El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Las tres noches en el cuarto del difunto no las he dormido como duerme un hombre.

Hawthorn lo sabe. La cocinera Eudora lo sabe.

Greaves, mi ayuda de cámara, lo sabe — Greaves me ha vestido los tres días por la mañana sin pedirme la rasuradora antes del segundo café, lo cual es la cortesía pequeña de los ayudas viejos que han advertido que el señor de la casa lleva tres noches con el pulso menos firme de lo habitual.

La cama de roble oscuro del cuarto del difunto, según el cálculo del libro mayor del año pasado, es la misma que mi tío usó desde mil ochocientos siete.

La almohada es nueva. El colchón, también.

Lo que pesa, sin embargo, no es la cama. Es la ventana.

La ventana del medio del cuarto del difunto da al norte.

A doscientos veinte pasos del condado, a la ventana del cuarto de la administradora doméstica de la planta noble.

La administradora doméstica no me lo ha pedido.

No me lo ha autorizado. Y, sin embargo, decidí el lunes once moverme al cuarto del difunto y dormir, durante el resto de mi estancia en Cumberland, en una cama desde cuya ventana, si no se cierra entera la cortina blanca, se ve la ventana del primer piso del condado vecino donde la administradora doméstica cierra la luz a las once y dieciocho minutos.

Eso, ya lo había decidido en marzo.

Lo que no había decidido en marzo, y se me ha vuelto incómodo en estas tres noches, es lo siguiente.

La administradora doméstica, desde la noche del lunes once, sabe que el cuarto del difunto lo ocupo yo.

Y la administradora doméstica, en mil ochocientos dieciocho, en Ravenfell House, en el cuarto del primer piso que da al jardín del sur — el de la ventana que da al norte, a la ventana del medio del cuarto del difunto, a la cama de roble oscuro del señor de la casa vecina —, no se ha desnudado las tres noches.

Eso lo cabe deducir.

Lo deduzco al cabo del tercer minuto de la segunda noche, cuando me acerco al cristal y advierto que la ventana del primer piso de Ravenfell, esta noche, sigue con luz más allá de las once y media.

Más allá de la medianoche. La administradora doméstica no se ha permitido desnudarse delante del cristal.

Cierro la cortina blanca.

La cierro entera. Al cuarto siguiente, abro la cortina otra vez una pulgada — para que la administradora doméstica del cuarto vecino vea, sin que yo se lo diga, que la cortina del cuarto del difunto se ha cerrado y se ha abierto de mi lado, y entienda, sin que se lo explique, que el señor de la casa vecina le ha concedido a la administradora doméstica de la planta noble el cuarto privado para desnudarse a la hora habitual.

La luz del cuarto vecino, en Ravenfell, se va a los catorce minutos.

Eso, la segunda noche.

La tercera noche — la del miércoles trece de mayo —, la luz pequeña se va a las once y veinticuatro. Seis minutos más tarde que el lunes.

Y, en mi cama, durante los catorce minutos en que la luz del cuarto vecino se queda, advierto, sin permitírmelo del todo, que el peso de las tres noches no es el de un hombre del condado que ha trasladado el cuerpo del cuarto del huésped principal al cuarto del difunto sin pedirle permiso a una mujer del condado de la casa vecina, sino el de otra cosa.

La otra cosa es que mi madre, la duquesa de Wyndham, baja a Cumberland el ocho de junio, dentro de veintiséis días.

Y la administradora doméstica de la planta noble, según el cálculo de Brennan en el sendero del este del lunes cuatro, no sabe que mi madre baja con el cordero entero del valle de los Bell para Ravenfell.

Lo va a saber por Beulah, por Pearl, por Pennywick en algún momento entre el once y el quince de mayo. Pero no lo sabe todavía. La cuenta más grande, la del ocho de junio, le falta.

Por la mañana, a las nueve, Hawthorn me sube el primer café al cuarto del difunto.

Lo cual, en estos sesenta y nueve días, no le había pedido.

El café del primer piso lo tomo en el comedor pequeño de la planta baja a las nueve y dieciocho.

Pero esta mañana del jueves catorce de mayo, sin que yo se lo pida, Hawthorn me lo sube al cuarto del difunto.

La cara impasible esta mañana sostiene una franqueza menor, no mayor.

La arruga de la frente, ahí, sin moverse.

Deja la bandeja en la mesa baja del cuarto. El café fuerte, el pan negro, dos rebanadas del queso fuerte del valle de los Bell, una nota pequeña doblada en cuatro, sin sobre, sin firma, al lado del platillo.

Hawthorn no me la entrega del lado izquierdo. Tampoco del derecho. La deja donde está. Lo cual significa, en el código pequeño que llevo trece semanas aprendiendo, que la nota no es del señor de la casa vecina ni del condado externo. Es de él.

—Milord, me he tomado la libertad. La nota es mía. No le pido al señor que la lea ahora. La lee el señor cuando le parezca.

—Comprendido, Hawthorn.

Hawthorn se retira.

Tomo el café fuerte despacio. La mañana de Cumberland, al norte, está alta y plana — la luz del condado que llega al primer piso por la ventana abierta del medio del cuarto del difunto, esta mañana, le entra al cuarto con el grado del jueves de la segunda semana de mayo, no el de los lunes anteriores.

La nota la abro al cabo del segundo café.

Una sola hoja pequeña, en la caligrafía firme del mayordomo viejo.

«Milord — perdone la libertad. Las tres noches del cuarto del difunto las he advertido al subirle el agua tibia por la mañana.

Greaves no me ha dicho nada, lo cual es la cortesía del ayuda de cámara que ha aprendido del mayordomo viejo lo que se calla.

Pero, milord, le ruego que considere lo siguiente».

«La cortina blanca del cuarto del huésped principal, la que ahora cuelga en la ventana del medio del cuarto del difunto, tiene en el dobladillo inferior, según un detalle que la cocinera Eudora me indicó anoche, una mancha pequeña de cera de mil ochocientos catorce que la cocinera Eudora no se atrevió a tocar entonces.

La mancha es color granate. La cortina, vista del lado del jardín del sur de Ravenfell House desde la ventana de un cuarto del primer piso vecino, no muestra la mancha.

La cortina, vista del lado del cuarto del difunto, sí.

Si milord retira la cortina — o si milord la cierra entera, o si milord la sustituye en algún momento del verano — Mary y Beth pueden hacerlo en una jornada.

Si milord la conserva, la cocinera Eudora propone una segunda cortina de muselina interior, de doblez sencillo, que daría a la habitación del difunto un grado más de luz tamizada por las mañanas y, por las noches, el espesor exacto que la administradora doméstica de la planta noble de Ravenfell — sí, milord, lo digo así, sin permitírmelo del todo — utiliza, según mi observación de las tres mañanas anteriores al ver pasar a la administradora doméstica al inventario del cuarto pequeño, para no exponer la cama del cuarto vecino sin pedirle permiso al señor de la casa vecina. Hawthorn».

Bajo la nota.

La leo otra vez.

Hawthorn me acaba de decir, sin permitírselo del todo, que la circunstancia exige la única cortesía pequeña que el señor de la casa vecina, al cabo de tres noches, no ha hecho: mandar a Mary y a Beth a coser una segunda cortina interior de muselina sencilla.

La cuenta es exacta.

Bajo la nota a la mesa baja. La doblo en cuatro otra vez. La meto en el bolsillo interior del chaleco, al lado izquierdo. Junto a las cuatro notas y la flor seca.

Cinco notas. Una flor.

Llamo a Hawthorn. Aparece en el umbral en el segundo número cuatro.

—Hawthorn. Concedido. Mary y Beth, la cortina interior de muselina, en una jornada.

Hoy mejor que mañana. Que la cocinera Eudora elija el grado de doblez.

Y, una cosa más. La cortina blanca, la del dobladillo con la mancha de cera del catorce — déjela donde está.

No la retire. La mancha es parte del cuarto del difunto, no del cuarto del huésped principal.

Mi tío del señor de Ashvere tenía sus cosas en esa cortina, y el cuarto del difunto las conserva.

Hawthorn asiente medio grado.

—Como milord disponga.

Se retira.

La segunda cortina interior estará puesta al cabo del cierre.

Mary y Beth la coserán esta tarde en el cuarto de costura de Ashvere — Maud les habrá preparado la muselina del armario menor desde el sábado pasado, sin pedírnoslo a nadie.

Y, esta noche, la administradora doméstica del primer piso de Ravenfell House va a cerrar la luz a las once y dieciocho minutos por primera vez en cuatro noches.

Eso, la cabeza me lo deja sostener.

Bajo del cuarto del difunto al despacho a las once menos cinco.

Hawthorn me sube la correspondencia de la mañana a las once en punto.

Tres cartas y una nota. Las dos primeras, asuntos de la mina.

La tercera, una carta de Croft de Hertfordshire — corta, en cuatro frases —, que abro la primera porque Croft no me escribe en mayo a no ser que Clara le haya pedido escribirme.

«Wyndham — Clara baja a Ashvere el día doce de junio con tu madre.

Cinco días, no más. Volvemos a Hertfordshire el dieciocho.

Yo voy con ella. No traemos doncella, no traemos ayuda de cámara, lo cual a Clara le parece bien y a mí me parece menos bien pero ella ha decidido por su cuenta.

Eso te lo aviso, primer aviso. Segundo aviso: tu hermana pequeña tiene una pregunta personal que hacerte de la que mi mujer no me ha permitido leer ni el borrador.

Lo cual significa que la pregunta es de ella, no de tu madre. — Garrett Croft».

Bajo la carta.