CAPÍTULO 23
El vestido es el de mil ochocientos quince.
No por elección. Por inventario. El armario del cuarto del primer piso tiene cinco vestidos del condado — tres del día, uno de mañana de visita, uno de noche — y el de noche es el único que aguanta la temperatura del comedor grande de Ravenfell en abril.
Es de muselina azul oscuro, mangas largas, cuello cerrado con un escote en pico bajo que no se permite ver nada.
La hechura es de mil ochocientos quince — la última temporada en que viví en Furness sin haberme casado todavía con Renn, lo cual significa que el vestido lo encargué yo a la modista del condado de Yorkshire con la asignación pequeña que mi padre me dejaba cada Pascua.
Llevo tres años sin sacarlo del armario.
Mary me lo cepilló el sábado a primera hora, con la calma de las doncellas mayores que conocen la diferencia entre la muselina nueva y la de tres años, y me lo dejó en el respaldo de la silla baja del rincón el domingo a las siete de la tarde.
Lo desdoblo a las seis y veinte minutos del lunes.
La cabeza, durante la primera media hora de vestirme, no me pide permiso para hacer ninguna cuenta.
La cabeza me ayuda con los lazos del corpiño, con los botones pequeños de la espalda, con el moño bajo apretado, con el broche de azabache de la garganta.
La cinta del puño derecho, esta tarde, ninguna — la cena del comedor grande de Ravenfell no es de cintas.
La crema fina que la cocinera Beulah me ha dejado en la jofaina, sí.
Me la paso por la cara, por el cuello, por las dos muñecas.
A las siete y diez bajo por la escalera principal.
Pennywick me recibe en el zaguán con la cara impasible.
Me hace una inclinación menor — la de las institutrices que cenan, esta noche, sin la indicación de las institutrices que no cenan.
La cara, sin embargo, le baja un grado al mirarme la manga izquierda del vestido.
Pennywick advierte, en el cuarto de segundo posterior a la inclinación, que el vestido azul oscuro no es el de las cenas del condado de los últimos dieciocho meses. Pennywick no lo comenta.
—Señora Marlowe. Su excelencia la duquesa espera en el saloncito amarillo. Lord Ashvere ha llegado a las siete y siete. Está en el saloncito también.
Asiento.
Subo por la escalera principal al saloncito amarillo.
La cabeza, en los seis escalones del último tramo, sí me pide una cuenta pequeña.
La cuenta es: lord Ashvere, en las cenas de las primeras dos veces en el comedor grande de Ravenfell, ha llegado a las siete y veinte minutos y a las siete y treinta y dos minutos.
Esta noche ha llegado a las siete y siete, veintitrés minutos antes de la hora habitual. La cuenta no la sostengo del todo.
Pennywick abre la puerta del saloncito.
Cora está en el sillón verde de orejas, con el vestido de noche color marfil — el de la velada musical del nueve de marzo, lo cual es la primera vez que se lo pone en seis semanas.
Brennan, en el sillón pequeño del rincón, con la levita oscura del condado y una copa de jerez.
Lord Ashvere, de pie, junto a la chimenea, con la levita gris claro y la corbata blanca atada en el nudo simple de los Wyndham. Las tres caras se vuelven al entrar yo.
Cora hace una inclinación menor con la cabeza.
—Bryn. Pasa.
Cruzo el saloncito hasta el sillón pequeño del lado sur.
Lord Ashvere — que estaba de pie — hace media inclinación.
Cuatro grados. La que un señor del condado le hace a la administradora doméstica de su planta noble en el saloncito amarillo de la casa del duque vecino al cabo de cinco semanas y veintidós días de empleo.
Le devuelvo la inclinación con la cabeza.
—Lord Ashvere.
—Señora Marlowe.
Brennan, desde el sillón pequeño, levanta la copa de jerez.
—Bryn. Acepta un jerez antes de los Mortlake.
Cora se permite la sonrisa pequeña de un solo lado.
—Marido. La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere no acepta jerez en mi saloncito amarillo media hora antes de una cena con los Mortlake. Sirve agua.
—Cora.
—Marido, sirve agua.
Brennan se permite una sonrisa entera. Se levanta del sillón pequeño.
Va a la mesita lateral. Sirve un vaso pequeño de agua de la jarra de cristal — la que Pennywick le sube cada noche al saloncito por si su excelencia el duque, sin pedirle permiso a su excelencia la duquesa, pide algo además del oporto. Me trae el vaso.
Bebo dos sorbos.
Los siete minutos que faltan hasta la llegada de los Mortlake, los pasamos los cuatro en el saloncito sin demasiada conversación.
Cora le pregunta a Cael por el muro del prado del este de los Bell.
Cael le contesta brevemente — Tregarven se ha negado al pago, Ashvere lo asume entero, Walter Ashen empieza la piedra de Keswick el lunes próximo.
Brennan asiente. Cora pasa la octava puntada del bordado pequeño — esta vez sí ha bajado el bastidor — y observa, sin levantar la vista:
—Tregarven es un primo segundo terco. Tu tío lo sabía. Lo dejaste bien, Cael.
Y a las siete y veintinueve, Pennywick golpea dos veces y anuncia a los Mortlake.
Bajamos al comedor grande.
Brennan al frente con Cora. Detrás, Cael y yo.
La cortesía del condado, en una administradora doméstica del condado externo que la duquesa ha decidido sentar en su comedor grande por primera vez en dieciocho meses, exige que la administradora doméstica entre al comedor del brazo del señor de la casa al que sirve, no sola — la duquesa Cora ha calculado todo eso sin pedírnoslo a ninguno.
Cael me ofrece el brazo izquierdo en el primer escalón.
Le apoyo la mano en el codo con el peso pequeño de las administradoras doméstica del condado que han aprendido en mil ochocientos catorce a apoyar las manos en los codos de los señores del condado sin que se les note el peso.
Es la primera vez que toco a lord Ashvere.
La cabeza, durante los cuatro segundos en que bajamos juntos los escalones, no me pide permiso para guardarlo.
Cael no comenta el peso. Tampoco se mueve el codo. El brazo izquierdo se mantiene exactamente quieto durante los dos tramos de la escalera principal, hasta que el comedor grande de Ravenfell se abre delante de nosotros y la cortesía exige que se devuelvan las dos manos al costado.
Los Mortlake están ya en el comedor grande.
Thomas Mortlake — alto, seco, los modales del condado de Cumberland del sur — me hace la inclinación de cinco grados.
La que un terrateniente del condado le hace a la administradora doméstica del condado vecino la primera vez que la encuentra en la mesa larga del duque al cabo de diecinueve meses de no haberla encontrado allí.
Margaret Mortlake — la mujer, rubia, los ojos vivos —, en cambio, me hace la inclinación de dos grados. No la de cinco. La de dos.
La diferencia es pequeña. Pero es la primera cosa de la noche.
Los Whitcombe entran detrás. La señora Whitcombe, joven, callada, una inclinación de cuatro grados.
El señor Whitcombe, la de cinco. El rector Holcomb y su mujer — los dos, cinco.
La señora Sloane viuda y la señorita Sloane sobrina — esta noche con un vestido de noche color crema, demasiado fino para la cena del condado en abril, lo cual no comentaré — me hacen ambas la inclinación de cinco grados, pero la señorita Sloane sostiene la mirada al levantarse de la inclinación durante unos segundos más de lo que un huésped del condado le sostiene a la administradora doméstica del condado vecino.
Eso es la segunda cosa de la noche.
Cora ha colocado la mesa así. Brennan en la cabecera.
Cora a su izquierda. Yo al lado de Cora, a la izquierda del duque por la otra.
Cael, frente a mí, a la derecha del duque.
Mortlake y la señora Mortlake, juntos en el medio.
Whitcombe y la señora, en el otro lado del medio.
El rector Holcomb, junto a Cora. La señora Holcomb, junto a Cael.
Y las Sloane, las dos, al fondo de la mesa, frente al rector y junto a los Whitcombe.
La geometría es exacta.
Cora me ha sentado del lado del duque, no del lado del conde.
Eso significa que la conversación durante la sopa la voy a tener con Brennan, no con Cael.
Y la conversación durante el primer plato la voy a compartir, a la izquierda mía, con el rector Holcomb.
Cael, frente a mí pero diagonalmente, va a tener la conversación con la señora Holcomb durante la sopa y con la señorita Sloane durante el primer plato.
La señorita Sloane.
Pennywick sirve la sopa.
Brennan me ofrece la primera conversación de la noche.
Sobre el invernadero pequeño de Ashvere — sobre el cual Brennan, mil veces lo he visto, no quería oír nada en absoluto, pero al que esta noche, sin permitírselo del todo, dedica los primeros cinco minutos de la sopa.
La cabeza de su excelencia el duque está, esta noche, tratando de protegerme de lo que él calcula que la señora Mortlake puede preguntarme durante el segundo plato.
Lo entiendo. Le sigo el invernadero pequeño con dos comentarios cortos sobre el romero del huerto de los Ashen.
La señora Mortlake, dos sitios a mi derecha, no me hace ninguna pregunta durante la sopa.
Eso es la tercera cosa de la noche.
Pennywick recoge la sopa. Sirve el primer plato — el cordero del condado, con manteca, judías verdes, patatas asadas.
El rector Holcomb me hace, a mi izquierda, una pregunta cortés sobre Pippa y sobre el latín que la pequeña está aprendiendo.
Le contesto en frases cortas. Y entonces, en el sexto minuto del primer plato, la voz de la señora Mortlake me alcanza desde el medio de la mesa.
—Señora Marlowe.
Levanto la vista.
Margaret Mortlake me sostiene la mirada con la cortesía de las mujeres del condado del sur que han decidido, durante la sopa, lo que van a preguntarle a la administradora doméstica del condado externo durante el primer plato.