El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

La cabeza advierte que la duquesa de Wyndham va a estar todavía en Ashvere el primero de junio si Cora la convence de subir — lo cual Cora va a hacer. La mesa de la salita privada va a necesitar cinco cubiertos, no tres.

Lord Ashvere lo entiende sin que se lo explique.

—Comprendido. Le pido a la señora Halliwell que prepare cinco cubiertos.

Su excelencia mi madre, la duquesa de Wyndham, y, en mi cálculo, lady Clara Croft, mi hermana pequeña, que baja también el doce de junio, lo cual no he querido decirle a Cora antes del cinco para no anticiparle el cálculo.

Cinco cubiertos, entonces, si lady Clara está todavía en Cumberland el primero — lo cual, en mi cálculo, no estará.

La bajada de Clara y Garrett Croft es del doce al dieciocho. Cuatro cubiertos.

Asiento.

—Comprendido, milord. Cuatro cubiertos.

—Bien.

Lord Ashvere no se retira. Tampoco se acerca más.

La cabeza, durante los instantes siguientes, no nos pide permiso a ninguno de los dos para hacer ninguna cuenta.

La luz del cuarto de la señora Henshaw, a las once y cuarenta y siete del jueves catorce de mayo, entra por la ventana del norte con la firmeza del mes que se está abriendo.

La taza del té sin acabar sigue en la mesa.

Las dos hojas dobladas en cuatro, en el orden inverso al inicial — la mía abajo, la del inventario encima.

Lord Ashvere baja la mano otra vez al lado izquierdo del chaleco. Esta vez sí se abre el bolsillo interior. Saca una de las hojas dobladas en cuatro. La mira un instante. La devuelve al bolsillo. Y, sin extraerla de nuevo, me dice:

—Señora Marlowe, la administradora doméstica de la planta noble, en su tercera cuestión menor, ha calculado las fechas exactas de la bajada de la duquesa de Wyndham al condado de Cumberland sin haber recibido el calendario por escrito de mi mano.

Lo cual no es casualidad. Lo cual significa que la cocinera Beulah le ha trasladado, sin permitírselo del todo, una información que la administradora doméstica no había pedido y que la duquesa de Ravenfell no le había concedido.

Yo agradezco a la cocinera Beulah la traslación, sin permitírmelo del todo a mí mismo, y le ruego a la administradora doméstica de la planta noble que, en el cálculo de los próximos veintiséis días, considere lo siguiente.

Lord Ashvere baja la voz un grado.

—Mi madre no baja a Cumberland por la cortesía de su excelencia el duque de Ravenfell.

Mi madre baja, en parte, por mí. Y, en parte, por la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall.

La administradora doméstica no la había pedido.

Yo tampoco la había invitado. Mi madre decidió bajar por su cuenta.

Y, en mi cálculo, durante las cuatro semanas que se va a quedar — del nueve de junio al siete de julio —, mi madre va a sostener, sin permitírselo del todo, una conversación con la administradora doméstica de la planta noble que la administradora doméstica de la planta noble no ha podido prever entera.

Le pido a la administradora doméstica de la planta noble que esa conversación, cuando llegue, la sostenga sin pedirle permiso a nadie del condado.

Ni a su excelencia mi excelencia la duquesa.

Ni a su excelencia el duque. Ni a mí. Ni a la duquesa de Wyndham.

La sostenga la administradora doméstica de la planta noble sola.

La cabeza, en el segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

Asiento.

—Comprendido, milord.

Lord Ashvere baja la cabeza un grado. Se vuelve al umbral. Se detiene en él un instante. Sin volverse, sin mirarme, le dice a la pared del oeste del corredor de Ashvere:

—La cinta blanca, señora Marlowe, mañana también.

Sale.

La puerta se cierra detrás de él al palmo entornado. Oigo los pasos cruzar el corredor por el lado del este. Oigo la puerta del despacho abrirse y cerrarse a los catorce segundos.

Yo me quedo de pie junto a la mesa baja.

La cabeza, durante los dos minutos siguientes, no hace ninguna cuenta.

La cabeza me deja recoger la hoja del inventario — la del cuarto pequeño, la del carpintero de Keswick, la administrativa —, doblarla en cuatro otra vez, meterla en el bolsillo interior de la capa.

La otra hoja, la mía, ya no está en la mesa baja.

Lord Ashvere se la ha llevado al bolsillo izquierdo del chaleco.

Bebo el resto del té. Está frío. Lo dejo en el platillo.

Salgo del cuarto. Cruzo el corredor del oeste — la puerta del despacho está cerrada del todo, como entré. Bajo por la escalera principal. Hawthorn me recibe en el zaguán con la cara impasible y, sin que se lo haya pedido, me entrega el sombrero del jardín del sur — el que dejé al entrar.

—Señora Marlowe, la cocinera Eudora le ha apartado, en una cesta menor, dos rebanadas del queso del valle de los Bell para la lady Pippa. La cocinera Beulah lo recibirá del cesto del correo del mediodía.

Asiento. Le hago la inclinación menor de despedida.

Salgo al patio del este. Cruzo el patio. Salgo por la puerta del jardín del sur. Cruzo el portillo del muro de piedra a las doce y cinco minutos.

El jardín del sur de Ravenfell, esta mañana del jueves catorce de mayo, está claro y firme. La luz blanca del norte entra por encima del muro y le marca al sendero las dos sombras pequeñas de los fresnos del extremo este.

Subo por la escalera principal de Ravenfell al cuarto.

Cierro la puerta con llave.

Me apoyo en ella un instante.

La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para hacer la cuenta. La cuenta de las trescientas libras de Bath. La cifra de salida. La cifra que llevo dieciocho meses sin permitirme corregir.

Trescientas libras.

Bajo al cajón del doble fondo del escritorio. Lo abro. Saco la libreta de cuentas. No la había abierto en seis semanas. La abro por la última página.

La cifra escrita al lápiz fino del seis de marzo, en mi caligrafía pequeña, dice: «trescientas libras. Bath. Llegar antes de cumplir cuarenta. Calcular en mil ochocientos veintiséis».

Cojo el lápiz.

No corrijo la cifra. No la tacho. No le escribo encima. Al lado, sin permitírmelo del todo, escribo una segunda línea, con la pluma un grado menos firme:

«O quizá ya no».

Bajo el lápiz.

Cierro la libreta de cuentas. La devuelvo al cajón del doble fondo. Cierro el cajón. Apoyo la palma izquierda encima de la madera durante los segundos siguientes.

La cabeza, esta vez, no me lo deja sostener más de dos. Pero la palma sí.