CAPÍTULO 25
La taza se rompe a las nueve y veintidós minutos.
Es la taza del cuarto de juegos — la pequeña, azul, con el borde dorado, la que la duquesa le regaló a Pippa por Pascua.
Pippa la tiene en la mano izquierda. Pippa, esta mañana, ha decidido que la muñeca de la cinta amarilla tome el desayuno antes que la otra, lo cual la otra muñeca — la del lazo rojo, sin nombre todavía — no ha aceptado, y la primera muñeca ha tenido que defender el desayuno con la taza azul levantada por encima del platillo de loza.
La taza se le cae.
No se le cae al suelo entero. Se le cae al borde de la mesa baja, golpea el canto, rebota. El asa pequeña se rompe limpio. El cuerpo de la taza queda en el suelo con la pequeña pintura del borde dorado intacta. El asa, sin embargo, se hace dos pedazos.
Pippa abre la boca dos segundos sin sonido.
Después llora.
Lo cual no había hecho en cuatro semanas.
La pequeña llora con la cara entera vuelta a la mesa baja, sin mirarme, con las dos manos sobre las rodillas y los hombros bajos.
No es el llanto de las niñas pequeñas que han roto una cosa y temen al adulto.
Es el llanto pequeño, lento, de las niñas pequeñas que han roto una cosa que les importa.
Me arrodillo a su lado. La cojo entre los brazos. Pippa entierra la cara en mi hombro izquierdo.
—Mi Bryn.
—Princesita.
—Era la taza de mamá.
Asiento.
—La de Pascua, sí.
—La rompí.
—El asa, princesita. La taza no. El asa la podemos pegar. La cocinera Beulah tiene cola buena en la cocina. Vamos a llevársela ahora. Tú, yo, y la muñeca de la cinta amarilla.
Pippa levanta la cara. Tiene la nariz un poco roja. Los ojos, brillantes, no del todo abiertos.
—¿Beulah la arregla?
—Beulah la arregla.
Recojo los dos pedazos del asa del suelo. La taza, entera. Pippa coge la muñeca de la cinta amarilla y, en el último momento, también la del lazo rojo, porque las dos van a estar presentes en la cocina cuando Beulah pegue el asa. Bajamos por la escalera de servicio del este.
Beulah nos recibe en la cocina del semisótano con la cara impasible de las cocineras viejas que han oído pasos de niña pequeña llorando por la escalera de servicio. Le tiende la mano a Pippa. La pequeña le entrega el asa con la solemnidad de su edad. Beulah examina los dos pedazos. Asiente.
—Lady Pippa. Esta tarde a las cinco. Si su excelencia su madre me concede la cocina para ese cuarto de hora, la taza vuelve al cuarto de juegos antes de la cena.
Pippa asiente. La cara se le ha aclarado un grado.
Subo a Pippa al cuarto de juegos. Le doy un beso pequeño en la coronilla. Le digo que la lección de las diez se aplaza media hora. La pequeña asiente, satisfecha del aplazamiento, y se queda con las dos muñecas en el suelo organizándoles el desayuno con la taza menor que ya no tiene asa.
Salgo al corredor.
La cabeza, durante la primera respiración honda de la mañana, no me pide permiso para advertir que la mañana del primero de mayo no ha empezado como las mañanas de los primeros de mes en Ravenfell House.
Las mañanas de los primeros de mes empiezan con el desayuno tranquilo en el cuarto de juegos.
Esta empieza con la taza azul rota y la pequeña llorando por una cosa que no es la taza.
Eso, la cabeza no me lo pide explicar.
Bajo a la cocina otra vez.
Beulah está sola en la mesa larga, pegando el asa de la taza con la cola buena que guarda en un frasco pequeño junto a la chimenea baja. Me hace una inclinación menor.
—Señora Marlowe.
—Beulah. Le agradezco.
La cocinera no me devuelve la frase de cortesía. Sigue pegando el asa con dos dedos firmes. La luz baja de la cocina del semisótano, esta mañana, entra por las dos ventanas altas del oeste con el tono firme del primero de mayo.
Le observo dos minutos sin decir nada.
Y entonces, sin permitírselo del todo, Beulah baja la voz un grado.
—Señora Marlowe. Su excelencia la duquesa me indicó anoche que el cottage del extremo norte de los Mortlake se cierra este verano.
La candidata de Lancaster no va. La señora Mortlake recibió ayer una carta de la cuñada de su excelencia el duque de Westmorland — Lady Carmichael, prima segunda de mi señor el duque — diciéndole que la candidata de Lancaster había aceptado una plaza en Sussex.
Lo cual no es verdad. La candidata de Lancaster sigue libre.
Pero Lady Carmichael le escribió eso a la señora Mortlake la misma noche del lunes.
Bajo la cabeza un grado.
—¿Y por qué Lady Carmichael le escribió eso a la señora Mortlake?
Beulah no me devuelve la mirada. Sigue con la cola. El asa, casi pegada del todo, le queda quieta entre dos dedos.
—Mi señor el duque le escribió a Lady Carmichael el martes por la mañana, sin permitírselo del todo, una nota corta sobre una pregunta que la señora Mortlake le hizo a una administradora doméstica el lunes a la mesa larga.
La nota le sugería a Lady Carmichael que la señora Mortlake, antes del verano, no necesitaba una administradora doméstica de Lancaster.
Lady Carmichael es una mujer del condado que entiende las sugerencias de los duques de Cumberland sin que se las expliquen del todo.
La candidata de Lancaster no va a aparecer en el cottage del extremo norte de los Mortlake este verano.
Levanto las cejas.
La cabeza, en el cuarto de segundo posterior, no me pide permiso para advertir que su excelencia el duque de Ravenfell, en su despacho del oeste, el martes por la mañana, escribió una nota corta a una prima segunda en Westmorland para que la administradora doméstica del condado externo no tenga que sostener, durante el verano de mil ochocientos dieciocho, una segunda conversación de mesa larga con la señora Mortlake sobre las cifras de las administradoras doméstica del norte.
Brennan ha decidido por su cuenta.
Sin pedírmele a Cora. Sin pedírmele a Cael. Sin pedírmele a mí.
Beulah termina de pegar el asa. La pone con cuidado encima de un paño de lino blanco. Le mira la junta dos segundos. Asiente.
—Aguanta, señora Marlowe. Por la tarde, ya.
—Gracias, Beulah.
Salgo de la cocina. Subo por la escalera de servicio al cuarto. Cierro la puerta. Me siento un instante en la silla baja del escritorio bajo la ventana.
La cabeza, durante los dos minutos siguientes, no hace cuenta.
La cabeza, en lugar de la cuenta, me devuelve una cosa pequeña que no había advertido al cerrar la puerta.
Encima de la mesa baja del cuarto, esta mañana, no estaba la taza azul de Pippa.
Estaba otra cosa. Una hoja pequeña, doblada en cuatro, sin sobre, sin firma, que Pearl me habrá dejado al subir el agua tibia a las siete menos cuarto.
Pearl no la mencionó. No la mira la cabeza al cruzar el cuarto. No la veo hasta este momento.
Me levanto. Voy a la mesa baja.
La hoja está donde la cabeza me la ha situado. La cojo. La abro despacio.
Una sola línea, en una caligrafía joven que reconozco — la de Maren, mi hermana pequeña:
«Bryn — la prima Adelaide tiene piano y Schubert. La tía Hester se cura en seis semanas. Te quiero. Maren».
Bajo la hoja.
La cabeza, durante los seis segundos siguientes, no me pide permiso para hacer la cuenta.
La hace sola. Schubert. La prima Adelaide tiene Schubert.
Eso significa que la prima Adelaide, en Settle, tiene la partitura nueva que un editor inglés acaba de sacar el año pasado en Londres — la sonata pequeña en la menor que mi padre baronet Rowan me regaló en mil ochocientos cinco y que se quedó en Furness cuando me casé.
Maren, en Settle, en la casa de los tíos políticos, a sus dieciocho años, está tocando Schubert con la prima Adelaide en lugar de quedarse encerrada con la tía Hester durante seis semanas curando un brazo izquierdo.
La hoja la doblo otra vez.
La meto en el cajón del doble fondo. Encima de la nota del miércoles quince. Encima de la nota del miércoles veintidós. Encima de la primera hoja del sobre de Clara.
Cierro el cajón.
Me siento en el escritorio.
Y, sin pedirle permiso a la cabeza, hago una cosa pequeña que llevo dos años sin hacer. Cojo la pluma. Mojo. Saco una hoja del cajón. No para escribirle a Maren — Maren me ha dicho lo que necesitaba decirme en una línea, no necesita la mía hasta el quince. Para otra cosa.
Le escribo a Eliza Halliwell, la posadera del Cisne Blanco, la mujer del rector nuevo. Le escribo en tres frases:
«Señora Halliwell — el primero de junio en la iglesia, bendición del nuevo órgano.
Le agradecería el favor de reservarme una mesa en su salita privada para el almuerzo de las dos, si su excelencia la duquesa de Ravenfell, lady Pippa y yo bajamos al pueblo después de la ceremonia.
La señora Halliwell sabrá si esa misma tarde es además día de mercado en Keswick. Suya — Bryn Marlowe».
Sello la carta con el sello pequeño de su excelencia. La dejo en la repisa para Pennywick.
La cabeza, durante el cuarto de segundo posterior al sello, no me pide permiso para advertir lo siguiente — el sello pequeño, las dos veces que lo he usado en dieciocho meses, son: la primera, el martes pasado a la tía Hester.
La segunda, esta mañana. La señora Halliwell, en su salita privada, en la posada del Cisne Blanco, va a recibir la carta el lunes y va a entender, sin que yo se lo escriba, que la institutriz de su excelencia Pippa Ravenfell ha decidido aparecer en Keswick el primero de junio con la duquesa y la pequeña.
Lo cual es, en el cálculo del condado, la segunda aparición pública de la institutriz desde el lunes veintisiete.
Y la posadera del Cisne Blanco, la mujer del rector nuevo, lo va a entender.
A las once me llaman al saloncito amarillo.
Cora me recibe con el bordado pequeño y una copa de jerez sin abrir en la mesa baja — la mía, no la suya. Es la primera vez en dos meses que Cora me ofrece jerez a las once de la mañana. La cara, esta mañana, está más cansada de lo habitual.
—Bryn. Pasa.
Me siento en el sillón del lado sur.
Cora baja el bordado al regazo. Apoya las dos manos cruzadas encima.