El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

—La señora Mortlake vino al zaguán ayer a las once y media.

Pennywick le dijo que tú no estabas. La señora Mortlake me pidió audiencia.

Le concedí veinte minutos en el saloncito del este.

La señora Mortlake me dijo lo que la señora Mortlake del condado de Cumberland del sur le viene a decir a las duquesas de Cumberland del norte cuando un señor del condado del norte le ha contestado en su comedor grande una frase pequeña que no se contesta a la mujer del condado del sur en presencia de su marido.

Yo le contesté a la señora Mortlake lo que las duquesas de Cumberland del norte les contestan a las mujeres del condado del sur en estas circunstancias: que mi marido y yo no comentamos las frases pequeñas de nuestros huéspedes en las cenas de mi comedor grande.

La señora Mortlake aceptó la frase y se fue.

Bajo la cabeza.

—Su excelencia. Le agradezco.

—Cora, Bryn.

—Cora.

Cora se permite la sonrisa pequeña de un solo lado. Después la cancela.

—Bryn. La cuestión, sin embargo, no es la señora Mortlake. La cuestión es la señorita Sloane.

Levanto la vista.

—La señorita Sloane le pidió a su madre, anoche al cierre de la cena pequeña que tuvieron las dos en el cottage de los Sloane antes de volver a Westmorland, que su madre escribiera una carta a su excelencia la duquesa de Ravenfell preguntándole si la señorita Sloane podría aceptar la invitación abierta de tu excelencia del veintisiete de marzo a pasar tres semanas en Ravenfell durante el mes de mayo.

La carta me llegó esta mañana. La señora Sloane, su madre, no entendía bien la petición de la sobrina.

Yo, después de leerla, sí. La señorita Sloane se vio a sí misma el lunes en la cena en una posición que no había previsto.

La señorita Sloane, hasta el lunes, era una candidata.

La señorita Sloane, a partir del lunes, no lo es.

Cora baja la voz un grado.

—La señorita Sloane, con veintidós años, sin maldad, sin permitírselo del todo a sí misma, quiere conocerte.

Y, en mi cálculo, en algún momento del verano, va a querer ser amiga tuya.

La carta de la señora Sloane es la primera de un movimiento que la señorita Sloane no se ha permitido todavía calcular entero.

Bajo la cabeza.

—Cora, ¿qué le va a contestar usted a la señora Sloane?

—Le voy a contestar que las tres semanas en mayo no son posibles porque mi marido va a tener huéspedes de la mina la última semana del mes, lo cual no es del todo verdad pero a la señora Sloane le va a parecer suficiente.

Las tres semanas, en cualquier caso, no son la respuesta correcta.

Lo correcto es que la señorita Sloane y tú os encontréis dos veces más en el condado a lo largo del verano, sin presión, sin tres semanas seguidas, sin que su madre te esté mirando desde el otro lado del comedor. Eso lo voy a orquestar yo. Pero, Bryn —

Cora me sostiene la mirada.

—Bryn, te estoy pidiendo permiso esta vez.

Asiento medio grado.

La cabeza advierte que Cora, después de la conversación del martes pasado, ha cambiado. Ya no me orquesta. Me pide.

—Cora, lo acepto.

—Bien.

La duquesa vuelve al bordado. Pasa la siguiente puntada. La copa de jerez sin abrir sigue en la mesa baja entre las dos.

—Bryn. El jerez es por otra cosa. Mi marido me dijo anoche al cierre que él, sin permitírselo del todo, le escribió a la prima Carmichael una nota corta el martes por la mañana sobre la candidata de Lancaster. Tú lo vas a saber por Beulah esta semana. Quería decírtelo yo antes de que lo supieras.

—Beulah ya me lo dijo esta mañana, Cora.

Cora levanta la vista un instante.

—Beulah es una mujer del condado más rápida que mi marido.

Bajo la cabeza.

—Sí, Cora.

La duquesa cierra el bordado. Lo deja en el regazo. Toma la copa de jerez de la mesa baja. Me la tiende.

—Bébelo, Bryn. La primera del primero de mayo. Hoy te lo concedo. La primera de mi marido es la del veintisiete de septiembre, la primera mía es la del veinte de octubre, y la primera tuya no había sido todavía la primera de ninguna fecha en mi casa. Hoy es.

Cojo la copa.

Bebo el primer sorbo despacio. El jerez es del bueno — el que mi excelencia el duque guarda en el armario pequeño del despacho del oeste para las ocasiones que no son del oporto.

Caliente al cuello. Seco al paladar. La cabeza, durante el segundo siguiente al primer sorbo, no me pide permiso para advertir que el jerez del primero de mayo en el saloncito amarillo de Ravenfell House es un jerez que las duquesas de Cumberland del norte no le tienden a las institutrices del condado externo al cabo de dieciocho meses de empleo.

Lo aceptan, no se lo tienden.

Esta mañana, Cora me lo ha tendido.

La cabeza no me deja sostenerlo entero.

Bebo el segundo sorbo. Cora vuelve al bordado. Pasa la siguiente puntada. La conversación, entre las dos, se queda en silencio durante los cuatro minutos siguientes — un silencio que las duquesas de Cumberland del norte sostienen con sus institutrices solo cuando la mañana no necesita más palabras.

A las once y veintiocho, Pennywick golpea dos veces.

—Adelante.

—Su excelencia, la lady Pippa baja por la escalera de servicio. Beulah le ha enseñado a la pequeña el asa pegada, y la pequeña quiere mostrársela a su excelencia y a la institutriz.

Cora baja el bordado.

—Pennywick, que pase.

Pippa entra al saloncito con la taza azul en una mano y la muñeca de la cinta amarilla en la otra. La cara, esta vez, sin lágrimas. El asa, en la luz del saloncito, casi no se nota la junta.

—Mamá. Beulah la arregló.

—Ya veo, mi vida.

La pequeña se sube al regazo de Cora sin pedir permiso, como hace los viernes.

Cora le pone una mano en la coronilla. Me mira un instante por encima del moño bajo de la pequeña — la cara de Cora, esta vez, sin la sonrisa pequeña, sin la inclinación.

Solo la cara de la duquesa cuya institutriz acaba de aceptar, sin pedirle permiso, la copa de jerez.

Pippa cierra los ojos un instante sobre el chal de la madre.

Yo bajo la copa al regazo. La sostengo con las dos manos. La luz oblicua del saloncito amarillo, a las once y media del viernes primero de mayo, le entrega al cristal de la copa un brillo pequeño que el jerez bebido no ha hecho desaparecer del todo.