CAPÍTULO 30 #2
La regla, en el oficio de las administradoras doméstica del condado, en mil ochocientos dieciocho, dice que un quinquel encendido en una biblioteca con un señor de la casa dormido encima del secante se apaga del todo si la administradora doméstica del oficio sale de la biblioteca.
La mecha pequeña, soplada despacio, sin humo.
La biblioteca se queda a oscuras. El señor de la casa duerme.
Hawthorn, al cruzar al cierre, advierte la biblioteca a oscuras, entra, y, si lo considera oportuno, despierta al señor.
Esa es la regla.
La administradora doméstica de la planta noble, esta noche, no la va a aplicar.
Me acerco al quinquel.
Lo cojo por el asa de bronce, con dos dedos, sin que el cristal se mueva.
Giro la rueda pequeña del lado este. La rueda baja la mecha.
Un grado, no más. La luz del quinquel se queda en un cuarto de lo que era — la cantidad pequeña con la que mi tío del señor de Ashvere, según una observación que la cocinera Eudora me hizo en abril, le permitía a sus invitados quedarse dormidos en la biblioteca después de los inviernos del catorce sin tener que apagarles el quinquel del todo.
Bajo el quinquel a la repisa de la chimenea.
Lo dejo. Vuelvo al sillón de orejas. La luz del quinquel pequeño, en su nueva posición sobre la repisa, le entrega al lado derecho de la cara del señor de la casa una franja menor — la que un quinquel a un cuarto de su capacidad concede al perfil de un hombre dormido sobre el secante a las nueve y cuarenta y cuatro de una noche del veinte de mayo.
Le miro la cara.
No la toco. No me acerco más de los dos pasos. Solo la miro. Cuatro segundos.
La cabeza, durante esos cuatro segundos, no me pide permiso para sostener nada.
La cabeza me deja sostener una cosa pequeña que llevo dieciocho meses no permitiéndome sostener. La cabeza no me deja terminar la frase.
Doy dos pasos hacia atrás.
Cruzo la biblioteca al lado oeste de la mesa larga.
Cojo la pluma que el señor de la casa ha dejado sin tapar.
La tapo. Cojo el tintero abierto y casi seco.
Lo cierro con el corcho pequeño. Los dejo en el lado oeste, donde el señor mañana al despertarse los va a encontrar tapados, sin atribuírmelo del todo.
La cabeza calculará el cierre como cortesía de Hawthorn, no mía.
La cuarta cosa pequeña — la que no había contado en las tres — es esta.
Saco del bolsillo interior de la capa la libreta pequeña del balance.
La que abrí el jueves catorce al volver del cuarto de la señora Henshaw.
La abro por la última página. La cifra del seis de marzo — «trescientas libras.
Bath. Llegar antes de cumplir cuarenta. Calcular en mil ochocientos veintiséis» — sigue en su sitio.
Al lado, la segunda cifra del catorce de mayo, en el lápiz un grado menos firme: «O quizá ya no».
Cojo el lápiz fino del bolsillo interior.
Y, sin pedirle permiso a la cabeza, hago una tercera anotación al margen. Más pequeña que la segunda. Con la pluma — el lápiz, el lápiz fino — más blanda que la anterior. Dos palabras solas, debajo de la segunda:
«Ya no».
Bajo el lápiz.
Cierro el balance. Lo meto en el bolsillo interior de la capa otra vez. Apoyo la palma izquierda encima del bolsillo durante los dos segundos siguientes.
Después saco la mano.
Reviso la partida de doce libras y seis chelines del cuarto de costura del libro mayor de mil ochocientos doce.
La reviso con el quinquel a un cuarto de su capacidad sobre la repisa de la chimenea, sentada en una silla baja del lado oeste de la mesa larga, sin volverme al señor de la casa dormido en el sillón de orejas del lado este.
La partida cuadra con el tomo del año en curso por una diferencia pequeña — dos chelines y cuatro peniques — que se explica por el cambio de proveedor en mil ochocientos quince, cuando la modista del condado le subió a Ashvere el precio del hilo de lino.
Apunto la diferencia al margen de mi propio cuaderno administrativo. La revisión me lleva siete minutos.
A las nueve y cincuenta y dos, cierro el tomo de mil ochocientos doce.
Lo dejo en el extremo norte de la mesa larga, al lado del cerrado anterior.
Recojo el cuaderno administrativo. Me lo guardo en el bolsillo exterior de la capa, no en el interior. El interior queda solo para la libreta pequeña del balance.
Me levanto.
Cruzo la biblioteca al lado este otra vez. Me detengo a tres pasos del sillón de orejas. Le miro la cara al señor de la casa una vez más. Tres segundos.
La respiración sigue pequeña y lenta. El chal de lana clara, en los hombros, sin moverse. El quinquel a un cuarto, sobre la repisa, con la luz tibia que no le va a despertar.
Salgo de la biblioteca.
Cierro la puerta detrás de mí al palmo entornado, como entró.
Cruzo el corredor del oeste hasta la puerta del este de Ashvere.
Hawthorn está, en efecto, a las nueve y cincuenta y siete minutos, en el zaguán principal — sin el sombrero del señor de la casa en la mano —, mirando hacia el corredor del oeste.
La cara, esta noche, no es impasible.
—Señora Marlowe.
—Hawthorn. La biblioteca ha quedado como milord la dejó.
El quinquel a un cuarto sobre la repisa, no apagado.
El chal de lana clara, en los hombros. El libro mayor de mil ochocientos doce, cerrado, en el extremo norte.
La pluma y el tintero, tapados. Si milord se despierta antes del cierre y baja a su cuarto, no advertirá nada que un mayordomo viejo no le haya colocado a un señor que se ha quedado dormido encima del secante.
Hawthorn baja la cabeza un grado.
—Comprendido, señora Marlowe.
—Y, Hawthorn — una cuestión pequeña, sin urgencia.
—Adelante.
—Si milord, mañana al desayuno, mencionara que la biblioteca se le quedó arreglada de una manera que no era la suya, el mayordomo viejo le contestará al señor de la casa que la administradora doméstica de la planta noble pasó a las nueve y media por una equivalencia menor del cuarto de costura, encontró al señor dormido sobre el secante, y procedió como procedería cualquier administradora doméstica del condado del norte ante un señor dormido en la biblioteca pequeña de la planta baja a una hora del cierre.
Sin más detalle. La administradora doméstica de la planta noble, en mi cálculo, no le va a mencionar el detalle al señor por su propia cuenta.
Hawthorn asiente.
—Como milord disponga, señora Marlowe.
La cabeza advierte que Hawthorn, sin permitírselo del todo, ha aceptado el tratamiento que la administradora doméstica le aplica al señor sin que el señor se lo haya autorizado.
Salgo de Ashvere por el patio del este a las nueve y cincuenta y nueve.
Cruzo el portillo del jardín del sur a las diez y dos. La noche del veinte de mayo en el jardín del sur, vista desde el lado de Ravenfell, sigue sin estrellas — la franja del sol todavía no ha cedido del todo. El cielo, gris azulado más oscuro que al salir, una hora antes.
Pennywick me recibe en el zaguán pequeño. Me hace la inclinación menor.
—Señora Marlowe. Su excelencia la duquesa se ha retirado. La lady Pippa, también. Su excelencia el duque está en el despacho del oeste.
Asiento. Subo por la escalera de servicio al cuarto.
Cierro la puerta con llave.
Me apoyo en ella un instante.
La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada. La cabeza me deja, en cambio, hacer una cosa pequeña que llevo dieciocho meses sin permitirme hacer.
Voy a la ventana del cuarto. La abro un palmo. Miro al norte.
Doscientos veinte pasos del condado. El cuarto del difunto del primer piso de Ashvere Hall. La ventana del medio, esta noche, con la cortina blanca exterior abierta a un dedo y la cortina interior de muselina nueva, según el cálculo del cierre de Hawthorn, ya bajada del todo.
El cuarto del difunto, esta noche, está vacío.
El señor de la casa sigue dormido en el sillón de orejas con un chal de lana clara en los hombros.
Y mi ventana, esta noche, sin que nadie del condado me lo pida, no tiene la luz pequeña encendida sobre la mesa baja.
La ventana está abierta. El cuarto, sin luz.
Yo, junto al cristal, mirando al norte, no me he permitido todavía decirme a mí misma la frase pequeña que llevo dieciocho meses no permitiéndome decir.
Pero el balance pequeño en el bolsillo interior de la capa dice ya, debajo de la segunda anotación:
«Ya no».
Bajo la ventana del cuarto despacio. No del todo. Una pulgada queda abierta. El aire de la noche del veinte de mayo entra por la rendija con el grado de la primera mitad del verano.
Me siento en la silla baja del escritorio.
La capa la dejo en el respaldo. El balance pequeño, dentro del bolsillo interior, contra el respaldo.
Yo, sin la capa, sin la cinta del puño derecho — que esta noche no me había puesto al cruzar el portillo —, con el moño bajo apretado un grado más suelto de lo habitual, apoyo las dos manos sobre las rodillas y dejo, por primera vez en dieciocho meses, durante los dos minutos siguientes, que la cabeza no me pida permiso para nada.