El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Maud y el zagal de la huerta llevan dos horas en el invernadero pequeño cuando bajo al patio.

Las once de la mañana. La puerta del invernadero — la de bisagras nuevas que Hawthorn mandó cambiar la semana pasada — está abierta de par en par.

Por dentro, el cristal medio empañado por el calor que hace ya en el rincón del fondo donde la estufa pequeña tira desde primera hora.

Maud, la lavandera mayor, está agachada en el banco bajo del este con un trapo en cada mano y un cubo de agua jabonosa a los pies.

El zagal — un muchacho de catorce años del valle al que Hawthorn contrató en marzo y al que no le he aprendido el nombre todavía — está subido en una banqueta limpiando el cristal del techo con un cepillo de mango largo. Los dos se vuelven al verme.

Maud baja un dedo a la rodilla.

—Milord.

—Maud. Buen día.

El zagal baja de la banqueta, hace la inclinación de los mozos. Le devuelvo la inclinación con la cabeza.

—Hawthorn me indicó que estarías hoy. ¿Cuánto te va a llevar?

Maud levanta las dos manos enrojecidas. Se las limpia en el delantal.

—El cristal hoy, milord. La pizarra del suelo mañana. Los bancos pasado mañana. Lunes la estufa por dentro, que no se ha tocado desde el aguanieve del catorce. La cocinera Eudora me indicó que las hierbas las trae el viernes ocho, así que llegamos.

—Bien.

Cruzo el invernadero hasta el banco del fondo.

La estufa pequeña — una estufa de hierro forjado con la portezuela arriba, de las que se usan en los invernaderos de Cumberland — sigue limpia por fuera.

El cristal del lado oeste tiene una rajadura pequeña, en diagonal, que no había visto al planearlo. La toco con el pulgar.

—Maud, esto.

Maud se levanta. Cruza el invernadero. Le mira la rajadura.

—Lleva ahí desde mil ochocientos doce, milord. Su tío no la cambió. La rajadura no se abre — la he medido yo con el hilo dos veces al año desde mil ochocientos quince. No corre.

—¿Y si en invierno?

—Si en invierno, milord, se le pone un pedazo de cinta gruesa por dentro. Pero la estufa caliente, en mil ochocientos doce, no la abrió. Y la estufa en mil ochocientos dieciocho, según el calor que tira hoy, tampoco la va a abrir.

Asiento.

—Déjala, entonces. Si en agosto cambia, me avisas. Y si en agosto no cambia, la cambiamos en septiembre antes del frío. Trece chelines, según el cantero de Keswick, no más.

Maud asiente. Vuelve al banco bajo del este. El zagal sube a la banqueta otra vez.

Salgo del invernadero. El sol del miércoles veintinueve de abril, en el patio de Ashvere, ya tiene la temperatura del verdadero abril — los nueve grados que el norte concede al final del mes. La luz blanca. El cielo, sin nubes hasta el horizonte del oeste.

Subo al despacho.

Sobre el secante de la mesa, esperándome desde primera hora — Beth los habrá subido a las nueve, antes de que yo bajara al patio —, hay tres sobres.

El primero, la respuesta del rector Holcomb confirmándome el orden de la ceremonia del primero de junio.

El segundo, una nota del alguacil del valle sobre Wilkin, diciéndome que la firma se mantiene y que la cifra de la primera devolución llegará al despacho del valle el quince.

El tercero, la letra de mi madre, en el sobre con la cera azul oscura de los Wyndham.

Lo abro.

Una sola hoja, escrita por las dos caras.

«Cael — te he leído. Bien. Bajo el ocho de junio.

Antes no, porque tu hermana pequeña tiene la primera regata de Hertfordshire la semana del veinte de mayo y tu madre no se la va a perder por una conversación con su hijo mayor en Cumberland.

Después del ocho, sí. Llegaré a Ashvere el martes nueve a media tarde.

Me quedo cuatro semanas, no menos. Llevo a mi doncella Phipps y nada más.

Phipps duerme en el cuarto pequeño del corredor norte que tu tío usaba para los invitados sin acompañante».

«La pregunta, Cael, la voy a hacer en persona.

Como bien dices. Eso no se discute por carta.

Lo que sí te aviso por carta es que me voy a permitir, durante las cuatro semanas, dos cosas.

La primera, conocer a Bryn Marlowe, antes Bryn Rowan, hija del difunto baronet Rowan de Settle.

Si quieres saber cómo sé el apellido de soltera de la institutriz de la pequeña de Brennan, te lo digo en persona también.

La segunda, comer un cordero entero del valle de los Bell, lo cual no he comido desde mil ochocientos seis y que Cora me ha prometido tres veces por carta en quince años sin haber cumplido ninguna».

«Tu hermano gemelo te manda recuerdos. Tu hermana pequeña no, porque tu hermana pequeña, según me ha contado Croft la semana pasada, te tiene una pequeña riña por no haberle contestado una nota — riña, no enfado — que yo no me meto a resolver y que va a quedar para junio también. — Tu madre».

Bajo la hoja.

Mi madre conoce el apellido de soltera de la administradora doméstica porque, en el invierno pasado, le pidió a una prima segunda de Croft del condado de Yorkshire — Lady Branwell — información sobre las viudas jóvenes del condado norte que hubieran perdido a un marido entre mil ochocientos catorce y mil ochocientos dieciséis.

Mi madre, al pedir la información, no estaba pensando en mí.

Estaba pensando en Dorian. Dorian se decidió por su cuenta en febrero al casarse con Isadora, y la lista de la prima Branwell se quedó sin destinatario.

Hasta que mi madre, en marzo, decidió mandármela a mí en Cumberland por la frase pequeña a Cora sobre el sobrino de Brennan que podría dejar de ser aburrido.

Apoyo las dos manos en el secante.

Mi madre, en mil ochocientos dieciocho, lleva sesenta y un días sabiendo el apellido de soltera de la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall.

Y no me lo ha dicho. Y yo, al cabo de sesenta y un días, no lo había pedido.

La cabeza, durante un instante pequeño, considera la idea de que la duquesa de Wyndham y la duquesa de Ravenfell han mantenido una correspondencia paralela sobre la administradora doméstica de la planta noble desde el invierno pasado, sin permitírselo del todo a ninguno de los dos hombres del condado. La idea no la sostengo.

Doblo la carta. La meto en el sobre. La guardo en el cajón del medio — no en el de las cartas que respondo, no en el de las cartas que archivo, en el de las cartas que necesito releer una vez antes de contestar.

Y, a las once y veintidós, oigo el portillo del muro abrirse.

Hoy es miércoles.

La administradora doméstica de la planta noble cruza el jardín del sur a las once y veintidós, no a las dos en punto, porque su excelencia la duquesa le ha pedido que esta semana cruce a Ashvere a primera hora del miércoles — la única vez que se altera el calendario en cinco semanas.

La razón pública es que la cocinera Eudora le ha preparado el inventario completo de la despensa pequeña para el mes de mayo, y la administradora doméstica necesita la mañana entera para repasarlo antes de la entrega oficial a Hawthorn a las tres.

La razón privada — que Cora le dejó caer a Pennywick anoche al cierre, según me lo trasladó Hawthorn a primera hora — es otra.

La razón privada es que Cora ha decidido que la administradora doméstica de la planta noble no aparezca en Ravenfell House este miércoles entre las once y las cuatro porque a las once y media va a presentarse en el zaguán de Ravenfell, sin haber pedido cita, la señora Mortlake.

La señora Mortlake, en el cálculo de Cora, va a pedir audiencia para una cuestión doméstica menor — el cottage del extremo norte de los Mortlake, en el que la candidata de Lancaster ha bajado la asignación a veintisiete libras al año, lo cual la señora Mortlake quiere comentar con la duquesa antes de aceptarla — y, en el cálculo de Cora, la verdadera razón de la visita no es el cottage. Es la frase del lunes.

La frase: «la señora Marlowe es huésped de mi mesa esta noche, no asunto de ella».

Cora calcula que la señora Mortlake va a llegar a Ravenfell a buscar la cara de la institutriz.

Y Cora, sin permitírselo del todo, ha decidido protegerla.

La administradora doméstica de la planta noble cruza el portillo del jardín del sur a las once y veintidós para que, cuando la señora Mortlake llegue al zaguán de Ravenfell a las once y media, Pennywick le pueda contestar — con la cara impasible de los mayordomos viejos que han ensayado la frase durante el desayuno — que la señora Marlowe está en Ashvere Hall esta mañana en una cuestión doméstica de la cocina, y que la institutriz no estará disponible hasta las cuatro de la tarde.

Cora ha movido el calendario. La administradora doméstica no se ha enterado.

Yo, en el despacho del primer piso de Ashvere Hall a las once y veintidós, sí.

Oigo los seis pasos del jardín del sur. Oigo la puerta de servicio del este abrirse. Oigo la voz pequeña con la que la administradora doméstica le da las gracias a Pearl de Ashvere por algo en el zaguán.

Y oigo, después, los pasos por la escalera principal.

La cabeza, durante los catorce segundos que tardan los pasos en subir, considera tres cosas a la vez.

La primera, que la administradora doméstica no se ha visto conmigo desde el lunes a las once menos diez en el zaguán de Ravenfell.

La segunda, que la administradora doméstica cruza el corredor del primer piso ahora por el lado del oeste — el opuesto al despacho — sin que el cálculo del calendario de hoy le haya pedido a Cora que cruzara por el del este.

La tercera, que la puerta del despacho del primer piso está, en este momento, entornada un palmo.

Los pasos llegan a la altura de mi puerta entornada.

Paran.

Cuatro segundos. La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall ha parado frente a la puerta entornada del despacho del señor de la casa. No la abre. No golpea. No habla. Solo para.

Yo no me levanto de la silla.