CAPÍTULO 23 #2
—Le pido permiso para una pregunta sobre el oficio.
Mi marido y yo cerramos el cottage del extremo norte de nuestra finca el invierno pasado, y, durante este verano, vamos a estar buscando una administradora pequeña que nos lo reorganice.
Mi cuñada de Westmorland me ha sugerido a una candidata de Lancaster, pero la candidata de Lancaster pide treinta libras al año.
La cifra me parece alta. ¿Le parece a usted que treinta libras al año es lo que una administradora del condado puede pedir?
La cabeza, durante un instante siguiente, advierte tres cosas.
La primera, que la señora Mortlake conoce mi asignación.
La conoce porque los Mortlake conocen a los Sloane, los Sloane conocen a la cuñada de Brennan, la cuñada de Brennan conoce, sin permitírselo a Brennan, las cifras del libro mayor doméstico de Ravenfell, y la cuñada — Lady Carmichael, no la conozco — se las habrá pasado a la señora Mortlake en una conversación de jardín del invierno pasado.
La segunda, que la pregunta no es sobre la candidata de Lancaster. La pregunta es la pregunta. La señora Mortlake me está preguntando, en presencia de las nueve personas de la mesa larga del comedor grande de Ravenfell, cuánto se me paga.
La tercera, que Cael — frente a mí pero diagonalmente, junto a la señora Holcomb a su derecha y la señorita Sloane a su izquierda en el otro lado — ha levantado los ojos del cordero y los ha puesto en mí.
Los ha puesto en el cuarto de segundo en que la señora Mortlake terminó la pregunta. No los ha movido.
Cora, a mi izquierda, sigue cortando el cordero sin parpadear.
Brennan, a mi derecha, sigue masticando el cordero sin moverse.
Los dos están dejándome contestar la pregunta sola.
Lo cual no es descortesía. Es la regla del condado para una administradora doméstica del condado externo que se sienta a la mesa larga de un duque por primera vez en dieciocho meses: la primera pregunta de un huésped del condado del sur sobre su oficio, la administradora doméstica se la contesta sola.
Si los anfitriones la contestan por la administradora, la administradora doméstica no vuelve a la mesa larga del duque la siguiente vez.
Si la contesta la administradora, la administradora vuelve.
Bajo el cubierto.
Apoyo las dos manos en el regazo. No miro a Cael — no porque no me permita la mirada, sino porque la señora Mortlake espera, y la cortesía exige que yo le sostenga la mirada a quien me hace la pregunta, no a un tercero del otro lado de la mesa.
—Señora Mortlake. Treinta libras al año, en una administradora doméstica que ha sido formada en una casa del norte y que va a reorganizar el cottage del extremo norte de su finca, es una cifra justa, no alta.
La administradora doméstica de Lancaster, además, según mi cálculo, va a pedirle a usted alojamiento durante el verano.
Las treinta libras incluirían el alojamiento, las dos comidas frías al día y la lavandería de las dos veces a la semana.
Le quedan a usted las contestaciones a las cartas, los enseres pequeños del oficio, y el reposo invernal.
Si la cifra le parece alta, le sugiero que la fraccione en dos pagos, con la indicación de que la segunda mitad se entrega al cabo de seis semanas, una vez la administradora doméstica le haya entregado a usted el inventario inicial.
Eso es lo que mi padre baronet Rowan hacía en Settle hasta mil ochocientos diez.
La señora Mortlake levanta media ceja.
La cabeza, durante el medio segundo en que la señora Mortlake levanta media ceja, recoge una cuarta.
La señora Mortlake no esperaba esa contestación.
La señora Mortlake esperaba que yo bajara la cabeza, contestara una cifra vaga, y devolviera la pregunta con una sonrisa pequeña.
Lo que ha recibido, en cambio, es la contestación de una mujer del condado que sabe lo que su padre el baronet Rowan le hacía a las administradoras de Settle en mil ochocientos diez.
Brennan, a mi derecha, deja el cubierto en el plato.
—Señora Mortlake. Una idea exquisita la del baronet Rowan. Yo, en Ravenfell, no la había puesto en práctica.
La señora Mortlake recompone la una sonrisa de un solo lado.
—Señora Marlowe. Le agradezco la explicación. Mi marido y yo lo consideraremos.
—No hay de qué, señora Mortlake.
Y bajo otra vez la vista al cordero. Cojo el cubierto. Corto el siguiente trozo. Como.
Cora, a mi izquierda, no comenta. Pero, en el siguiente cuarto de segundo, mete la mano por debajo del mantel y, sin que nadie de la mesa lo vea, me toca la rodilla derecha con dos dedos.
Es la cortesía privada de las duquesas que no felicitan a las administradoras doméstica delante de los Mortlake.
Lo cual significa, en el código pequeño de Cora, que la contestación ha sido exactamente la correcta.
Levanto los ojos al frente.
Cael me sostiene la mirada por encima del candelabro central. Cinco segundos. Sin sonrisa. Sin inclinación. Sin gesto. La misma cara del corredor del miércoles veintidós, ni una décima de grado más blanda.