El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 27 #2
59%

CAPÍTULO 27 #2

La mano izquierda, sin pedirle permiso a la cabeza, ha apoyado la palma en el marco abierto del cuarto del difunto al pasar.

Lo cual no es un gesto del oficio.

Es un gesto.

Pasan dos segundos.

Después la mano se aparta del marco. Sigo por el corredor norte. Cruzo por delante de la puerta cerrada del despacho. Bajo por la escalera principal.

Hawthorn me espera en el zaguán. Le entrego las cuatro hojas del inventario.

—Hawthorn. Cuatro equivalencias al margen.

La jofaina pequeña con rajadura — diez chelines del cantero del valle.

El cajón izquierdo del armario que no cierra — el carpintero de Keswick, doce chelines.

Las cortinas de muselina, no son las del año pasado — el libro mayor anterior las tenía blancas, las actuales son crema, lo cual no es problema.

El quinquel de bronce sin mecha nueva — la cocinera Eudora ya lo había indicado en febrero.

—Comprendido, señora Marlowe. Le subo las cuatro equivalencias a milord en la respuesta de la tarde.

Asiento. Le hago la inclinación menor de despedida.

Salgo al patio del este por la puerta de servicio. Cruzo el patio. Salgo por la puerta del jardín del sur. Cruzo el portillo del muro de piedra a las doce y veintiuno minutos.

El jardín del sur de Ravenfell, esta mañana del segundo lunes de mayo, ya tiene el verdor firme del primer mes que no es invierno. La cabeza, durante los cuarenta pasos del jardín al zaguán principal de Ravenfell, no me pide permiso para hacer la cuenta.

Doscientos veinte pasos del condado.

Tres ventanas al norte.

Una de ellas, la del medio, con un sillón de orejas vuelto hacia el cristal.

Y la ventana de mi cuarto, exactamente enfrente, a la altura de la planta noble, sin obstrucción de árbol o muro entre las dos.

Cruzo el zaguán a las doce y veinticinco.

Pennywick me recibe con la cara impasible y, en la mano izquierda, una nota pequeña doblada en dos.

—Señora Marlowe. La señora Halliwell del Cisne Blanco le ha contestado al sello pequeño de su excelencia. La mesa de la salita privada le queda reservada para el primero de junio a las dos. Suya.

Recibo la nota. La meto en el bolsillo de la capa, junto al inventario. Le agradezco a Pennywick con la inclinación pequeña.

Subo por la escalera principal al cuarto.

Cierro la puerta con llave.

Me apoyo en ella un instante.

La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para hacer la única cuenta que llevo seis semanas sin permitirme hacer.

La cuenta es: treinta y dos libras y catorce chelines en el cajón del doble fondo.

Asignación adicional de Ashvere, veinte libras al año desde el primer lunes de abril — cinco semanas y media de la nueva asignación, dos libras y once chelines más, lo cual lo recibiré como pago en una sola entrega el primer lunes de julio según el acuerdo firmado con Hawthorn.

La asignación principal de Ravenfell, sesenta libras al año, la cobro trimestralmente — la del trimestre que acaba el quince de junio son quince libras y son ya un cuarto mío.

Cifra de salida hacia Bath: trescientas libras.

A la salida del trimestre actual, tengo cincuenta libras. Sin la asignación adicional de Ashvere, en quince años llegaba a Bath con cincuenta y cinco años. Con la asignación adicional, en siete años y dos meses, llego a Bath con treinta y siete años y diez meses.

La cabeza me deja sostenerlo cuatro segundos. No más.

Después la dejo caer.

Me siento en la silla baja del escritorio.

La luz del jardín del sur, a las doce y treinta y cuatro minutos, entra por la ventana del cuarto con el lado oblicuo del oeste.

La luz me da en la mano derecha apoyada encima del cuaderno cerrado del libro mayor del año en curso.

La cinta del puño derecho, hoy, no me la he puesto.

Los lunes desde el primero de mayo, sin cinta — eso lo he decidido yo sola, sin permitírmelo del todo, la mañana del viernes en que la duquesa me tendió el jerez.

La cabeza me devuelve una sola cosa pequeña, sin que se la haya pedido.

Un palmo de tela de muselina blanca encima del sillón de orejas vuelto hacia la ventana del medio del cuarto del difunto.

Tela blanca, no del color de las cortinas crema que el inventario del año pasado tenía marcadas como blancas.

Hawthorn las ha cambiado el viernes pasado.

Las ha trasladado del cuarto del huésped principal — el del señor desde febrero — al del difunto.

El señor de Ashvere, esta noche, va a dormir en el cuarto del difunto con las cortinas vueltas hacia el norte. Hacia mi ventana.

La cabeza no me deja sostenerlo más de tres segundos.

Me levanto de la silla. Saco el inventario revisado del bolsillo de la capa. Lo dejo encima del escritorio. Pongo el sello pequeño al margen — el de su excelencia, no el mío. Y, después, sin pedirle permiso a la cabeza, me acerco a la ventana del cuarto.

Miro al norte.

El muro de piedra del jardín del sur — el del portillo. El jardín del sur de Ashvere — el de los dos primeros fresnos. La fachada norte de Ashvere Hall, a doscientos veinte pasos del condado. Y, en la primera planta noble de Ashvere, la ventana del medio del cuarto del difunto señor.

La ventana, esta mañana, está abierta.

La cortina blanca, sin doblar, sin recoger por dentro, sin el lazo de seda del cuarto del huésped principal que la sostenía contra el marco, le cuelga ligeramente al lado del cristal hacia el exterior.

Lo cual no es la postura normal de una cortina del cuarto del huésped principal de un señor del condado en el primer piso de Ashvere Hall.

Es la postura de una cortina que alguien — Hawthorn, sin permitírselo del todo, o el señor de la casa antes de salir a Penshaw esta mañana a las nueve — ha dejado al lado del cristal a propósito, durante el cuarto de hora en que la administradora doméstica de la planta noble cruzaba el corredor norte de Ashvere para llegar al cuarto pequeño de Phipps.

Para que la administradora doméstica de la planta noble, al volver a Ravenfell, al asomarse a la ventana de su cuarto, advirtiera la diferencia.

La cabeza, durante los instantes siguientes, no me pide permiso para sostener nada.

Solo lo sostiene.

Después me aparto de la ventana.

Bajo la mano izquierda al cajón del doble fondo. No lo abro. No lo cierro tampoco — está ya cerrado. Apoyo la palma encima de la madera durante los segundos siguientes.

Treinta y dos libras y catorce chelines.