CAPÍTULO 27
Las once de la mañana del segundo lunes de mayo, y el inventario del cuarto pequeño del corredor norte de Ashvere lo llevo doblado en cuatro hojas en el bolsillo interior de la capa.
Hawthorn lo sabe. Hawthorn no me ha preguntado por qué le pedí a Pennywick subirlo yo en lugar de bajárselo a él, lo cual el viernes pasado fue el primer cambio de protocolo doméstico que pedí en cinco semanas.
Pennywick me lo concedió sin pedir aclaración.
Cora — y esto no me lo ha confirmado nadie del condado, pero la cabeza me lo ha dado por hecho desde el sábado — autorizó la cesión por la cocina sin permitirse comentar.
Cruzo el portillo del jardín del sur a las once y cinco.
Las cinco horas de adelanto sobre el horario habitual de los lunes — las dos en punto — Cora me las ha justificado, ante Pennywick y ante la cocinera Beulah, con la presencia inminente de la doncella Phipps en Ashvere.
Phipps llega de Mayfair el viernes siete de junio para preparar la planta noble antes de la bajada de la duquesa de Wyndham el martes nueve.
Lo cual significa que el cuarto pequeño del corredor norte de Ashvere — donde Phipps se alojará — debe quedar revisado por la administradora doméstica de la planta noble antes de la primera semana del mes, según la cortesía pequeña que las administradoras doméstica del condado le ofrecen a las doncellas mayores de Mayfair cuando bajan a una casa que no conocen.
Esa es la razón pública.
La razón privada, que la cabeza no me ha pedido permiso para sostener desde el viernes, es otra.
La razón privada es que la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall lleva nueve días sabiendo, por una vía pequeña que Hawthorn le confirmó a Pearl el sábado pasado al pasar por la cocina del semisótano de Ravenfell, que el cuarto del difunto señor — el que da al norte, al jardín del sur de Ravenfell House, el que mi tío del señor de Ashvere ocupó hasta mil ochocientos diecisiete — se reabre hoy, segundo lunes de mayo, según una indicación que el señor de la casa dio a Hawthorn en marzo.
Hawthorn me recibe en el zaguán principal sin el sombrero del señor en la mano.
Lord Ashvere ha salido. Eso me lo lee la cabeza al cuarto paso del corredor de la planta noble, como la primera vez.
Lo cual no es casualidad — Cora habrá calculado la ausencia del señor con la cocinera Eudora el viernes por la noche, y el señor de la casa habrá decidido, sin permitírselo del todo, salir a la mina de Penshaw a las nueve de la mañana de hoy.
—Señora Marlowe.
—Hawthorn. Buen día.
El mayordomo viejo me hace la inclinación menor. La cara, esta mañana, sostiene una franqueza pequeña que llevo nueve días viéndole en los cruces de los lunes y los miércoles.
—El cuarto pequeño del corredor norte está abierto desde las nueve.
Mary y Beth lo limpiaron el sábado. Pearl de Ashvere subió la jarra de agua tibia, el lavabo nuevo y dos toallas de lino el domingo.
La cocinera Eudora hizo una indicación pequeña sobre la lumbre del cuarto pequeño, que la lleva apagada desde mil ochocientos catorce.
Si milord la quiere encender antes de la llegada de la doncella Phipps, dos jornadas del muchacho del valle. Si no, se queda apagada.
—Comprendido. La lumbre, en julio.
Asiento. Subo por la escalera principal.
La cabeza, durante los siete escalones del primer tramo, no me pide permiso para advertir lo siguiente: el cuarto del difunto señor, que da al norte, comparte muro divisorio con el cuarto pequeño del corredor norte donde Phipps va a alojarse.
Y el corredor norte se cruza, antes de llegar al cuarto pequeño, por la puerta del cuarto del difunto.
Lo cual significa, en la geometría exacta del primer piso de Ashvere Hall que la administradora doméstica de la planta noble se aprendió en marzo en una de las primeras revisiones del inventario, que para llegar al cuarto pequeño hay que pasar primero por delante de la puerta del cuarto del difunto.
Subo el segundo tramo.
La luz del primer piso, a las once y catorce minutos del segundo lunes de mayo, entra por la ventana del este del rellano con la firmeza del mes que se está abriendo.
La pared del corredor norte tiene el papel pintado de los Wyndham de mil setecientos noventa y siete — fresas pequeñas sobre fondo crema, ya descolorido en cuatro sitios — el mismo del corredor del lunes trece de abril, lo cual no me había permitido la cabeza recordar hasta este momento.
Camino al norte.
La puerta del despacho del señor de la casa, esta mañana, está cerrada del todo.
No entornada al palmo. Cerrada. Lo cual significa, en el código pequeño de Hawthorn, que el mayordomo viejo ha cerrado la puerta esta mañana al recoger las bandejas del segundo té antes de que el señor saliera a Penshaw, y no la ha abierto al cuarto siguiente porque el señor no ha vuelto.
Cruzo por delante.
La cabeza, durante los cuatro segundos en que cruzo la puerta cerrada del despacho, no me pide permiso para sostener la idea de que la administradora doméstica de la planta noble, esta mañana del segundo lunes de mayo, está cruzando un corredor de Ashvere Hall que el lord Ashvere no le ha pedido que cruzara.
Llego a la puerta del cuarto del difunto a las once y dieciséis.
Está abierta.
No entornada. Abierta entera. La luz oblicua de la ventana del norte entra por el marco vacío y le marca al suelo del corredor una franja de luz blanca pequeña — la que el sol de la mañana, en el primer piso de Ashvere Hall en el mes de mayo, le entrega al cuarto del difunto a las once y cuarto.
Me detengo.
La cabeza, durante los segundos siguientes, no me pide permiso para mirar al interior.
Lo hago.
El cuarto del difunto señor es más pequeño de lo que la cabeza me lo había representado.
Tres ventanas al norte, sí — pero pequeñas, no grandes.
Cama de roble oscura con dosel sin cortinas.
Cómoda alta a la izquierda. Mesa baja al centro.
Sillón de orejas al lado de la ventana del medio, vuelto hacia el cristal.
Una alfombra del condado de Yorkshire, ya con dos zonas gastadas, en el suelo.
Y, encima de la mesa baja, un objeto solo: una caja pequeña de madera oscura, cerrada, con una cerradura de bronce sin llave puesta.
La caja la habrá dejado Hawthorn esta mañana al abrir el cuarto.
La caja contiene, según el cálculo del libro mayor que llevo aprendido del año pasado, las herramientas de afeitar de mi tío del señor de Ashvere — las que el señor de la casa no había recuperado del cuarto del difunto en cinco años porque no le había hecho falta hacerlo.
La caja, ahora, lo está esperando.
Bajo la vista.
La franja de luz blanca pequeña que el sol de la ventana del norte le entrega al suelo del corredor — la que se ve desde la puerta abierta — termina exactamente a tres pulgadas de la punta de mi bota izquierda de cabritilla parda.
Avanzo medio paso. La franja me alcanza la bota.
Avanzo otro medio. Estoy en el umbral.
No entro.
La cabeza, durante el instante siguiente, no me pide permiso para advertir que la ventana del medio del cuarto del difunto señor — la que el sillón de orejas tiene vuelta hacia el cristal — da, a través del jardín norte de Ashvere y del muro de piedra y del portillo y del jardín del sur de Ravenfell House, a la ventana del primer piso de Ravenfell que es mi cuarto.
La ventana de mi cuarto está exactamente enfrente.
A doscientos veinte pasos del condado, según mi cálculo del invierno pasado.
Doy dos pasos hacia atrás.
Sigo por el corredor norte hasta el cuarto pequeño. La puerta del cuarto pequeño está entornada. Entro. Mary, la doncella, está dentro, pasando un paño limpio por la repisa de la chimenea pequeña.
—Señora Marlowe.
—Mary. Hawthorn me indicó que el cuarto está revisado.
—Lo está, señora Marlowe. Le he traído un cuenco con agua, por si la administradora doméstica quiere revisar los cajones.
Asiento. Mary se retira al corredor. La puerta queda entornada.
Saco las cuatro hojas del inventario del bolsillo interior de la capa.
Las desdoblo encima de la mesa baja del cuarto pequeño.
Empiezo por los cajones de la cómoda. Los abro uno por uno.
Reviso. Marco con el lápiz fino en el margen de la primera hoja las cuatro equivalencias del inventario del año pasado que conviene revisar — la jofaina pequeña tiene una rajadura nueva en el borde, el armario de la izquierda tiene un cajón que no cierra, las cortinas de muselina ya no son las del libro mayor del año pasado, y el quinquel de bronce de la mesa baja no tiene la mecha nueva que la cocinera Eudora le indicó a Hawthorn en febrero.
Trabajo cuarenta y dos minutos seguidos.
La cabeza, durante esos cuarenta y dos minutos, sí me deja concentrarme.
La concentración es la del año pasado en marzo, cuando le entregué a Pennywick el inventario del cuarto pequeño del huésped principal de Ravenfell en una jornada y media.
Aquí, en Ashvere, en un cuarto de Mayfair que va a ocupar una doncella desconocida durante cuatro semanas, la concentración no es la del oficio.
Es otra. Pero la mano me lleva el lápiz fino y las cuatro hojas se van llenando.
A las doce y dos, termino.
Las cuatro hojas dobladas, con las equivalencias revisadas anotadas al margen. Recojo el lápiz fino. Tapo el tintero. Pliego las hojas en cuatro. Las meto en el bolsillo de la capa.
Salgo del cuarto pequeño.
La cabeza, en el primer segundo posterior al pasillo, considera dos cosas a la vez.
La primera, devolver al sur por el corredor norte y bajar al zaguán por la escalera principal — lo cual es la cortesía del condado.
La segunda, devolver al sur por el corredor norte cruzando la puerta abierta del cuarto del difunto otra vez, lo cual no es del oficio, lo cual no es necesario para llegar a la escalera, lo cual no me lo está pidiendo la administradora doméstica de la planta noble.
La cabeza ha decidido la primera.