CAPÍTULO 31
Me despierto a las cinco menos diez de la mañana del jueves veintiuno con el cuello rígido del lado derecho y una lana clara en los hombros que no recuerdo haberme puesto.
Tardo cuatro segundos en abrir los ojos del todo.
La biblioteca pequeña de la planta baja de Ashvere Hall, a las cinco menos diez de la madrugada, está en la luz gris del condado del norte cuando la franja del amanecer empieza a entrar por la ventana del oeste.
El quinquel pequeño, encima de la repisa de la chimenea — no en la mesa larga, donde yo lo había dejado anoche al sentarme con el libro mayor de mil ochocientos doce —, sigue encendido.
A un cuarto de su capacidad, no a la mitad.
Solo un cuarto. La cantidad pequeña que mi tío del señor de Ashvere, según una observación que la cocinera Eudora me hizo en abril al hablarle de las costumbres del difunto, dejaba a sus invitados cuando se quedaban dormidos en la biblioteca y no quería despertarlos.
Bajo la mano izquierda de la mesa larga.
La mano cae sobre el secante — el mismo lugar donde anoche, según mi última cuenta, había dejado la palma abierta sobre la página de la partida de doce libras y seis chelines del cuarto de costura del libro mayor de mil ochocientos doce.
La página no está debajo. El tomo no está debajo. La mano está sobre el secante limpio.
Me incorporo.
El chal de lana clara me cae al costado izquierdo. Lo cojo con la mano derecha. Lo levanto. Lo miro a la luz del quinquel y a la luz gris del amanecer.
Es el chal de mi tío.
Lo reconozco al cabo del cuarto de segundo siguiente — no porque lo haya visto antes en Ashvere, sino porque la cocinera Eudora me lo mencionó en abril como el chal que mi tío del señor usaba para abrigarse los hombros en la biblioteca durante los inviernos del catorce, el quince y el dieciséis.
El chal lleva dos años en el armario menor del corredor norte, donde Maud lo subió al cierre del invierno del dieciséis.
Maud no lo ha bajado a la biblioteca por su cuenta.
Hawthorn no lo ha bajado. Greaves no lo ha bajado.
Lo ha bajado otra persona.
La cabeza, en el segundo siguiente, no me pide permiso para advertir lo siguiente.
La cabeza me deja, por primera vez en sesenta y nueve días, sostener la frase entera sin permitirme corregirla.
La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall estuvo en la biblioteca anoche.
Bajo la cabeza un instante.
Levanto los ojos a la mesa larga. El libro mayor de mil ochocientos doce, en efecto, no está en el lado este.
Está en el extremo norte de la mesa, cerrado, con la cinta de tela pequeña del lomo — la cinta que mi tío del señor de Ashvere usaba como marcador, según supe en febrero al revisar la caja del segundo piso — metida entre las páginas para señalar exactamente la partida que dejé abierta.
Al lado, en el extremo norte también, el libro mayor del año en curso, también cerrado.
La pluma, tapada. El tintero, cerrado con el corcho pequeño que Hawthorn me dejó en marzo para los cierres. Todo en orden.
Bajo la cabeza otra vez.
Y, en el segundo siguiente, advierto la única cosa que la administradora doméstica de la planta noble dejó en el secante después del orden.
No es una nota.
No es una hoja pequeña doblada en cuatro sin firma.
Es una pestaña pequeña, fina, casi invisible, de papel verjurado del condado, del color del marfil claro — una de esas hojas pequeñas que las administradoras doméstica del condado usan para marcar las páginas de los libros mayores cuando van a continuar la revisión al día siguiente.
La administradora doméstica de la planta noble, al revisar la partida de los doce libras y seis chelines, ha dejado una pestaña fina sobre el secante limpio, en el lado este donde yo apoyaba la mano izquierda, con la siguiente indicación pequeña escrita al lápiz fino, en la caligrafía pequeña que conozco desde el inventario de marzo:
«Doce libras y seis chelines = diferencia de dos chelines y cuatro peniques al alza por cambio de proveedor en mil ochocientos quince. La partida cuadra. El cuarto de costura, cerrado».
Bajo la pestaña.
La administradora doméstica revisó la partida anoche. Cerró el cuarto de costura sin mi presencia. Dejó la pestaña sobre el secante limpio, donde yo, al despertarme, iba a posar la mano izquierda.
No ha firmado.
La cortesía pequeña, en mil ochocientos dieciocho, en el condado del norte, una administradora doméstica se la concede a un señor de la casa una sola vez.
Yo, anoche, no estaba despierto cuando se la concedió.
Yo, anoche, a las nueve y treinta y dos de la noche del miércoles veinte de mayo, estaba dormido encima del secante con la frente apoyada en el brazo derecho cruzado sobre la mesa larga, y la mano izquierda abierta sobre la página de la partida de doce libras y seis chelines del cuarto de costura del libro mayor de mil ochocientos doce.
Bajo las dos manos al borde de la mesa larga.
Apoyo la frente en el brazo derecho cruzado sobre la mesa, otra vez.
Cierro los ojos.
Cuatro segundos.
No me he dormido. Pero la cabeza, durante esos cuatro segundos, me deja sostener una frase pequeña que llevo cuarenta y dos días no permitiéndome decir:
«La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall me ha tocado por primera vez, sin tocarme».
Levanto la cabeza.
La luz gris del amanecer, en la ventana del oeste de la biblioteca, ya tiene un grado más de claridad. La franja se ha abierto. El quinquel pequeño, encima de la repisa, sigue encendido a un cuarto.
Me levanto del sillón de orejas.
Cojo el chal de lana clara con las dos manos.
Lo doblo despacio. Lo apoyo sobre el respaldo del sillón, en la posición exacta en la que estaba al sentarme anoche.
El chal vuelve a su sitio sin que yo lo haya devuelto al armario menor del corredor norte — porque la cocinera Eudora, al hacer la limpieza de la biblioteca esta mañana a las seis y media, va a advertir el chal en el respaldo y va a decidir, sin permitírselo del todo, dejarlo allí hasta el cierre.
El chal de mi tío del señor de Ashvere, en mi cálculo, se queda en el respaldo del sillón de orejas del lado este de la biblioteca pequeña hasta el siete de julio.
Recojo la pestaña pequeña de papel verjurado.
La pestaña no la guardo en el bolsillo izquierdo del chaleco.
Las cinco notas y la flor seca del primer fresno del bosquecillo del norte siguen donde estaban anoche.
La pestaña la guardo en el bolsillo derecho — el otro, el que no he abierto desde febrero, donde la cabeza no le ha pedido permiso a la palma para meter nada.
La pestaña, en mi cálculo, es del lado derecho del chaleco. No del izquierdo.
Subo el quinquel a la mesa larga otra vez.
Subo la rueda pequeña del lado este. La luz sube a la mitad.
No la subo más — la cocinera Eudora no se ha levantado todavía, Hawthorn no se ha levantado todavía, Greaves no se ha levantado todavía, y la biblioteca a las cinco y dos de la mañana del jueves veintiuno de mayo no necesita el quinquel a su capacidad entera.
Cruzo la biblioteca al umbral.
Salgo. Cierro la puerta detrás de mí al palmo entornado, como estaba al entrar — porque la administradora doméstica de la planta noble, anoche, la cerró así al salir. Cruzo el corredor del oeste hasta la escalera principal.
Subo al primer piso.
Cruzo el corredor al cuarto del difunto.
La puerta del cuarto del difunto está cerrada, como la dejé.
La abro. Entro. Cierro detrás. La luz gris del amanecer, en la ventana del medio del norte, entra por la cortina interior de muselina nueva — la que Mary y Beth cosieron el jueves catorce, la que Hawthorn puso al cierre, la que llevo desde hace una semana viendo por la noche desde la cama y por la mañana desde el escritorio.
La cortina interior, esta mañana, está bajada.
La cortina blanca exterior — la del dobladillo con la mancha pequeña de cera de mil ochocientos catorce, la que cuelga al lado del cristal porque el viento de la noche no la ha movido —, también.
Y, detrás de las dos cortinas, doscientos veinte pasos del condado al sur, en el primer piso de Ravenfell House, está la ventana del cuarto de la administradora doméstica de la planta noble.
La ventana, esta mañana del jueves veintiuno de mayo a las cinco y cuatro, no la veo entera porque la cortina interior de muselina nueva tamiza el cristal. Pero, por el grado de luz que la muselina deja pasar de afuera, advierto una cosa pequeña: la ventana de Ravenfell está abierta una pulgada.
Abierta. No cerrada.
La cabeza, en el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Cruzo el cuarto al escritorio. Saco la pluma. Saco una hoja pequeña del cajón. Mojo la pluma. Y, sin permitirme la corrección, escribo en el centro de la hoja, sin sangría, en una sola línea:
«Señora Marlowe — la pestaña pequeña del lado este del secante la guardo en el bolsillo derecho. No en el izquierdo. El derecho, hasta esta mañana, no había guardado nada».
Bajo la pluma.
Doblo la hoja en cuatro. Sin sobre. Sin firma.
La cabeza, durante los segundos siguientes, no me pide permiso para advertir nada.
Bajo a la biblioteca otra vez. Cruzo el corredor del oeste al zaguán principal.
Hawthorn, a las cinco y siete de la mañana del jueves veintiuno de mayo, ya está en el zaguán principal — porque los mayordomos viejos de Ashvere Hall se levantan a las cinco menos cuarto desde mil ochocientos doce, según mi cálculo.
Lleva la jarra del agua tibia para Greaves en una bandeja pequeña.
La cara del mayordomo viejo, esta mañana, no es impasible.
La franqueza menor que llevo viéndole desde el lunes once de mayo, ahí, sin moverse.
—Milord. Buen día.
—Hawthorn. Buen día. Una nota corta para la cocinera Beulah de Ravenfell, en la primera entrega del correo doméstico del cesto del mediodía. Para la administradora doméstica de la planta noble. Sin sobre. Doblada en cuatro. Sin firma.
Hawthorn baja la bandeja a la mesa baja del zaguán.
—Como milord disponga, milord.
Le entrego la hoja doblada. Hawthorn la mete en el bolsillo de su propio chaleco, no en la bandeja. Y, durante un instante siguiente, sin permitírselo del todo, me hace una observación que no esperaba.
—Milord. La administradora doméstica de la planta noble pasó anoche por la biblioteca a las nueve y treinta y cinco.
Le bajé el libro mayor de mil ochocientos doce el viernes pasado.
La administradora doméstica solicitó la revisión por una equivalencia menor del cuarto de costura.
Milord estaba ya, según mi observación al cierre del corredor del oeste, dormido en el sillón de orejas.
La administradora doméstica revisó la partida en el lado oeste de la mesa larga.
Salió a las nueve y cincuenta y siete. La cortesía pequeña del condado del norte que la administradora doméstica le concedió al señor de la casa, milord, no es del oficio.
Lo cual yo, sin permitírmelo del todo, le he autorizado por mi cuenta a la administradora doméstica de la planta noble sin pedirle permiso a milord.
Bajo la cabeza un grado.
—Hawthorn. La autorización está bien dada. Si se vuelve a presentar la circunstancia — lo cual, en mi cálculo, no se va a presentar pronto — usted decide. Sin pedírmela a mí.
Hawthorn asiente medio grado.
—Como milord disponga.
—Y, Hawthorn — una segunda cuestión. El chal de lana clara del difunto, en el respaldo del sillón de orejas del lado este de la biblioteca pequeña.
Se queda en el respaldo. La cocinera Eudora va a advertirlo a las seis y media.
Si la cocinera Eudora le pregunta por el chal, dígale a la cocinera Eudora que el chal del difunto pasa a ser, a partir de hoy, del señor de la casa actual.
Si la cocinera Eudora le pregunta a usted en qué circunstancia el señor de la casa actual ha decidido la sucesión, usted le contesta que el señor de la casa, ayer al cierre, sin permitírselo del todo, se quedó dormido en el sillón de orejas del lado este de la biblioteca pequeña con los papeles de la mina encima del secante.
La cocinera Eudora va a aceptar la explicación.
Hawthorn baja la cabeza un grado entero.
—Como milord disponga, milord.
Subo al cuarto del difunto otra vez.
Cruzo el cuarto al escritorio. Greaves no ha subido todavía la jarra del agua tibia — son las cinco y once. Me siento en la silla baja del escritorio bajo la ventana del medio del norte. Apoyo las dos manos en el secante.
La cabeza, durante los dos minutos siguientes, no hace ninguna cuenta.
Lo que la cabeza me deja hacer es lo siguiente.
Apoyo la mano derecha en el bolsillo derecho del chaleco — el otro, el que no he abierto desde febrero — y aprieto, sin mirarme la mano, sin sacar la pestaña pequeña, sin permitírmelo del todo, durante un segundo y medio.
La pestaña sigue ahí.
Y, en el lado izquierdo del chaleco, las cinco notas dobladas en cuatro de la administradora doméstica de la planta noble, junto con la flor seca del primer fresno del bosquecillo del norte, también.
Cinco notas, una flor, una pestaña. Siete cosas pequeñas en los dos bolsillos del chaleco.
Greaves golpea la puerta dos veces a las cinco y catorce. Le digo «adelante» sin volverme. Greaves entra con la jarra del agua tibia. La deja en la mesa baja del cuarto del difunto. Se retira.
Me levanto del escritorio. Voy a la jofaina. Me lavo la cara con el agua tibia. Me lavo las dos manos. Me cambio la camisa. Me ato el corbatín blanco — esta mañana, con el nudo simple, no el doble. Bajo al comedor pequeño de la planta baja al desayuno a las cinco y treinta y cinco.
El café fuerte, esta mañana, lo bebo entero antes del pan. La cocinera Eudora me sube la bandeja del segundo café a las seis menos diez. Sin que se lo haya pedido, le ha añadido a la bandeja una rebanada extra del queso fuerte del valle de los Bell. La cocinera Eudora no la justifica.
Yo la acepto.