El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Brennan me alcanza en el sendero del este a las once menos diez minutos.

No es casualidad. No lo es porque, en el condado, los duques no se cruzan con los señores del condado vecino en los senderos del este por casualidad — los senderos del este son los que los señores de Ashvere usan para ir a la mina de Penshaw los lunes a primera hora, y los duques de Ravenfell, los lunes a primera hora, están en el despacho del oeste de Ravenfell House abriendo el correo del fin de semana.

Brennan, sin embargo, esta mañana del lunes cuatro de mayo, ha decidido subir al sendero del este de Ashvere a una hora en la que sabía que iba a encontrarme.

Lo veo a doscientos metros.

Va a pie, no a caballo. Lleva el sobretodo viejo del condado — el de paño marrón, el de las mañanas de los lunes en que su excelencia no recibe visitas formales — y un bastón corto en la mano derecha.

No le acompaña ningún criado. Eso significa, además, que la conversación que viene a tener conmigo no es para que Pennywick la oiga después en la cocina de Ravenfell.

Le indico a Hume que vaya al paso.

Brennan me alcanza a las once menos siete.

Levanta el bastón en la mano derecha, como en saludo.

Bajo del caballo. Tobías — que cabalga detrás a quince pasos — se detiene también.

Le hago con la cabeza la indicación pequeña al mozo de que se quede con Hume.

Tobías baja del suyo, se aparta del sendero con los dos caballos, y se sienta en una piedra del valle dejándole al duque y al señor del condado vecino el espacio que la cortesía pide.

Brennan me hace media inclinación. Le devuelvo la inclinación con la cabeza.

—Acompáñame doscientos metros al norte, Ashvere. Por la curva. No hasta la cresta — solo hasta el segundo fresno.

Asiento. Le sigo.

Caminamos los doscientos metros sin hablar.

Brennan al frente, con el bastón corto en la mano derecha.

Yo medio paso atrás. El sendero del este, en este tramo, sube en una pendiente moderada hasta la curva pequeña que rodea el primer afloramiento de piedra del valle.

La piedra es de pizarra azul oscura, la misma que el cantero de Keswick está cortando esta semana para el muro del prado del este de los Bell.

Walter Ashen empezó la piedra el sábado.

Llegamos al segundo fresno a las once en punto.

Brennan se apoya con la espalda en el tronco.

Se quita el sombrero. Lo deja sobre la piedra plana del lado este.

La cara — la cara del duque mayor, sesenta y un años, los ojos grises del condado del norte, la barba recortada — se le ve esta mañana algo cansada.

Brennan no ha dormido bien esta noche pasada.

—Cael, voy a tutearte durante los próximos siete minutos. Después, en el sendero de vuelta, retomamos el tratamiento del condado y nadie en Ravenfell ni en Ashvere se entera de los siete minutos. ¿Aceptas?

—Acepto, Brennan.

Brennan asiente. Mira hacia la cresta del valle un instante.

La luz del lunes cuatro de mayo, a las once en punto, le entra por el lado del oeste y le marca el lado derecho de la cara — el de la cicatriz pequeña del párpado, la que Cora me mencionó en febrero como una herida vieja de una caída del caballo en mil ochocientos seis.

—Mi mujer no me ha pedido que te encuentre esta mañana.

Eso te lo digo antes. Mi mujer cree que yo subo a Ashvere a las once para hablar contigo sobre el muro del prado del este de los Bell y sobre la nota que Tregarven me envió a mí el viernes por la tarde, después de no contestarte a ti, sin permitírselo del todo a sí mismo, sugiriéndome a mí — primo segundo lejano que es de los Tregarven por parte de mi madre — que él consideraría pagar la mitad si yo intercedía.

Yo no voy a interceder. Esa parte de la conversación es real, y vamos a tenerla, sí, en el sendero de vuelta.

Pero esa no es la conversación de los siete minutos.

Asiento.

—La conversación de los siete minutos es sobre la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall.

Apoyo más las dos manos sobre el bastón propio que llevo en la mano izquierda. Brennan me ha visto el gesto. No lo comenta.

—Cael. No te voy a preguntar nada. No te voy a pedir nada.

No te voy a aconsejar nada. Te voy a contar tres cosas que tú no sabes y que yo, como duque del condado vecino al condado del señor de Ashvere, tengo la obligación de contarte antes de que mi mujer y tu madre, juntas, en el saloncito amarillo de Ravenfell, te las cuenten al cabo de cinco semanas en una conversación que tú no vas a controlar entera.

Asiento.

—La primera. Mi mujer y tu madre se conocen desde mil setecientos ochenta y ocho.

Las dos coincidieron en la temporada de Bath aquel verano.

Las dos cumplieron diecinueve años en mil setecientos ochenta y nueve.

Las dos se casaron en mil setecientos noventa, con seis meses de diferencia.

Mi mujer al duque de Ravenfell — yo, treinta años.

Tu madre al marqués de Wyndham — tu padre, treinta y cuatro.

Las dos han mantenido una correspondencia ininterrumpida de treinta años.

Las dos saben todo lo que cabe saber la una de la otra.

La una guarda lo que la otra le manda. Eso, ya lo sospechabas.

—Sí, lo sospechaba.

—La segunda. En mil ochocientos catorce, en el cottage de los Wyndham de Hertfordshire, mi mujer y tu madre tuvieron una conversación de jardín con Bryn Rowan en la que la joven pidió consejo sobre el matrimonio que iba a contraer con Renn Marlowe.

Las dos le contestaron que era mala idea.

Bryn Rowan no aceptó el consejo. Se casó.

Tu madre, ese mismo otoño, le escribió a mi mujer: «Cora, si Bryn Rowan se queda viuda joven, la metemos en Ravenfell».

Levanto las cejas.

Brennan no me devuelve la mirada. Mira al segundo fresno.

—Mil ochocientos dieciséis, Bryn Rowan se quedó viuda joven.

Mi mujer le escribió a tu madre la nota: «Marquesa, baja».

Tu madre bajó a Furness por la posta de Carlisle.

Tu madre y mi mujer, juntas, sacaron a Bryn Marlowe — antes Bryn Rowan, ya sin baronet vivo, ya sin marido vivo, ya sin renta — del cottage de Furness en el que estaba alojada con la tía Hester y la hermana pequeña.

La trajeron a Ravenfell. La metieron de institutriz de Pippa.

Eso, lo que mi mujer te ha contado en sus tres conversaciones contigo desde febrero — que ella sola alojó a Bryn Marlowe sin pedir un dato a nadie salvo a la posadera del Cisne Blanco — es la versión que la institutriz tiene.

La institutriz no sabe que tu madre intervino.

Yo lo sé. Mi mujer me lo dijo en mil ochocientos dieciséis al volver de Furness.

Llevo dos años no diciéndoselo a la institutriz porque mi mujer me lo pidió.

Brennan se permite la respiración honda de los duques mayores que llevan dos años sin permitirse una conversación con un señor del condado vecino. La sostiene seis segundos. La suelta.

—La tercera. Tu madre tenía dos sobrinos heredando fincas del norte este año.

El primero, tu primo Edmund, en Lancashire.

El segundo, tú. Mi mujer y tu madre habían acordado, sin permitírselo del todo, que Edmund iría a Lancashire y, en algún momento del verano, conocería a Bryn Marlowe.

Edmund se rompió un tobillo en el ejercicio de febrero.

Tu madre decidió por su cuenta sustituir el sobrino. Te puso a ti.

Bajo el bastón un instante.

—¿Yo era el sustituto?

—Cael, no de la finca. Yo de la finca eras tú desde mil ochocientos quince, cuando tu tío te puso a ti en lugar de Dorian.

De la otra cuestión, sí. Tu madre sustituyó a Edmund por ti en una conversación que tu madre tuvo sola, sin mi mujer, contigo en mente.

Mi mujer se enteró en la nota de tu madre de mediados de febrero.

Mi mujer aceptó el cambio. La frase sobre el sobrino de Brennan que podría dejar de ser aburrido, que mi mujer le leyó a Bryn Marlowe el seis de marzo al té sin decirle de quién era, era de tu madre. Pero, Cael, escúchame bien.

Brennan baja la voz un grado.

—La frase era cierta. Aunque tu madre la escribió pensando en sustituir a Edmund, decía lo que había observado durante quince años en su segundo hijo. Mi mujer, al leerla, decidió que no era una frase orquestada. Era una frase que se podía probar.

Asiento.

La cabeza, durante los siete segundos siguientes, no me pide permiso para hacer ninguna cuenta.

Apoyo el bastón contra el segundo fresno.

Cruzo las dos manos a la espalda. La luz del lunes cuatro de mayo, en el sendero del este de Ashvere a las once y cuatro minutos, le entrega al valle la temperatura que el norte concede al final de la primera semana del mes.

Brennan me mira.

—Cael, una última cosa, y los siete minutos se cierran.

—Adelante.

—Mi mujer, en la conversación del martes veintiuno de abril con la institutriz, le pidió perdón.

Yo no estaba en el saloncito amarillo. Mi mujer me contó la conversación esa misma noche.

Mi mujer le pidió perdón a Bryn Marlowe por haberle leído mal la frase de tu madre — por haberla leído como «adecuado para la institutriz de mi pequeña» cuando la frase era «mi segundo hijo es un hombre tranquilo».

Mi mujer, en esa conversación, retiró la orquestación de febrero.

Lo cual significa, Cael, que mi mujer ya no está orquestando.

Tu madre, sin embargo, sí. Tu madre baja a Cumberland el ocho de junio porque tu madre lleva tres meses sin orquestar nada en Mayfair y, sin permitírselo del todo, considera que el sustituto del primo Edmund no se está moviendo bastante.

Brennan se permite una sonrisa pequeña — la primera de la conversación. Le dura medio segundo.

—Cael, tu madre va a bajar a moverte.

Asiento.

—¿Tú me lo cuentas para que me prepare?