CAPÍTULO 29
La cinta blanca del puño derecho de la manga me la pongo a las once menos veinte minutos.
No es la cinta del oficio. Las cintas del oficio son las verdes, las azules claras, las grises malva, las lavanda, las ocre del condado del valle — las que llevo aprendiendo a llevar desde marzo según un código que la cabeza no me ha pedido permiso para mantener.
La cinta blanca es otra. Es de seda nueva — la de la mercería pequeña de Keswick donde Eliza Halliwell me mandó comprar muselina para mi camisón de invierno en febrero pasado, sin que la posadera me cobrara más que dos chelines por la pieza pequeña.
La cinta la guardé entonces sin saber para qué.
Hoy, sin permitírselo a la cabeza, me la he puesto.
El motivo público — para Pearl, que me la ha visto al subir el desayuno — es que voy a cruzar a Ashvere a las once y media a entregar una segunda hoja del inventario del cuarto pequeño del corredor norte que Hawthorn me solicitó por la noche al cierre.
La segunda hoja contiene una corrección al cálculo del cajón izquierdo del armario menor: el carpintero de Keswick, según la nota que Pennywick me trasladó esta mañana, no ha podido empezar la reparación hasta el quince, no el doce, lo cual atrasa el cierre del cuarto pequeño en tres días.
Pearl no me ha preguntado por la cinta. Pearl no me ha preguntado por nada esta mañana.
Salgo al patio del este de Ravenfell a las once y veintiocho.
Cruzo el portillo del jardín del sur a las once y treinta y dos.
Lo cual no es un horario de los lunes-miércoles-viernes.
Lo cual significa, para los criados de Ashvere y para los criados de Ravenfell y para los granjeros del valle que crucen el camino del este en la mañana del jueves catorce de mayo, que la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall ha cruzado el portillo a una hora que el calendario doméstico de cinco semanas no contempla.
Hawthorn me recibe en el zaguán principal sin el sombrero del señor en la mano.
Eso lo entiendo al cuarto paso: lord Ashvere está, pero no en el comedor pequeño ni en el patio. Lord Ashvere está en el primer piso. El sombrero del señor, sin embargo, está colgado del perchero del zaguán — eso significa que el señor no se ha vestido para salir esta mañana. El señor está en casa.
—Señora Marlowe, buen día. Milord recibe a la señora en el cuarto de la señora Henshaw, a las once y cuarenta en punto. La administradora doméstica puede subir al primer piso por el lado del oeste, como los lunes. La cocinera Eudora le tiene preparada la jarra del agua y el té de la mañana.
Asiento. Subo por la escalera principal.
La cabeza, durante los siete escalones del primer tramo, no me pide permiso para advertir una cosa pequeña que no había advertido el lunes once: el papel pintado del corredor norte — las fresas pequeñas sobre fondo crema —, en esta mañana del jueves catorce, sigue exactamente igual.
Cuatro descoloridos en los sitios habituales, ninguno nuevo.
Lo cual es la observación de las administradoras doméstica que cruzan los corredores del primer piso de las casas vecinas más veces que las propias señoras de las casas.
Cruzo el corredor del oeste.
La puerta del despacho de lord Ashvere, esta mañana, está cerrada del todo.
Sigo hasta el cuarto de la señora Henshaw. Entro. Mary me ha preparado, en efecto, una jarra de agua tibia, una taza con el segundo té — terrón de azúcar oscuro disuelto al fondo, crema entera por encima —, y dos rebanadas de pan tostado por si la mañana se hacía larga.
Bebo dos sorbos del té. Está caliente.
Saco del bolsillo interior de la capa la segunda hoja del inventario revisado. Está doblada en cuatro, sin sobre. La pongo encima de la mesa baja. Encima de la hoja, una segunda hoja, también doblada en cuatro, también sin sobre, también sin firma.
La segunda hoja es la que llevo desde anoche.
La escribí ayer por la noche, a las nueve y veintidós, en la silla baja del escritorio bajo la ventana del cuarto del primer piso de Ravenfell que da al jardín del sur.
La escribí sin permitírmelo del todo, después de la tercera noche en la que la luz pequeña encendida más allá de las once y dieciocho no se me había permitido por la cuenta del cuerpo.
La escribí en tres frases, sin sangría, en el centro de la hoja:
«Lord Ashvere — la cortina interior de muselina del cuarto del difunto, según el cálculo de Hawthorn que la cocinera Eudora me trasladó esta mañana por boca de Beulah, se cose hoy jueves catorce. Le agradezco. La cinta blanca del puño derecho de la manga, hoy, no es del oficio. Sin firma».
Cuatro frases, no tres. La cuarta me salió sin permitírmelo. La cuarta es la firma sin firma.
La hoja la doblé en cuatro a las nueve y treinta y uno. La guardé en el cajón del doble fondo desde anoche hasta esta mañana a las once menos veinte. La saqué al ponerme la cinta blanca. Las dos cosas — la cinta y la hoja — son del mismo cálculo.
Y, esta mañana, las dos suben juntas a Ashvere por la escalera principal.
A las once y cuarenta en punto, llaman a la puerta del cuarto dos golpes.
—Adelante.
Entra lord Ashvere.
La cara, esta mañana, no es la de los lunes habituales.
Tampoco es la del miércoles veintidós. Es la cara del señor de la casa que ha pasado tres noches en el cuarto del difunto sin dormir bien.
La piel del párpado inferior, más oscura.
La barba, recortada esta mañana por Greaves un grado por debajo de lo habitual — la del señor del condado que ha pedido la rasuradora antes del segundo café.
Y la mirada, durante el primer segundo en que cruza el umbral y la cierra detrás, se me posa en el puño derecho de la manga.
La cinta blanca de seda nueva.
La sostengo de pie, no sentada. La sostengo sin bajar la cabeza.
Lord Ashvere baja la mirada del puño derecho a la mesa baja.
Las dos hojas dobladas en cuatro están en el orden que las puse: la del inventario abajo, la mía encima.
Lord Ashvere no me pregunta cuál es cuál.
La cabeza, durante el cuarto de segundo posterior, no me pide permiso para advertir que lord Ashvere ya lo sabe.
—Señora Marlowe, le agradezco la segunda hoja del inventario. Hawthorn me la sube esta tarde.
—El carpintero de Keswick, milord, el quince, no el doce. Atraso de tres días. La cocinera Eudora le añadirá la nota corta al margen.
—Comprendido.
Lord Ashvere se acerca a la mesa baja. Coge la primera hoja — la mía, la de encima. La abre despacio. La lee.
Sus ojos no se mueven más allá de la cuarta frase.
La dobla otra vez en cuatro. La sostiene un instante en la mano izquierda.
—Señora Marlowe, ¿me permite la administradora doméstica de la planta noble una contestación verbal?
Asiento medio grado.
Lord Ashvere apoya la hoja en la mesa baja. No la deja del todo — la sostiene con la palma encima, sin doblarla, sin alejarla.
—La cortina interior de muselina se cose hoy.
Mary y Beth la coserán esta tarde. Hawthorn la pondrá a la puesta del sol.
Por las noches, a partir de hoy, la administradora doméstica de la planta noble no necesita sostener la luz pequeña más allá del cierre.
Y, la cinta blanca del puño derecho de la manga, hoy y los jueves siguientes, la administradora doméstica de la planta noble puede llevarla o no llevarla, según le parezca.
La administradora doméstica de la planta noble, en mi cálculo, ya no la pone por el oficio.
La pone — y aquí me permito repetirle la frase con la que la administradora doméstica cerró el saloncito amarillo el viernes diecisiete de abril — por otra cosa.
Sostengo la mirada.
La cabeza, durante los segundos siguientes, no me pide permiso para sostener nada. Lo único que la cabeza me deja hacer es asentir medio grado. Lo cual hago.
—Milord, le agradezco.
—Señora Marlowe, no hay de qué.
Lord Ashvere retira la palma de la hoja.
La hoja queda en la mesa baja, doblada en cuatro, sin firma.
Lord Ashvere baja la mano al lado izquierdo del chaleco.
Lo cual es un gesto que no le había visto.
Se aprieta dos dedos contra el bolsillo interior por encima de la levita gris claro, no la abre.
Solo se aprieta los dos dedos durante un instante.
Entiendo el gesto sin que me lo expliquen.
Lord Ashvere, sin abrirse el chaleco, sin sacar las hojas, sin mostrármelas, me acaba de confirmar que las cinco las guarda en el mismo sitio.
Bajo la cabeza.
—Milord, una segunda cuestión, si me lo permite.
—Adelante.
—La duquesa de Wyndham de Wyndham baja a Cumberland el ocho de junio, según las cuentas pequeñas que Beulah ha compartido con la cocinera Eudora, y según las cocineras del condado, su excelencia su madre cenará la primera noche en Ravenfell con un cordero entero del valle de los Bell.
La cocinera Beulah me lo confirmó ayer. Mi excelencia la duquesa de Ravenfell no me lo ha mencionado todavía.
Le pido al señor permiso para no mencionárselo a mi excelencia la duquesa hasta que mi excelencia la duquesa me lo mencione a mí.
Lord Ashvere asiente medio grado.
—Concedido.
—Y, una tercera cuestión menor, milord, antes de retirarme.
La señora Halliwell del Cisne Blanco me confirmó por escrito la mesa de la salita privada para el primero de junio a las dos de la tarde, después de la bendición del nuevo órgano de Keswick.
Le había reservado tres cubiertos: su excelencia la duquesa, la lady Pippa, la institutriz.
Si el señor de Ashvere considera conveniente acompañar a su excelencia su madre, la duquesa de Wyndham, a la bendición — si su excelencia su madre, una vez bajada el ocho de junio, no ha vuelto a Mayfair antes del primero de julio — le agradecería que la señora Halliwell me corrija el número de cubiertos antes del veintiocho de mayo.