CAPÍTULO 23 #3
La señorita Sloane — la sobrina, del lado del oeste del comedor —, en el cuarto de segundo siguiente, se vuelve a Cael. Le hace una pregunta sobre Mayfair. Cael le contesta sin volverse a mí. Pero los cinco segundos los he tenido.
La cabeza, durante esos cinco segundos, advierte que Cael, esta noche, no está mirándome la cara. Está mirándome el broche de azabache de la garganta — el de mi madre.
Después, sin permitírmelo del todo, vuelvo al cordero.
El resto de la cena se sostiene en la cortesía del condado.
La señorita Sloane hace dos preguntas más sobre Mayfair a Cael.
La señora Holcomb me hace una sobre las clases de Pippa.
El rector Holcomb le hace al duque una sobre la colecta del nuevo órgano.
La señora Whitcombe me hace, durante el tercer plato, una sobre el bordado pequeño que su excelencia la duquesa está terminando — sobre las campanillas blancas — y yo le contesto en cuatro frases.
Cora, durante el tercer plato, vuelve a la conversación general.
Y, a las diez y veintidós minutos, cuando la señora Mortlake se levanta de la mesa para retirarse al saloncito con las otras mujeres, le hace, en el camino, a Cael, una segunda pregunta pequeña que no me llega entera desde el otro lado de la mesa.
Lo que sí me llega es la contestación de Cael. La contestación de Cael es:
—Señora Mortlake. La señora Marlowe es la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall desde el primer lunes de abril.
La asignación adicional la cierra Ashvere.
La asignación principal la cierra Ravenfell.
Las dos son justas. Y, si me lo permite la señora Mortlake, las dos son cifras que no se discuten en mi mesa.
—La señora Marlowe es huésped de mi mesa esta noche, no asunto de ella.
La frase me llega completa por el silencio que se produce en el extremo del comedor en los dos segundos siguientes.
Margaret Mortlake hace una inclinación pequeña.
Sigue al saloncito sin contestar. La señorita Sloane — desde mi izquierda, ya levantada también — me sostiene la mirada un segundo y medio al pasar por delante de mi sitio.
Yo me levanto.
Las mujeres salimos al saloncito amarillo del primer piso a las diez y veinticinco.
Los hombres se quedan en el comedor con el oporto.
Cora me sienta a su lado, en el sillón verde de orejas.
La señora Holcomb, en el sillón pequeño del lado oeste, hace una observación cortés sobre el cordero.
La señora Whitcombe asiente. La señora Mortlake bebe el oporto pequeño que Pennywick le ha servido sin mirarme.
La señorita Sloane se sienta junto a mí, en el banco bajo del piano.
La señorita Sloane, esta noche, ya no es la candidata que Cora orquestó en marzo. Es una mujer joven del condado que ha entendido que la administradora doméstica no es huésped de la mesa por cortesía. Y, con veintidós años, sin maldad, lo guarda.
Cora me toca otra vez la rodilla por debajo del mantel imaginario del saloncito amarillo — no hay mantel, pero el gesto es el mismo —, y me hace una pregunta cortés sobre el bordado de la madre.
Le contesto.
La cena se cierra a las once menos diez.
Los Mortlake salen los primeros — la señora Mortlake me hace una inclinación de tres grados al pasar, no de dos.
La diferencia es pequeña, pero la advierto.
Los Whitcombe, los Holcomb, los Sloane salen detrás.
Cael sale el último — me hace, en el zaguán, la inclinación de cuatro grados de la entrada.
Yo le devuelvo la inclinación con la cabeza.
—Lord Ashvere.
—Señora Marlowe.
Sin más.
Cuando la puerta principal de Ravenfell se cierra detrás del último caballero, Cora, en el zaguán, me mira.
—Bryn. Sube. Mañana no hay desayuno conmigo. Duerme.
Asiento. Subo por la escalera principal al cuarto. Cierro la puerta con llave. Me apoyo en ella un instante.
La cabeza, esta vez, no me devuelve los cinco segundos del candelabro. Me devuelve la frase de Cael en el extremo del comedor: «la señora Marlowe es huésped de mi mesa esta noche, no asunto de ella».
Me suelto el moño bajo apretado.
Me siento en el escritorio bajo la ventana — no para escribir.
Para sostener un momento la cabeza sin pedirle ninguna cuenta.
La luna alta de finales de abril entra por la ventana del jardín del sur.
La ventana del despacho del primer piso de Ashvere Hall, esta noche, no la veo encendida.
Lord Ashvere todavía está volviendo a Ashvere por el camino del este.
La cabeza no me hace la cuenta de los kilómetros.
La cabeza me devuelve la mano de Cora por debajo del mantel. Dos dedos sobre la rodilla derecha. La cortesía privada que las duquesas no le hacen a las institutrices en presencia de los Mortlake.
Eso, esta noche, no me lo permito sostener.
Esa noche, el cuarto del primer piso de Ravenfell House se queda en silencio durante los catorce minutos que tardo en quitarme el vestido azul oscuro y devolverlo al respaldo de la silla baja del rincón.