CAPÍTULO 26 #2
—Te lo cuento para que sepas. La preparación es tuya.
Yo, como duque del condado vecino al señor de Ashvere y como marido de la mujer que ya no te orquesta pero todavía te quiere bien, te he cumplido la obligación pequeña que la cortesía del condado del norte tiene con los señores del condado vecino que están en una posición que ellos no han calculado entera.
Bajo la cabeza un grado.
—Brennan, le agradezco.
—Ashvere, no hay de qué.
Brennan recoge el sombrero de la piedra plana.
Se lo pone. Coge el bastón. Vuelve por el sendero al sur.
Yo le sigo medio paso atrás. Los doscientos metros de regreso al lugar donde Tobías nos espera con los caballos los cubrimos en silencio.
Brennan no comenta el muro del prado del este de los Bell.
Tregarven y su segunda nota se quedan, sin nombrar, para otro lunes.
Llegamos a Tobías a las once y veintiuno.
Brennan me hace media inclinación de cinco grados — la del condado, no la del tuteo. Yo le devuelvo media inclinación.
—Ashvere.
—Ravenfell.
Brennan se va al sur por el sendero. Yo monto a Hume.
Tobías monta el suyo. Cabalgamos al norte hacia Penshaw.
La mina me retiene la mañana hasta las dos.
Walter Ashen me espera al portón con la piedra azul oscura del cantero de Keswick descargada en el patio — quince carros pequeños, exactamente lo que el cálculo de marzo había previsto.
Walter no me pregunta cómo me ha ido el sendero del este.
La cara, sin embargo, sostiene una franqueza pequeña que no le había visto en marzo.
Walter Ashen sabe — porque los granjeros del valle conocen los caminos de los caballos de Ravenfell y los carros del condado mejor que los duques —, que su excelencia el duque de Ravenfell ha subido esta mañana al sendero del este de Ashvere a pie, sin criado, con sobretodo viejo. Walter no me lo va a comentar.
Pero, al pasarme el café fuerte que Anne ha preparado en la cocina del cottage, Walter me hace una observación que no esperaba.
—Milord. Anne le manda decir, en concreto, que la cocinera Beulah de Ravenfell le pidió a Anne el sábado un cordero entero del valle para el ocho de junio.
Anne le ha apartado el mejor del rebaño de mayo.
Pero Anne me indicó, sin permitírselo del todo, que el ocho de junio es la primera fecha en quince años en que Beulah le pide a Anne un cordero entero del valle de los Bell para Ravenfell, no para Ashvere.
Lo cual es raro porque, hasta donde mi mujer entiende del condado, el cordero entero del valle es la receta del cocinero de Ashvere, no del de Ravenfell.
Bajo la taza de café fuerte.
La cabeza, en el cuarto de segundo siguiente, considera dos cosas a la vez.
La primera, que mi madre la duquesa de Wyndham, en su carta del miércoles veintinueve, me prometió un cordero entero del valle de los Bell el ocho de junio.
La segunda, que el ocho de junio mi madre llega a Ashvere a las dos de la tarde.
La cocinera Beulah, sin embargo, ha pedido el cordero el sábado pasado para Ravenfell.
Lo cual significa que mi madre, sin haberme avisado, ha decidido cenar la primera noche en Ravenfell, no en Ashvere.
Lo cual significa que mi madre y Cora, juntas, sin pedirme permiso a mí, han calculado por su cuenta dónde se queda mi madre la noche del martes nueve.
Walter espera, con la jarra de café en la mano, la respuesta que un señor del condado le da a un granjero que le acaba de comentar una rareza del condado.
Le doy la respuesta exacta.
—Anne tiene razón, Walter. Mi madre la duquesa de Wyndham baja a Cumberland el ocho de junio.
Va a quedarse cuatro semanas. La primera noche, según lo que mi madre y la duquesa Cora habrán calculado entre las dos sin pedirme permiso a mí, va a cenar en Ravenfell.
El cordero entero del valle es para esa cena.
Aviso a la cocinera Eudora cuando vuelva.
Walter asiente, satisfecho de la explicación.
—Como milord disponga. Anne se queda tranquila.
Bebo el café entero. Se lo agradezco a Anne sin verla — Anne está en la cocina del cottage, no en el portón. Subo a Hume. Vuelvo a Ashvere por el camino del oeste. Llego al patio principal a las cuatro menos cuarto.
Hawthorn me recibe con la cara impasible y, en la mano derecha, una sola nota.
—Milord. De Ravenfell, en una vía pequeña.
Recibo la nota. La cara impasible de Hawthorn esta tarde no es impasible del todo — el mayordomo viejo, durante el cuarto de segundo en que me ha entregado la nota, ha bajado los ojos al lado izquierdo de mi chaleco.
Hawthorn sabe que el bolsillo izquierdo de mi chaleco contiene ya tres notas y una flor seca.
Hawthorn no me lo comenta. Pero, al retirarse al zaguán, sin que se lo haya pedido, indica:
—La cocinera Eudora me pidió que le confirme a milord que el cordero entero del valle del ocho de junio se va a hacer en Ravenfell. La cocinera Beulah le mandó el aviso esta mañana. La cocinera Eudora ha aceptado.
Asiento.
—Bien, Hawthorn. Y dígale a la cocinera Eudora que, por su parte, le prepare a mi madre el cordero pequeño de cabrito del valle el miércoles diez por la noche en Ashvere. Para que mi madre, en la segunda noche, cene en mi mesa.
—Como milord disponga.
Hawthorn se retira.
Subo al despacho. Abro la nota.
Una sola línea, en la caligrafía firme de Pennywick:
«Milord. Su excelencia la duquesa me indica que esta tarde, a partir de las cinco, el primer piso de Ravenfell House va a recibir el inventario de los muebles del cuarto pequeño del corredor norte para la doncella Phipps.
La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall me ha pedido subir el inventario ella misma, sin pasar por Hawthorn, en una vía pequeña que su excelencia la duquesa y yo le hemos consentido. Pennywick».
Doblo la nota.
La meto en el bolsillo izquierdo del chaleco. Junto a las otras tres. Junto a la flor seca del primer fresno del bosquecillo del norte.
Cuatro notas. Una flor.
Y, en algún momento de los próximos seis días, voy a tener que decidir qué hago con el cuarto del difunto señor — el que se reabre el lunes once, según la indicación que le di a Hawthorn en marzo.
La administradora doméstica, sin que yo se lo haya pedido, ha decidido subirle el inventario ella misma esta tarde para la doncella Phipps en el cuarto pequeño del corredor norte.
Lo cual significa que el cuarto del difunto señor, el segundo lunes de mayo, lo va a ocupar yo.
La administradora doméstica lo ha calculado bien.
Bajo la pluma a la respuesta del rector Holcomb que llevo desde el viernes pendiente. La luz oblicua del despacho, a las cuatro y veintiuno minutos del lunes cuatro de mayo, le entra al primer piso con la firmeza del mes que ya no es marzo.