CAPÍTULO 21 #2
Me sostiene la mirada, sin moverse del sillón, durante los cinco segundos exactos que la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall, a las siete menos diez minutos del miércoles veintidós de abril de mil ochocientos dieciocho, tarda en cruzar el marco abierto del despacho del primer piso de la casa de su patrón doméstico.
Cinco segundos.
Yo no le devuelvo el saludo. Tampoco bajo la vista.
Tampoco la subo. Cruzo el marco al ritmo medio acelerado en el que llegué, sin parar — el cuerpo no me ha permitido parar — y sostengo la mirada de lord Ashvere durante los cinco segundos enteros con la cara de la administradora doméstica que ha entendido que el señor de la casa no quería saludarla.
Y, en el sexto segundo, cuando ya he cruzado el marco entero y la pared del corredor del oeste me separa del despacho, sigo caminando.
Bajo por la escalera principal.
Hawthorn me espera en el zaguán con la cara impasible.
Me entrega un sobre pequeño — la cocinera Eudora se lo ha pasado para Pippa, con el queso para el sábado.
Lo recibo. Le agradezco. Salgo al patio del este.
Tobías me hace la inclinación de los mozos al cierre.
Cruzo el patio. Salgo por la puerta del jardín del sur.
Cruzo el portillo del muro de piedra a las siete menos uno minuto.
El jardín del sur de Ravenfell House está empezando a oscurecer.
La lluvia firme del mediodía ha dejado todas las plantas con un brillo pequeño.
El sendero, mojado todavía pero firme. Camino al paso de las administradoras doméstica del condado que cruzan a la casa del duque al cierre de las tardes con un trozo de queso fuerte envuelto en lino para una niña pequeña.
Y, mientras camino, no me digo a mí misma ninguna frase pequeña sobre los cinco segundos. Los cinco segundos están donde están.
Cruzo la puerta de servicio del este de Ravenfell a las siete y dos.
Pearl me recibe en el zaguán pequeño con la cara impasible de las doncellas del condado que han aprendido a no preguntar a la institutriz por las tardes de los miércoles.
Le entrego el sobre con el queso para Pippa.
Pearl asiente. Sube al cuarto de juegos.
Yo subo por la escalera de servicio del este al cuarto.
Cierro la puerta con llave.
Me apoyo en ella un instante.
La cabeza, durante ese instante, todavía no me devuelve los cinco segundos.
La cabeza me devuelve, en cambio, una cosa pequeña que no había advertido al cruzar el marco.
En la mano derecha de lord Ashvere — la que estaba apoyada sobre el secante junto a la izquierda, sobre el papel que no estaba leyendo —, había un objeto pequeño.
Algo amarillo. Un grado más pálido que el amarillo del primer fresno del bosquecillo del norte. La flor.
La flor del martes.
Lord Ashvere, en el sexto segundo del cruce, tenía la mano derecha apoyada sobre el papel y, debajo de la mano derecha, la flor seca del primer fresno del bosquecillo del norte que Pennywick le pasó a Hawthorn el martes a primera hora dentro del cesto del correo.
La cabeza me la devuelve sin haberle pedido permiso.
Me siento un instante en la silla baja del escritorio bajo la ventana del cuarto.
La luz del jardín del sur, esta tarde, sigue dándole a la ventana de mi cuarto desde el oeste — la lluvia se ha ido del todo. La luz baja al brazo derecho del vestido gris claro. La cinta verde claro del puño, todavía intacta.
Y, sin pedirle permiso a la cabeza, me la suelto.
Es la primera vez en dos meses que la cinta del puño derecho de la manga se me cae al regazo en el cuarto a las siete y cuatro de la tarde de un miércoles.
La cinta verde claro queda doblada sobre la falda del vestido gris.
La recojo. La pongo en el cajón de la cómoda baja — no en el cajón del doble fondo, en el cajón de las cintas. Cierro el cajón.
Después me siento en el escritorio bajo la ventana. La luz oblicua del oeste sigue dándome en el brazo. La cabeza, durante el medio minuto siguiente, no hace ninguna cuenta. La permito.
Pippa golpea la puerta dos veces a las siete y once.
Le abro. La pequeña entra con el sobre pequeño del queso fuerte abierto en la mano, con una sonrisa entera de las que pone los miércoles a esta hora cuando la institutriz le ha bajado algo de Ashvere. Pippa me abraza el muslo izquierdo. Yo me arrodillo. Le doy un beso en la coronilla.
—Mi Bryn.
—Princesita.
—Pearl me dijo que el queso es del señor del cottage del oeste.
—Sí. Del señor Bell. Lo manda él a la cocina de lord Ashvere, y la cocinera Eudora lo manda al cuarto de juegos de la lady Pippa.
—¿Y de dónde lo manda lord Ashvere?
La pregunta llega sin transición. Las niñas pequeñas hacen las preguntas que importan al doblar la esquina.
Bajo la vista a la pequeña.
—Lo manda a la cocina, princesita. La cocinera Beulah recibirá un trozo igual mañana en Ravenfell.
Pippa asiente, satisfecha de la explicación. Sale corriendo al cuarto de juegos con el queso para enseñárselo a las muñecas.
Yo cierro la puerta detrás de la pequeña.
La cabeza, esta vez, me devuelve un solo pensamiento pequeño que no había pedido.
«Lord Ashvere no manda el queso. Lord Ashvere tiene la flor encima del papel».
Lo aparto.
Bajo al saloncito amarillo de su excelencia a las siete y veintidós.
Cora me recibe con el bordado pequeño de las campanillas blancas.
Brennan está al lado, en el sillón verde de orejas, con una copa de oporto.
Los dos me hacen una inclinación menor. Cora pasa la siguiente puntada sin levantar la vista.
—Bryn. Pasa. La cocinera Beulah ha hecho un cordero esta noche y mi marido tiene una idea sobre el invernadero pequeño de Ashvere que la administradora doméstica de la planta noble igual no quiere oír.
Brennan se permite una sonrisa pequeña.
—Cora, la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere no va a oír nada sobre el invernadero pequeño de Ashvere en mi saloncito un miércoles a las siete y veintitrés.
—Bien, marido.
Me siento en el sillón pequeño del lado sur.
La cara de la duquesa, esta tarde, ya no está al sol del norte.
La cara, en cambio, tiene el reposo de las anfitrionas mayores que han pasado por una conversación difícil con una institutriz por la mañana y han decidido cerrar la jornada con la institutriz y el duque en la misma sala sin volver a la mañana.
Yo, sentada en el sillón del lado sur a las siete y veinticuatro de la tarde del miércoles veintidós de abril, con la cinta del puño derecho ya guardada en el cajón de las cintas del cuarto, con la cabeza todavía sin la cuenta de los cinco segundos del marco del despacho del primer piso de Ashvere, acepto la copa de jerez pequeño que Brennan me tiende sin habérmela pedido a mí.
Bebo el primer sorbo despacio.
Está fría.