CAPÍTULO 28 #2
Mi hermana pequeña tiene veintidós años y una sola pregunta personal que pueda hacerme.
La pregunta no es de mi madre. Lo cual significa que la pregunta es la que la nota verjurada fina del sábado dieciocho de abril — la que la administradora doméstica de la planta noble quemó las tres hojas y se quedó con la primera, sin que yo lo supiera entonces, según Hawthorn me lo confirmó hace tres semanas en una franqueza menor en el corredor del oeste — me iba a hacer, sin permitírselo del todo, a través de Clara, si Clara hubiera decidido por su cuenta escribirme una segunda nota personal.
Clara no escribió la segunda nota. Pero Clara, en lugar de la segunda nota, baja a Cumberland el doce de junio con mi madre, y la pregunta personal de Clara me la va a hacer en el saloncito amarillo de Ravenfell o en el comedor pequeño de Ashvere o en el sendero de Portinscale, de pie o sentada, sin firma.
La cabeza no me pide permiso para anticipar la pregunta.
La pregunta, ya la sé.
Y la respuesta — la respuesta que Clara, sin permitírselo del todo, ya conoce desde la nota verjurada fina del dieciocho de abril, según la frase «si me lo permite, queme esta carta cuando la lea» que la administradora doméstica de la planta noble no cumplió del todo — no va a cambiar entre hoy jueves catorce de mayo y el doce de junio.
Doblo la carta. La sello en el cajón izquierdo. Me dispongo a contestarle a Croft en cuatro líneas.
Y entonces, a las once y nueve, Hawthorn golpea otra vez la puerta del despacho. Dos golpes.
—Adelante.
La cara del mayordomo viejo, esta segunda vez en una hora, sostiene una franqueza pequeña que me retiene en la silla.
—Milord. Su excelencia el duque de Ravenfell solicita una palabra de cinco minutos en el zaguán principal. No ha bajado del caballo. Tobías le sostiene el caballo en el patio del este.
Levanto las cejas.
—¿Brennan?
—Sí, milord.
Bajo la pluma.
—Concedido. Que pase al zaguán. Bajo en seguida.
Hawthorn se retira. Yo me levanto del despacho. Bajo por la escalera principal sin abrigo, sin sombrero — la cortesía no lo pide en una palabra de cinco minutos en el zaguán.
Brennan está de pie cerca de la puerta principal.
No se ha quitado el sombrero. Lleva la fusta corta en la mano derecha.
La cara, esta mañana del jueves catorce de mayo, está más tranquila que la del lunes cuatro en el sendero del este — el cansancio que tenía no le pesa esta mañana.
Pero la frase me la va a soltar de pie, no en el saloncito.
Brennan me hace media inclinación de cinco grados. Le devuelvo media inclinación.
—Cinco minutos, Ashvere. Una sola cuestión.
Tregarven me escribió una segunda nota anoche.
La nota no me la dirigió a mí — me la dirigió al rector Holcomb.
El rector Holcomb subió a mi despacho a primera hora con la nota.
Tregarven le pide al rector Holcomb que, en la bendición del nuevo órgano del primero de junio, en la iglesia de Keswick, en presencia de las parroquias del valle, el rector mencione, sin permitirse el detalle, que el muro bajo del prado del este de los Bell ha sido restaurado por el señor de Ashvere a costa entera, sin la mitad del primo segundo lejano de los Tregarven, lo cual el primo segundo lejano de los Tregarven considera una caridad cristiana mal entendida y le solicita al rector Holcomb la corrección pública por la vía de la mención discreta.
Brennan se permite la sonrisa pequeña de un solo lado.
—El rector Holcomb me preguntó qué hacer. Le dije que no haga nada. Que no mencione nada en la bendición del nuevo órgano. Que olvide la nota. El rector Holcomb aceptó.
Asiento.
—Brennan, le agradezco.
—Ashvere, no hay de qué. Tregarven, en mi cálculo, está intentando, sin permitírselo del todo, no quedar como el primo segundo lejano que rechazó la mitad del muro. Es asunto suyo. No es del condado del norte. Y, sobre todo, no es de la bendición del nuevo órgano.
—Comprendido.
Brennan asiente. Recoge la fusta corta. Sale al patio del este. Tobías le devuelve el caballo. Brennan monta. Se va por el camino del sur.
Hawthorn cierra la puerta principal.
Yo me quedo en el zaguán un instante.
La cabeza advierte que Brennan ha subido a Ashvere a primera hora — sin pedir audiencia formal, sin abrigo, en la fusta corta — para evitarle al señor de la casa vecina la humillación de enterarse por boca del rector, en la bendición del primero de junio, de la maniobra de Tregarven.
Brennan le acaba de hacer al señor de Ashvere la cortesía pequeña que un duque del condado vecino le tiene que hacer en circunstancias menores.
Subo al despacho otra vez. Bajo la pluma a la respuesta a Croft.
Le contesto en cuatro líneas: la bajada del doce de junio aceptada, la pregunta personal de Clara escuchada por adelantado, la cama del cuarto del huésped principal disponible para Clara la primera noche, y para Croft un cottage del valle de los Bell que Walter Ashen me ofreció en marzo y que aprovecharemos al fin esta vez.
Sello la carta. La dejo en la bandeja de salida.
A las once y treinta y dos, la pluma todavía mojada, oigo el portillo del muro abrirse.
Hoy es jueves.
La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall no cruza el portillo del jardín del sur los jueves. Los lunes, los miércoles, los viernes — esos tres. Los jueves no.
Y, sin embargo, oigo los seis pasos.
Me levanto del despacho. Cruzo al corredor del oeste.
Me asomo a la ventana del rellano que da al patio del este.
La administradora doméstica de la planta noble cruza el patio al paso medio de las administradoras doméstica del condado que han decidido, sin permitírselo del todo, presentarse en la casa del patrón doméstico a una hora que no estaba en el calendario.
Lleva el inventario revisado del cuarto pequeño en la mano izquierda. Cubierto por encima con una hoja menor.
Bajo del rellano.
La cabeza no me deja sostener la siguiente cuenta. Llamo a Hawthorn. Aparece en el umbral.
—La señora Marlowe ha cruzado el portillo a las once y treinta y dos. Recíbela. Sin sombrero del señor de la casa. Súbela al cuarto de la señora Henshaw. La voy a recibir en el cuarto de la señora Henshaw a las once y cuarenta en punto, no antes.
Hawthorn no me pide explicaciones.
—Como milord disponga.
Se retira.
Yo subo al cuarto del difunto. Recojo el sobretodo del respaldo del sillón de orejas que mira a la ventana del medio.
Me lo pongo. Compruebo el chaleco — las cinco notas del bolsillo izquierdo, intactas, y la flor seca.
Bajo por la escalera principal al primer piso.
Cruzo el corredor del oeste hasta el cuarto de la señora Henshaw.
La puerta está entornada al palmo.
Golpeo dos veces.
—Adelante.
La voz, esta vez, no es del primer lunes. Tampoco es del veinte de abril. Es la del veintinueve, la del corredor con la cinta ocre — la voz baja, neutra, sin la frase de cortesía.
Entro.
La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall está de pie, no sentada, junto a la mesa baja.
La cinta del puño derecho, hoy, es de un blanco que no había visto antes — no la muselina, no el lino.
Algo más fino. Como una cinta de seda nueva.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para advertir que la cinta blanca del puño derecho de la manga, esta mañana del jueves catorce de mayo, no es del oficio.
Es de otra cosa.