CAPÍTULO 24 #2
Tampoco bajo la cabeza al papel para fingirme ocupado.
Mantengo la mirada en la puerta — en el palmo entornado por el que se ve, no la cara de la administradora, sino la sombra pequeña que el cuerpo de la administradora proyecta sobre el suelo del corredor del primer piso por la luz oblicua de la ventana del este del despacho.
La sombra está quieta.
Pasa un segundo más. Pasan dos.
Después la sombra avanza media pulgada hacia el este.
La administradora doméstica gira la cara hacia el marco entornado del despacho.
La veo entera por el palmo abierto: el vestido gris claro de las mañanas, el moño bajo apretado, la cinta del puño derecho — esta mañana, una de un color que no había visto antes, ni verde ni azul ni malva, un color tierra del valle, ocre quizá — y la cara, sin la sonrisa pequeña de un solo lado, sin la inclinación de cabeza.
Solo me mira.
Tres segundos.
Yo no le devuelvo nada. No saludo. No le hago la inclinación pequeña. No me levanto.
Tampoco bajo la vista.
La cabeza, en el cuarto segundo, no me pide permiso para advertir que la cinta ocre del puño derecho no es de la institutriz.
Es de la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall que ha decidido, esta mañana del miércoles veintinueve de abril, cruzar el corredor del primer piso de su sitio de trabajo por el lado del oeste y pararse cuatro segundos frente a la puerta entornada del despacho del señor de la casa para entregarle, sin saludo, sin firma, sin gesto, una cinta del color del valle.
Al cuarto segundo, sigue.
Los pasos retoman su camino al cuarto de la señora Henshaw. La sombra desaparece del palmo entornado. La puerta del cuarto de la señora Henshaw, dos cuartos al norte, se abre y se cierra a los dieciséis segundos.
Yo me quedo en la silla del despacho con las dos manos sobre el secante.
La pluma sigue sin mojar.
La hoja en blanco de la respuesta al rector sigue en blanco.
El reloj de pared del rincón da las once y media — dos golpes. La cocinera Eudora, dos pisos por debajo, le habrá subido a la administradora doméstica el primer té con el terrón de azúcar oscuro disuelto al fondo y la crema entera por encima.
Pero yo, en el despacho del primer piso, durante los seis minutos siguientes, no muevo la pluma.
No me levanto. No bajo. No subo. No llamo a Hawthorn.
La cabeza me pide solamente que mantenga las dos manos sobre el secante y que sostenga, sin permitírmelo del todo, una idea pequeña que la administradora doméstica de la planta noble acaba de entregarme sin saludo.
La idea es la siguiente. La frase del lunes a las diez y veintidós minutos en el comedor grande de Ravenfell — «la señora Marlowe es huésped de mi mesa esta noche, no asunto de ella» — le llegó a la administradora doméstica en el camino del cuarto al cierre, según el cálculo de la geometría del comedor y del paso de las mujeres al saloncito amarillo.
La administradora doméstica la oyó entera. La administradora doméstica la guardó.
Y la administradora doméstica, esta mañana del miércoles, ha cruzado el corredor del primer piso por el lado del oeste con una cinta del color del valle en el puño derecho, no en el izquierdo, y ha parado cuatro segundos frente a la puerta entornada del despacho del señor de la casa para mirarle directamente, sin saludo, sin sonrisa pequeña, sin inclinación de cabeza.
Eso, en una administradora doméstica del condado, no es del oficio. Es la cortesía privada de las mujeres del condado a los señores del condado vecino que las han defendido a las diez y veintidós minutos.
Cojo la pluma. La mojo. Vuelvo a la respuesta al rector Holcomb. Le escribo, sin más detalle, las dos frases que llevaba media hora sin saber cómo escribir. Le sello la respuesta. La dejo en la bandeja de salida.
A las doce menos cinco, llamo a Beth. Le pido el almuerzo en el despacho. La cocinera Eudora me sube, a las doce y dos, el cordero frío con pan y un vaso pequeño de la cerveza floja de los Bell. Como sin levantar la vista del libro mayor del año en curso.
La administradora doméstica de la planta noble baja al patio del este a las cuatro menos diez, cruza el portillo del jardín del sur a las cuatro menos siete, y vuelve a Ravenfell a las cuatro en punto, según el calendario de Cora.
Hawthorn me lo confirma a las cuatro y cuarto, cuando me sube el correo de la tarde, con la cara impasible y una nota corta del propio Hawthorn, sin sobre, escrita en su caligrafía firme:
«Milord. El inventario de la despensa pequeña, completo.
La administradora doméstica de la planta noble lo deja en manos de Hawthorn esta tarde, con la cuenta de las cuarenta y siete equivalencias del año pasado terminada al margen.
La cinta del puño derecho de la manga, color ocre, sigue donde estaba al cruzar el zaguán de salida. Hawthorn».
Doblo la nota.
La meto en el bolsillo interior del chaleco. Del lado izquierdo. Junto a las dos del miércoles veintidós. Junto a la flor seca del primer fresno del bosquecillo del norte.
Y, sin permitirme la siguiente cuenta, le contesto a mi madre. Una sola línea, sin saludo, sin firma:
«Madre — el ocho de junio. El cordero del valle de los Bell, te lo prometo yo, y se lo cumple Ashvere».
La sello con el sello menor — no con el de los Wyndham.
La dejo en la bandeja de salida. Hawthorn la bajará a Tobías mañana al desayuno.
Mi madre la recibirá el viernes ocho de mayo.
La duquesa de Wyndham, esa misma tarde, le va a escribir a Cora una nota corta confirmando la bajada del ocho de junio.
Cora le va a contestar el lunes once de mayo.
La administradora doméstica de la planta noble se va a enterar — por Pennywick, por Beulah, por Pearl — entre el once y el quince. Tiene cuatro semanas.
La luz oblicua de la tarde del miércoles veintinueve de abril cae sobre la mesa del despacho a las cuatro y veintidós minutos. La franja blanca alta del norte, en este día, dura siete minutos más de lo que dura en marzo — son los siete minutos del mes que se viene encima.