor pequeña con alfiler la habrá puesto Beulah.

Beulah la habrá recibido de la cesta del correo doméstico del mediodía del jueves veintiuno, sin firma, doblada en una hoja pequeña, en mi cálculo, junto a un trozo del queso del valle de los Bell para Pippa.

Beulah la habrá subido a Pearl al alba. Pearl la habrá colocado en la repisa con la cinta sin atribuirla.

Lord Ashvere me ha devuelto la flor.

La flor que yo le había puesto a Hawthorn en el bolsillo del chaleco a la salida de Ravenfell el lunes veinte de abril a las siete y dieciocho minutos, sin firma, sin cinta, sin más explicación, ha vuelto a Ravenfell House el viernes veintidós de mayo a las siete menos cinco de la mañana, prendida con un alfiler pequeño a una cinta lavanda gris que la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall no había encargado.

Lord Ashvere me ha devuelto la flor.

Y, prendida a la cinta, la flor ya no es una flor pequeña doblada en una hoja pequeña dentro del bolsillo del chaleco de un hombre del condado del norte.

Es una flor pequeña del primer fresno del bosquecillo del norte, prendida con alfiler, en la cinta del puño derecho de la manga de la administradora doméstica de la planta noble del condado del norte, lista para cruzar el portillo del jardín del sur a las dos en punto del viernes veintidós de mayo.

La cabeza no me deja sostener nada más.

Me la pongo.

La cinta lavanda gris con la flor prendida me la pongo al puño derecho de la manga a las once menos veinte minutos.

La sujeto con un nudo pequeño, no doble.

La flor queda en la cara externa de la muñeca, hacia el costado del cuerpo, no hacia el cristal de la ventana.

Eso la cabeza no me lo pide permitir y la mano me lo coloca así.

Bajo al cuarto de juegos a las once.

Pippa está leyendo, en el suelo, el libro azul de las fábulas — una de las primeras del libro, la del cuervo y el queso.

La pequeña, esta mañana, está alegre. Le hago una pregunta corta sobre la fábula.

Pippa me contesta en una frase clara que la fábula es sobre por qué los queso de Ravenfell no se le deben dejar a los cuervos del jardín norte, lo cual a sus seis años es la moraleja exacta que ha podido sacar del cuervo y el queso.

La pequeña, al levantarse, advierte la cinta del puño derecho de la manga.

La advierte sin atreverse. Pippa no me lo pregunta.

Pero, durante los segundos siguientes, no aparta la vista de la cinta lavanda gris con la flor pequeña prendida con el alfiler.

Después la aparta. La cabeza, durante el instante siguiente, no me pide permiso para advertir que Pippa, con seis años, no entiende del todo la cinta del puño, pero la guarda.

—Mi Bryn.

—Princesita.

—¿Mi Bryn baja a Ashvere hoy?

—Sí, princesita. Como los lunes y los miércoles.

—¿Lord Ashvere está hoy en casa?

La pregunta llega sin transición. Las niñas pequeñas hacen las preguntas que importan al doblar la esquina.

—Sí, princesita. Lord Ashvere está hoy en su despacho del primer piso.

—¿Mi Bryn le va a llevar pastel?

—Hoy no, princesita. Hoy le llevo la corrección del cuarto de costura.

Pippa asiente, satisfecha de la explicación. Vuelve al libro azul.

Salgo del cuarto de juegos.

Cruzo el portillo del jardín del sur a las dos en punto.

Hawthorn me recibe en el zaguán principal de Ashvere con el sombrero del señor de la casa en la mano.

Lord Ashvere está, en efecto, en el primer piso.

La cara del mayordomo viejo, esta tarde, no es impasible — la franqueza menor que llevo viéndole desde el lunes once, ahí.

Pero, esta tarde, hay además un grado pequeño que no le había visto.

La cabeza, durante el cuarto de segundo posterior, no me pide permiso para advertirlo.

—Señora Marlowe, buen día. Milord la recibe en el cuarto de la señora Henshaw a las dos y cuarto. La cocinera Eudora le tiene preparado el té de las dos y media con la crema entera y el terrón. Pero, señora Marlowe — perdone el mayordomo viejo la libertad —, hay una cuestión menor antes.

Asiento.

—Milord me indicó esta mañana, sin atreverse, que la conversación de las dos y cuarto la quiere sostener en el sillón del respaldo, no en la silla baja de fregar.

Y que la silla baja de fregar la quiere reservar para él, no para la administradora doméstica de la planta noble.

La cocinera Eudora me preguntó la razón, sin atreverse.

Yo no se la di. Pero la cuestión menor, señora Marlowe, es que la silla baja de fregar va a quedar esta tarde en el lado oeste de la mesa, no en el sur como hasta ahora. Milord lo ha pedido así.

Bajo la cabeza un grado.

La cabeza advierte que lord Ashvere ha decidido por su cuenta invertir la geometría del cuarto de la señora Henshaw. La silla del respaldo, la del señor de la casa hasta hoy, pasa esta tarde a la administradora doméstica. La silla baja de fregar, al señor.

Lo cual no es del oficio. Es una cortesía pequeña — la de las casas del condado del norte cuando un señor quiere sentarse en la silla más baja para mirar a una mujer a la altura.

Y, sin embargo, la cabeza sostiene una cosa que no había sostenido antes.

La cosa es: no quiero la cortesía pequeña.

La cortesía pequeña es bienintencionada. La habrá decidido lord Ashvere esta mañana al despertar, advirtiendo, sin atreverse, que la administradora doméstica que le bajó el chal anoche conviene tratar con una delicadeza menor.

Eso, la cabeza no me lo deja sostener del todo.

La cabeza me deja, sin embargo, asentir.

—Hawthorn. Comprendido. Subo al cuarto.

Subo por la escalera principal.

Cruzo el corredor del oeste. La puerta del despacho de lord Ashvere, esta tarde, está cerrada del todo. Sigo hasta el cuarto de la señora Henshaw. Entro.