El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Tregarven me contesta en seis líneas.

Es la carta que esperaba — y, sin embargo, no del todo.

Esperaba evasivas. Esperaba la mención de un primo segundo enfermo, de un mal año en Furness, de la subida del precio del cobre.

Esperaba, en concreto, lo que un primo segundo del condado contesta a un señor del condado vecino que le pide siete libras y cuatro chelines por la mitad del muro bajo.

Lo que recibo, en cambio, viene firmado en una sola línea sin saludo:

«Conde de Ashvere. No pago. Tregarven».

Levanto las cejas. Releo. Doblo la hoja.

La guardo en el cajón de la mesa — no en el cajón izquierdo, en el del lado del fondo, donde mi tío guardaba lo que ya no merecía la pena trabajar.

Esa es la decisión hecha al cuarto segundo: Tregarven no va a oír otra carta de Ashvere antes de mil ochocientos veinte.

Las siete libras y cuatro chelines las asume Ashvere entero. Walter Ashen ya lo sabía el miércoles.

Lo demás de la mañana del viernes lo paso en correspondencia.

Le escribo al rector Holcomb sobre la bendición del primero de junio. Le confirmo la donación al órgano. Le aviso de que pasaré dos días antes en Keswick por si el rector quiere coordinar conmigo el orden de la ceremonia. La carta me sale en quince minutos.

Y, después de Holcomb, le escribo a mi madre.

Esa carta llevo tres semanas posponiéndola.

Dorian me lo recordó por su nota del catorce.

Mi madre me lo recordó por una nota corta que me llegó el martes anterior con la frase pequeña: «Cael, el invierno se acaba.

Si no me has escrito antes de mayo, bajo yo».

La frase es de mi madre — la frase que mi madre le ha escrito a sus dos hijos varones desde mil ochocientos quince a un ritmo de dos o tres veces al año.

La frase no es retórica. Mi madre ha bajado a Yorkshire en mil ochocientos dieciséis, a Sussex en mil ochocientos diecisiete, y al cottage de Croft el invierno pasado.

Las tres veces porque las cartas tardaban.

Le escribo dos páginas.

La primera, sobre Ashvere Hall, sobre la mina, sobre Wilkin firmado y resuelto, sobre los Bell y los Ashen.

Información que mi madre va a leer sin levantar las cejas, porque mi madre, en cincuenta y dos años de vida, ha leído este tipo de párrafos sobre fincas del condado siete veces.

Lo va a hacer con la cortesía de las marquesas mayores que entienden que el sobrino de Brennan está tomando posesión de la herencia.

La segunda página es la que importa.

«Madre — sobre tu carta del martes y la frase sobre mayo.

Si bajas en mayo, te espero. Si bajas en junio, también.

Te aviso, en cualquier caso, de que mi casa no está todavía preparada para una madre marquesa.

El cuarto del difunto señor — el que sería tuyo, si bajaras — se reabrirá el segundo lunes de mayo, según una indicación que le di a Hawthorn en marzo.

El cuarto del huésped principal — donde duermo yo — pasaría a tu disposición si vinieras antes del segundo lunes de mayo, en cuyo caso yo me trasladaría al cuarto del difunto antes de lo previsto, lo cual no es del todo deseable porque ese traslado lo tenía calculado para una fecha en concreto.

Lo digo sin disimulo: prefiero que bajes después del segundo lunes de mayo.

Antes, te recibo igual, sin que la planta noble esté lista».

«La segunda cuestión es la que Dorian, sin permitírselo del todo, te habrá insinuado en su última nota.

Madre — no, no voy a contestarte aquí esa pregunta.

Y, sí, voy a contestártela cuando bajes.

Antes no. Esa es la condición. Si bajas en mayo, lo hablamos en mayo.

Si bajas en junio, en junio. Pero no antes, y no por carta. — Tu hijo, Cael».

Releo la segunda página.

Mi madre la va a entender. La frase «la pregunta» no es ambigua para una duquesa que escribió la frase sobre el sobrino de Brennan en una carta a Cora en febrero.

Cuando mi madre baje — en mayo, en junio, da lo mismo —, va a entrar al patio de Ashvere con la cara de las marquesas mayores que ya saben lo que van a oír y vienen a oírlo en persona porque mi madre no acepta que un hijo varón le conteste por carta lo que se contesta de pie.

Sello la carta. La dejo en la bandeja de salida. Hawthorn la mandará con Tobías a la posta de Carlisle a las once.

A las once y veinte, Hawthorn me llama al despacho.

—Milord, una cuestión doméstica. El invernadero pequeño.

La cocinera Eudora me indicó ayer al té que las hierbas del huerto de los Ashen empiezan a venirse en mayo.

Si milord quiere reabrir el invernadero pequeño este año, lo cual sería la primera vez desde mil ochocientos catorce, el invernadero pequeño habría que limpiarlo antes del lunes diez de mayo.

Dos jornadas de Maud la lavandera. Una jornada del zagal de la huerta.

El coste, dos libras y catorce chelines en total.

Los cristales, los del año pasado están enteros.

La estufa pequeña del fondo, según el jardinero del valle que me lo confirmó en marzo, sigue tirando.

Bajo la pluma.

—¿Hierbas qué?

—Romero, salvia, hierbabuena. La menta no — la menta se sigue trayendo del valle. Lo del invernadero pequeño, según la cocinera Eudora, serían tres macetas grandes con las tres primeras.

Asiento.

—Concedido, Hawthorn. Las dos jornadas de Maud y la del zagal antes del diez. Que la cocinera Eudora le indique a Maud el día exacto.

—Como milord disponga.

Hawthorn permanece en el umbral. No se retira.

Levanto la vista. Esa pequeña pausa de los mayordomos viejos significa, en cincuenta y nueve días, una cosa: que la cuestión menor no es solo la del invernadero pequeño.

—Milord, una segunda cuestión, si me lo permite.

Su excelencia la duquesa de Ravenfell me hizo llegar ayer al mediodía una invitación formal por mano de Pennywick.

Cena del veintisiete a las siete y media, en Ravenfell House, comedor grande.

Cinco parejas, sin contar al duque y a la duquesa.

Los Mortlake. Los Whitcombe. El rector Holcomb con su mujer.

La señora Sloane, viuda. Y la señorita Sloane, la sobrina.

Le ruego a milord que confirme antes del sábado para que Pennywick le pueda contestar a su excelencia.

Asiento.

—Acepte usted en mi nombre. Sin demora.

—Como milord disponga.

Hawthorn baja la cabeza un grado. Pero — y esto lo capto en el cuarto de segundo posterior al grado de la inclinación — no termina la frase con la salida habitual.

Se queda. La luz de la ventana del despacho, a las once y veintiocho minutos del viernes veinticuatro de abril, le marca al mayordomo viejo la arruga que llevo dos semanas viéndole en la frente, debajo del nacimiento del pelo gris.

—¿Algo más, Hawthorn?

—Milord. La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall, según me lo dijo Pennywick anoche en la cocina, va a estar en la cena del lunes. No en su cuarto. En el comedor grande.

Bajo la pluma.

—¿La señora Marlowe?

—Sí, milord. Su excelencia la duquesa decidió la lista ayer al mediodía.

Pennywick le hizo a su excelencia la observación, sin permitírselo del todo, de que la señora Marlowe llevaba dieciocho meses sin sentarse a la mesa del comedor grande en presencia de los Mortlake.

Su excelencia la duquesa contestó a Pennywick que la observación era cortés, que la institutriz de su excelencia Pippa era, además, la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall desde el primer lunes de abril, y que el condado, en consecuencia, tenía que aprender a sentarse a la mesa con la señora Marlowe el lunes.

Levanto la vista a Hawthorn.

La cabeza considera dos cosas a la vez. La primera: que Cora ha decidido por su cuenta promocionar a la administradora doméstica del condado externo de la casa al comedor grande de la suya.

La segunda: que la administradora doméstica, esta tarde del viernes veinticuatro, no sabe todavía que el lunes se sienta a la mesa con los Mortlake.

Cora se lo comunicará el domingo al mediodía.

La cuarta es que yo, a las once y treinta y dos minutos del viernes veinticuatro de abril, en el despacho del primer piso de Ashvere Hall, tengo una decisión pequeña que tomar. La decisión es: ¿le aviso a la administradora doméstica de la planta noble?

Le miro a Hawthorn.

—Hawthorn, ¿la señora Marlowe sabe ya que va a estar en la cena?

—No, milord. Su excelencia la duquesa decidió ayer tarde que se lo comunicará a la institutriz el domingo al mediodía. Pennywick me lo confirmó en la nota de esta mañana.

—¿Y por qué Pennywick le ha dado a usted la información el jueves por la noche, si la señora Marlowe no la va a tener hasta el domingo?

Hawthorn no me devuelve la mirada. Tiene los ojos en el suelo del despacho — el punto exacto donde la pata derecha del escritorio se apoya en el parqué de pino del primer piso.

—Pennywick me lo dijo, milord, sin pedirle permiso a su excelencia.

Pennywick consideró — y esto, milord, es la información que el mayordomo de Ravenfell le permite al mayordomo de Ashvere transmitirle, sin permitírselo del todo a sí mismos — que el señor de Ashvere debía saber con cuatro días de antelación, no con un día.

Pennywick me indicó que la decisión es de milord.

Ni de su excelencia. Ni de la institutriz. Ni del propio Pennywick.

Levanto las cejas.

Pennywick, en sesenta y un días, no ha cruzado una franqueza grande conmigo.

Esta es la primera. El mayordomo viejo de Ravenfell le acaba de comunicar al mayordomo viejo de Ashvere, sin pedirle permiso a su patrona, una información sobre la institutriz que la patrona ha decidido no comunicarle al señor de Ashvere por ahora.

Eso, en el condado, en mil ochocientos dieciocho, lo hacen los mayordomos viejos que han decidido — sin permitírselo del todo — que el señor de la casa vecina merece la consideración.

Y la decisión, dicen los dos mayordomos viejos por una vía privada que su excelencia la duquesa de Ravenfell no conoce, es de milord.

Cierro la pluma.

La cabeza, durante el medio minuto que tarda en levantarse al asunto, considera lo siguiente.

Si yo le aviso a la administradora doméstica de la planta noble esta misma tarde, por una nota corta, de que sabe que estará en la cena del lunes, le quito a la duquesa Cora la sorpresa del domingo.

Cora no me lo va a perdonar. Cora me va a sostener la mirada al té del lunes y me va a indicar, con la sonrisa pequeña de un solo lado de las duquesas mayores que han recibido una franqueza del señor de la casa vecina, que la próxima vez no tendré la cortesía del aviso anticipado.

Pero, si yo no le aviso a la administradora doméstica de la planta noble, la administradora doméstica de la planta noble se entera el domingo al mediodía por boca de Cora, sin tiempo de preparar la cena del comedor grande de los Mortlake en la cabeza, sin haber podido elegir el vestido con dos días — y, lo que es más importante para una mujer del condado que lleva dieciocho meses sin cenar en presencia de cinco parejas, sin haber podido permitirse las cinco respiraciones del sábado que necesita una mujer del condado en su circunstancia.

La administradora doméstica de la planta noble, en mi cálculo, prefiere los dos días.

Y la duquesa Cora, en mi cálculo, va a aprender, sin permitírselo del todo, que un señor del condado vecino al que su mayordomo viejo le ha cruzado una franqueza por una vía privada respeta la franqueza del mayordomo viejo.

—Hawthorn, una nota corta a la cocinera Eudora.

Que esta tarde, antes del té de las cinco, bajen a la cocina del semisótano de Ravenfell un trozo del queso fuerte del valle de los Bell para la lady Pippa, como han hecho el miércoles.

Y que en el envoltorio de lino blanco que usan para Pippa, esta vez, Eudora deje un papel pequeño, doblado en cuatro, sin sobre, sin firma, dirigido a la cocinera Beulah.

El papel se lo entrega Pennywick a Beulah en la cocina de Ravenfell.

Beulah, en el cuarto de hora siguiente, sin que le pregunten, se lo entrega a la señora Marlowe en el saloncito amarillo, donde la señora Marlowe estará tomando el té con su excelencia y con la lady Pippa.

—Como milord disponga. ¿Y el papel?

Cojo la pluma. Saco una hoja pequeña del cajón. Escribo, sin sangría, en el centro, con la pluma firme:

«Señora Marlowe — lunes veintisiete, siete y media, comedor grande de Ravenfell.

Cinco parejas. Mortlake, Whitcombe, Holcomb, Sloane, la sobrina.

Y la administradora doméstica de la planta noble.

Su excelencia la duquesa de Ravenfell decidió la lista ayer al mediodía y se lo comunicará a la institutriz el domingo.

Tiene dos días. Sin más. El conde de Ashvere».

Doblo la hoja en cuatro. Se la entrego a Hawthorn.

Hawthorn la sostiene un instante con dos dedos. La cara impasible — la del jueves veintidós, la de la arruga de la frente — se le queda exactamente quieta. No la abre. No me pide la explicación. Solo asiente.

—Como milord disponga.

Sale del despacho.

Yo me quedo solo. Las once y cuarenta y siete. La pluma todavía mojada. La carta de Tregarven en el cajón del fondo. La carta a mi madre sellada en la bandeja de salida. Y, en la cabeza, la decisión que acabo de tomar — la primera que no se justifica con el oficio.

Llevo dos meses no permitiéndome formularla.

La acabo de formular.

La luz del despacho baja a la oblicua del mediodía. La franja del cuarto de hora entre las once y cincuenta y dos y las doce y siete — la única en la que el sol del valle entra entero — la sostengo sin permitirme corregir la observación, ni retirarla, ni ampliarla.

Después, a las doce y siete, cuando la luz del valle pasa a la franja siguiente y el despacho vuelve al gris habitual de las mañanas de finales de abril en Cumberland, recojo la pluma, la mojo, y le contesto a Croft la nota del lunes que tenía pendiente.

Croft me había preguntado, sin permitírselo del todo, si yo pensaba subir a Hertfordshire en julio para los días del marqués Mayhew, que tienen tradición de coincidir con el primero de la temporada de caza.

Le contesto a Croft en cuatro líneas. La primera, agradeciéndole.

La segunda, declinando. La tercera, sugiriéndole que la próxima vez que Clara y él bajen a Mayfair, pase por Cumberland el camino — el desvío son cinco horas, no más, y un cottage del valle de los Bell, propiedad del marido de Anne Ashen, dispone de tres dormitorios decentes que Walter Ashen me ofreció en marzo si algún huésped de Ashvere necesitaba el alojamiento.

La cuarta línea le digo a Croft, sin permitírmelo del todo, una cosa pequeña: «si Clara me hace llegar una segunda nota personal por una vía pequeña que mi madre conoce, le ruego le digas que la primera me llegó».