CAPÍTULO 21
Cruzo el portillo del jardín del sur a las dos en punto.
La lluvia firme del mediodía ha parado hace una hora.
El sendero del jardín del sur de Ravenfell sigue mojado.
Las botas me las he puesto las de cabritilla parda, no las de tarde — las de cabritilla parda aguantan el barro.
La capa de paño gris medio doblada sobre el brazo izquierdo.
El cuaderno encuadernado en piel oscura apretado contra el costado.
La cinta del puño derecho, hoy, es la verde claro que llevo desde el lunes — no la he cambiado.
Hawthorn me recibe en el zaguán sin el sombrero del señor en la mano.
Eso me lo lee la cabeza al cuarto paso del corredor de la planta noble.
Hawthorn, los miércoles, recibe a la administradora doméstica con el sombrero del señor en la mano si el señor acaba de volver al despacho — y sin él si el señor está fuera.
Esta tarde, sin sombrero. Lo cual significa que lord Ashvere no ha regresado todavía de la mañana.
—Señora Marlowe, la caja de los libros mayores anteriores está en el cuarto. Tres tomos. Mil ochocientos doce al catorce, mil ochocientos quince, mil ochocientos dieciséis al diecisiete. La cocinera Eudora le subirá el té a las dos y media.
Asiento. Subo por la escalera principal. Cruzo el corredor por el lado del oeste. La puerta del cuarto de la señora Henshaw está entornada un palmo — como la tengo yo desde el primer lunes, no entera abierta, no cerrada del todo.
Entro.
La caja de los libros mayores está, en efecto, encima de la mesa baja.
Caja de roble, ancha, con dos asas de cuero gastadas.
Hawthorn la ha subido del segundo piso él mismo, según dijo el lunes.
Los tres tomos dentro, en orden cronológico, con las cintas de tela que mi tío del señor usaba para marcar los volúmenes.
Saco el tomo de mil ochocientos quince. Lo abro por la página de los gastos del invernadero pequeño — la primera de las cuarenta y siete equivalencias. Empiezo a comparar la partida con el libro mayor del año en curso que tengo en la mesa, abierto a mi lado.
La cocinera Eudora me sube el té a las dos y veintiocho.
Lo deja en la mesa baja. La taza, con el terrón de azúcar oscuro disuelto al fondo — el mismo del lunes, sin que ella me lo haya preguntado — y la crema entera por encima. No comenta. Una inclinación menor. Se retira.
Bebo dos sorbos. Está caliente. Lo dejo en el platillo.
Trabajo veinticinco minutos seguidos.
La cabeza, durante esos veinticinco minutos, no se va a otra cosa.
La concentración en las equivalencias del libro mayor del año pasado se mantiene firme — el lápiz fino, los márgenes, los tachones, las dos columnas.
Eso es lo único que se me da bien hacer cuando llevo dos noches sin dormir más de cuatro horas.
La cabeza me funciona en lápiz fino, no en otra cosa.
A las tres y dos minutos llaman a la puerta.
Dos golpes.
—Adelante.
Es Hawthorn. Trae una hoja pequeña, doblada en cuatro, sin sobre. Me la entrega del lado izquierdo, no del derecho — el código pequeño que me ha enseñado desde febrero, sin que él lo sepa, y que esta tarde significa: nota del señor de la casa, no del condado externo.
—Señora Marlowe.
—Hawthorn, gracias.
Se retira.
Cierro la puerta detrás de él. No vuelvo al escritorio. Me quedo de pie junto a la mesa baja, con la hoja en la mano izquierda. La abro despacio.
Una sola línea.
«Señora Marlowe — la flor del primer fresno del bosquecillo del norte la recogí yo del bolsillo del chaleco el martes a las once y catorce. Sigue ahí. Le agradezco. Sin más. El conde de Ashvere».
Me siento.
No en la silla del respaldo — en la otra, la de fregar, la baja.
La silla baja me pone los ojos a la altura del borde de la mesa, donde dejé la hoja al sentarme.
La luz del cuarto de la señora Henshaw, a las tres y tres minutos de la tarde del miércoles veintidós, entra por la ventana del norte con la claridad firme de las tardes de Cumberland en abril, después de la lluvia.
Releo.
La leo tres veces seguidas — sin permitirme la cuarta. La firma es la de la nota del miércoles quince. Lord Ashvere ha escrito esta nota sin permitírselo del todo. Yo lo veo en la pluma — la primera línea le sale firme, la última con la pluma ya media seca.
Doblo la nota.
Cojo la pluma del escritorio. Saco una hoja pequeña del cajón. Sin pensarlo más de lo que la cabeza me permita pensar al cuarto paso después de leer una nota de un hombre del condado, escribo dos líneas. La primera, firme:
«Lord Ashvere — la recogió usted. No le ruego más. Sin firma».
Pongo el punto. Y entonces, antes de doblar — antes de permitirme doblar — me llega al costado izquierdo el peso pequeño del cuaderno encuadernado en piel oscura, que yo apoyé en la mesa al sentarme.
El cuaderno con las cuarenta y siete equivalencias, con la lista del menú del miércoles próximo, con el inventario de la despensa pequeña.
Es el cuaderno de la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall. No es el cuaderno gris de mi cuarto.
La cabeza, durante un segundo y medio, considera devolver la nota como administradora doméstica.
Después, sin permitírselo del todo, mojo la pluma otra vez y añado, debajo de la primera línea, una segunda con la pluma un grado menos firme:
«Hay otras dos en el primer fresno. Si milord las recoge, son suyas».
Bajo la pluma.
Doblo la hoja en dos.
La sostengo un instante en la mano. Después la dejo en el borde de la mesa baja del cuarto. Tiro de la cinta de la campanilla pequeña que Hawthorn me instaló el segundo lunes. Hawthorn aparece en cuarenta segundos.
—Hawthorn. Para el señor.
El mayordomo viejo coge la hoja. Sin sobre. Doblada en dos. La sostiene con dos dedos. Hace una inclinación pequeña. Sale.
Yo me quedo otra vez sola.
Vuelvo al tomo de mil ochocientos quince. Vuelvo a la página de los gastos del invernadero pequeño. La cabeza, sin embargo, no quiere volver al lápiz fino esta vez. La cabeza, durante doce minutos seguidos, no quiere hacer nada.
Lo permito.
Doce minutos de no hacer nada en el cuarto de la señora Henshaw.
Sentada en la silla baja. Con la taza de té tibio en la mesa.
Con el tomo abierto. Con la pluma sin mojar.
La luz de la ventana del norte, en esos doce minutos, baja un grado más oblicua.
La lluvia firme del mediodía dejó la pizarra del techo brillando, y el brillo, a las tres y veintidós minutos, sigue.
A las tres y quince, vuelvo al lápiz fino.
Trabajo cuarenta y dos minutos seguidos.
Las equivalencias del invernadero pequeño quedan tachadas todas a las cuatro menos tres.
Paso a las del cuarto de costura. Una partida del año pasado por noventa y cuatro libras sin justificación me hace pararme — la cifra es alta para un cuarto de costura, y la cocinera Eudora no maneja esa partida.
Lo apunto al margen para preguntarle a Hawthorn el lunes próximo. No al señor.
A las cuatro y veinte, la cocinera Eudora me sube el segundo té.
Esta vez no entra. Hawthorn me lo trae en una bandeja pequeña — taza nueva, agua caliente, dos rebanadas de pan, un trozo del queso fuerte. Lo deja en la mesa. Una inclinación. Se retira sin comentar.
Bebo el segundo té despacio. Como las dos rebanadas. El queso, la mitad — el resto lo envuelvo en la servilleta de lino para llevármelo a Pippa, que el queso fuerte del valle de los Bell le gusta desde noviembre y la cocinera Beulah, en Ravenfell, no lo trabaja.
A las cinco menos cuarto, oigo en el patio el ruido de un caballo.
Es Hume. Lo reconozco por la pisada — el alazán viejo de los Wyndham tiene una manera lenta y firme de cruzar el patio que ningún otro caballo de Ashvere comparte. Lord Ashvere ha vuelto. Tobías le recibe el caballo. La voz del mozo en el patio, pequeña, dando las instrucciones del cepillado.
La cabeza, durante el segundo siguiente al ruido de los cascos, no me ha pedido permiso para reconocer al caballo.
Lo permito.
Trabajo otros cuarenta minutos. A las cinco y veinticinco, la cabeza ya está cansada. Cierro el tomo de mil ochocientos quince. Lo devuelvo a la caja. Cierro el libro mayor del año en curso. Lo dejo en el centro de la mesa baja. Limpio la pluma con un trozo de paño. Tapo el tintero.
Recojo la capa de paño gris medio del respaldo de la silla. Recojo el cuaderno. Recojo la servilleta de lino con el queso para Pippa. Salgo al corredor.
La puerta del cuarto de la señora Henshaw queda entornada al palmo, como la tengo.
Cruzo el corredor por el lado del oeste hacia la escalera principal.
La puerta del despacho de lord Ashvere está abierta de par en par — no entornada, abierta entera.
Lo cual significa que el señor de la casa, sin permitírselo del todo, ha dejado la puerta abierta a propósito en el momento en que la administradora doméstica de la planta noble cruza el corredor en la dirección contraria a las siete menos diez minutos.
Acelero medio paso.
No lo acelero por evitarlo. Lo acelero por la cortesía exacta de las administradoras doméstica del condado que cruzan el corredor de la planta noble a la hora del cierre delante del despacho abierto del señor de la casa — el medio paso es el de los oficios, no el del azoramiento.
Y entonces, sin permitirme la pausa que la cabeza me pide, paro.
Paro porque el medio paso acelerado me ha llevado a la altura exacta del marco abierto del despacho del señor.
Y, dentro del despacho, sentado en el sillón de la mesa con las dos manos sobre el secante y la cabeza inclinada un grado al papel — no leyéndolo, no escribiéndolo, solo mirándolo —, está lord Ashvere.
Levanta la vista al pasar yo.
Cinco segundos.
No me llama. No me hace ningún gesto. No me saluda. No baja la cabeza para que yo crea que él no me ha visto. No la sube para que yo crea que él me invita a entrar.