El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

A las nueve y dieciocho minutos de la noche del miércoles veinte de mayo, Hawthorn me hace llegar por mano de Pearl una nota corta a mi cuarto del primer piso de Ravenfell.

La nota dice cuatro líneas, sin sobre, en la caligrafía firme del mayordomo viejo:

«Señora Marlowe — el libro mayor de mil ochocientos doce que la administradora doméstica de la planta noble solicitó el lunes pasado para una equivalencia menor del cuarto de costura está bajado de la caja del segundo piso a la biblioteca pequeña de la planta baja, mesa larga, lado este.

Milord, esta noche, no ocupa la biblioteca.

Si la administradora doméstica considera oportuno cruzar el portillo del jardín del sur antes del cierre — diez minutos, no más — y revisar el tomo en la biblioteca para no postergar al lunes el cierre del cuarto de costura, Hawthorn la recibe en la puerta del este sin sombrero. La biblioteca está abierta. Hawthorn».

Bajo la nota.

La leo otra vez.

La cuestión menor que Hawthorn me indica es real — el lunes dieciocho, al revisar el cuarto de costura, advertí que la partida de doce libras y seis chelines del año pasado no cuadraba con el tomo del año en curso.

Hawthorn lo apuntó. Yo le pedí ver el libro mayor de mil ochocientos doce, donde la partida apareció por primera vez.

Hawthorn lo iba a bajar de la caja del segundo piso esta misma semana.

Y la frase «milord, esta noche, no ocupa la biblioteca» tampoco es ambigua.

La biblioteca pequeña, según el código pequeño de Hawthorn, suele ser el cuarto donde el señor de la casa pasa las tardes de los miércoles y los jueves desde marzo, según mi cálculo basado en la mención corta que Hawthorn me hizo en febrero al entregarme el primer inventario.

Si Hawthorn me indica que esta noche el señor no la ocupa, es porque el señor ha salido o se ha retirado al cuarto del difunto antes de tiempo.

La cabeza no me deja sostener la cuenta más de cuatro segundos. Después la dejo caer.

Salgo del cuarto a las nueve y veintiocho con la capa de paño gris medio doblada sobre el brazo izquierdo.

Bajo por la escalera de servicio del este.

Pennywick está en el zaguán pequeño con la cara impasible — Cora le habrá indicado, sin permitírselo del todo, que la administradora doméstica de la planta noble podría cruzar el portillo antes del cierre.

Pennywick no me pregunta. Me abre la puerta del jardín del sur.

Salgo.

La noche de Cumberland a las nueve y treinta del miércoles veinte de mayo no es noche del todo.

La luz del verano que se está abriendo en el norte le concede al jardín del sur una claridad pequeña que viene del oeste — la del cielo todavía sin estrellas, gris azulado, donde la última franja del sol acaba de irse detrás del extremo del valle.

El portillo del muro de piedra está sin echar el cerrojo. Lo cruzo a las nueve y treinta y dos.

Hawthorn me recibe en la puerta del este de Ashvere sin sombrero, como anuncia la nota.

—Señora Marlowe. La biblioteca está al fondo del corredor del oeste.

La puerta entornada al palmo. Le he dejado el libro mayor de mil ochocientos doce abierto por la página de la partida de doce libras y seis chelines, lado este de la mesa larga.

La cocinera Eudora le ha dejado un vaso pequeño de agua en la repisa de la chimenea.

Le dejo la casa, señora Marlowe. Greaves y yo nos retiramos a las once.

Asiento. Le hago la inclinación menor.

Hawthorn no me espera. Se retira al zaguán principal.

Cruzo el corredor del oeste.

La planta baja de Ashvere Hall, a las nueve y treinta y cinco minutos de la noche del miércoles veinte de mayo, está casi a oscuras.

Solo un quinqué pequeño en el zaguán principal — el del lado del este — sigue encendido.

La pared del corredor del oeste tiene el papel pintado de mi tío del señor de Ashvere — sin las fresas pequeñas, este es otro, de grecas oscuras sobre crema —, ya descolorido por el sol del oeste de los veintidós veranos anteriores.

Camino sin prisa.

La puerta de la biblioteca, al fondo del corredor, está entornada al palmo, como Hawthorn me lo había dicho. Por la rendija sale una luz tibia, fija. La de un quinquel que está encendido y que nadie está a punto de apagar.

Me detengo en el umbral.

Empujo la puerta con la palma izquierda, despacio, dos pulgadas más.

Y entonces la cabeza me dice, sin permitírmelo del todo, lo que ya sabía al cuarto paso de salir del cuarto.

Lord Ashvere está en la biblioteca.

Está sentado en el sillón de orejas del lado este de la mesa larga, con los hombros caídos hacia delante, la frente apoyada en el brazo derecho cruzado sobre la mesa, y la mano izquierda abierta encima del libro mayor de mil ochocientos doce, en la página de la partida de doce libras y seis chelines.

Está dormido.

La cabeza, durante los cuatro segundos siguientes, no me pide permiso para advertir nada.

La respiración es pequeña, lenta, sin ronquido.

La luz del quinquel pequeño de la mesa larga le entra al lado derecho de la cara — el del párpado inferior que llevo seis días viendo más oscuro de lo habitual.

El pelo, despeinado un grado en la coronilla.

La levita gris claro, sin el sobretodo. El chaleco abierto en el botón inferior, lo cual no le había visto al señor de la casa en cinco semanas.

Y, encima del sillón, en el respaldo, el chal de lana clara que la cocinera Eudora me había mencionado en marzo — el que mi tío del señor de Ashvere usaba para abrigarse los hombros en la biblioteca durante los inviernos del catorce, el quince y el dieciséis.

La cabeza no me pide permiso para sostener la decisión.

La sostengo en el cuarto de segundo siguiente.

Lord Ashvere no se va a despertar esta noche por mi voz. La administradora doméstica no va a salir de la biblioteca sin haber revisado la partida. Pero, antes, va a hacer tres cosas pequeñas.

Entro.

Cierro la puerta detrás de mí al palmo entornado, como estaba — no entera, no abierta.

Cruzo la biblioteca al lado este de la mesa larga sin pisar la franja del suelo que cruje cerca del rincón sureste, según un mapa pequeño que la cabeza me había memorizado al cabo de la tercera visita a la biblioteca en marzo.

Me detengo a tres pasos del sillón de orejas.

La respiración del señor de la casa, vista desde tres pasos, sigue siendo pequeña y lenta.

Cierro los dos ojos un segundo.

Los abro.

La primera cosa pequeña es el libro mayor de mil ochocientos doce.

La mano izquierda de lord Ashvere está abierta encima de la página — los cinco dedos relajados, sin agarrar nada, sin haber subrayado ninguna línea.

La pluma, descansando al lado, sin tapar.

El tintero, abierto y casi seco. Lord Ashvere se ha dormido encima del tomo, según mi cálculo, hace por lo menos hora y media.

La pluma no la mojó. La página no la pasó.

El último cálculo del señor de la casa anoche del miércoles veinte de mayo en la biblioteca pequeña de la planta baja de Ashvere Hall fue, por mi vista a la distancia desde la puerta, la partida de los doce libras y seis chelines del cuarto de costura.

Apoyo dos dedos al borde del tomo.

Los apoyo en el lado este, lejos de la mano izquierda del señor de la casa, sin tocársela.

Levanto el tomo de mil ochocientos doce, despacio, una pulgada del secante.

Lo deslizo, una pulgada al sur, sobre el secante, para que la mano izquierda del señor de la casa, sin caer al vacío, descanse en el lugar donde estaba la página.

Cierro el tomo con la otra mano.

Cierro despacio. La página de la partida de doce libras y seis chelines la marco con la cinta de tela pequeña que el tomo tiene en el lomo desde mil ochocientos doce — la cinta era de mi tío del señor de Ashvere, lo cual no sé si lord Ashvere lo sabe — para que mañana al despertarse pueda volver a la página sin perder el cálculo del cuarto de costura.

El tomo cerrado lo dejo en el extremo norte de la mesa larga, lejos de la mano.

La mano izquierda del señor de la casa queda apoyada sobre el secante. Los cinco dedos, relajados.

Eso, la cabeza me lo deja sostener cuatro segundos sin pedirme permiso.

La segunda cosa pequeña es el chal de lana clara.

La biblioteca de Ashvere, a las nueve y cuarenta y dos de la noche del miércoles veinte de mayo, no está fría.

Pero a las once, cuando Hawthorn y Greaves se retiren, el quinqué pequeño se irá quedando solo y la temperatura de la planta baja, sin la lumbre encendida — la chimenea esta noche está apagada del todo —, va a bajar dos grados.

El señor de la casa, dormido sobre el secante, con el chaleco abierto en el botón inferior, sin sobretodo, va a coger un frío del costado izquierdo que mañana al despertarse le va a doler en la nuca.

El chal de lana clara está en el respaldo del sillón de orejas.

Lo cojo con las dos manos.

Lo despliego en el aire dos veces, sin que las dos veces se oiga ningún ruido.

Lo bajo sobre los hombros del señor de la casa.

Despacio. Sin tocarle la nuca. Sin tocarle el costado.

Sin tocar nada salvo la lana clara del chal contra la levita gris claro de la espalda.

Le cubro el hombro derecho. Le cubro el hombro izquierdo.

El chal, de un palmo y medio, queda colocado como mi tío del señor de Ashvere se lo ponía a sí mismo en los inviernos del catorce.

La cabeza no me pide permiso para advertir nada.

La tercera cosa pequeña es el quinquel.