CAPÍTULO 20
El miércoles amanece sin viento.
El cielo, alto. La luz, plana y clara desde el norte.
Tobías me trae a Hume al patio principal de Ashvere a las nueve menos diez.
Yo bajo del despacho a las nueve. Hawthorn no me acompaña esta mañana — se queda con la tarea del libro mayor del año pasado, que la administradora doméstica de la planta noble lleva trabajando dos lunes seguidos y necesita el contraste con los tres libros mayores anteriores que mi tío archivó en una caja de roble en el segundo piso.
Hawthorn va a bajar la caja él mismo a las once.
La administradora doméstica lo recibirá a las dos.
Yo cabalgo al oeste.
La cita en la granja de los Bell es a las diez.
La granja queda a cuarenta minutos al paso por el camino que rodea el bosquecillo de fresnos.
Hume el caballo conoce el camino — lo recorre dos o tres veces al mes desde marzo, cuando entendió que el camino del oeste no era el de Ravenfell.
Esta mañana lo cabalga sin que tenga que indicarle nada.
La cita con Walter Ashen es para hablar del muro bajo del prado del este de los Bell — el mismo muro del que Walter me habló en mi primera visita, y al que mi tío le iba a poner la piedra nueva en mil ochocientos quince.
La piedra nueva no se la puso. El muro lleva tres años abriéndose por la mitad del extremo norte.
Walter Ashen va a sostener conmigo, a las diez, una conversación de los hombres del valle: la piedra nueva no la pone uno solo, no la encarga uno solo, y, sobre todo, no la paga uno solo.
La mitad la paga el dueño de la finca contigua — un primo segundo de los Ashen al que llaman Tregarven, que vive en Furness y al que nadie ha visto en Cumberland desde el invierno de mil ochocientos diez.
Llego a la granja a las nueve y cincuenta y dos.
Walter Ashen me recibe al portón con la jarra de cerveza floja, el pan negro y un poco del queso fuerte. Anne Ashen se queda en la puerta de la cocina, sin acercarse, lo cual es la cortesía de las mujeres del valle cuando el asunto entre los hombres no es de la casa.
Walter se quita el sombrero. Yo el mío. Bebemos.
Le pregunto por el muro. Walter me lleva al extremo norte por un sendero estrecho. Le miro la piedra abierta. Le miro la pendiente. Le miro la junta inferior — la que mi tío no llegó a reforzar.
—¿Cuánto cuesta?
Walter calcula con los dos pulgares cruzados encima del bastón.
—Catorce libras y ocho chelines, milord. Si bajamos al cantero de Keswick a por la piedra blanca. Si la traen de Carlisle, dieciséis y diez.
—Que sea la de Keswick.
—Comprendido. Y Tregarven, milord.
Asiento.
—Le escribo yo a Tregarven la semana próxima.
Mi tío se carteaba con él dos veces al año en mil ochocientos doce.
La correspondencia no ha continuado. Yo le mandaré una nota corta a Furness pidiéndole la mitad del coste.
Si Tregarven se niega, lo pago entero Ashvere.
Si me responde con evasivas, esperamos seis semanas.
Si no responde, lo pago entero también. Pero esa parte, Walter, no se la cuente a Tregarven hasta que pasen las seis semanas.
Walter se permite la sonrisa pequeña de los granjeros del valle que han aprendido a callar.
—Como milord disponga.
Volvemos al portón. Anne Ashen me trae un trozo más del queso fuerte sin que se lo pidiera Walter. Lo acepto. Le doy las gracias. Subo a Hume.
Y entonces, en el patio, antes de cruzar el portón hacia el sendero del oeste, advierto una cosa que no había advertido al llegar: el cielo del extremo del valle, hacia el lago Bassenthwaite, se ha cerrado en una hora.
La luz plana del norte de las nueve ya no está.
Sobre el extremo del lago, una banda oscura — del color de la pizarra mojada — baja del oeste hacia el valle a la velocidad de las nubes que en Cumberland traen agua firme.
Walter lo ve a la vez que yo.
—Milord. Una hora, no más. Si milord se da prisa, llega a Ashvere antes de que rompa.
—Comprendido.
Bajo del patio al sendero al paso largo.
Hume el caballo, al cuarto minuto, advierte la nube él mismo — los caballos viejos del valle huelen el agua antes que los hombres — y me acelera el paso sin que se lo pida.
Cabalgamos los primeros veinte minutos al trote ligero.
La nube, a las diez y treinta y dos, ya cubre la mitad del cielo.
No vamos a llegar.
Eso me lo digo a las diez y treinta y nueve, cuando la luz del valle se baja un grado más y el viento del oeste empieza a levantar las primeras hojas del año en el camino.
La granja de los Bell, a mi izquierda, queda demasiado lejos para devolverme.
Ashvere, a mi derecha, demasiado lejos para llegar a tiempo.
Lo que queda en medio — entre el oeste y la curva del bosquecillo de fresnos del norte — es un cottage pequeño que conozco de los mapas pero al que no he entrado: el de Brennan, en el límite oeste de Ravenfell.
Es un cottage de cazador de los duques, sin habitar, con el techo de pizarra firme y la chimenea funcionando.
Brennan me indicó en una de las primeras conversaciones que la llave estaba debajo de la piedra plana junto al umbral, por si algún huésped de Ashvere o de Ravenfell se quedaba en el camino.
Le doy al caballo una indicación con las riendas.
Hume gira al norte. El sendero al cottage pequeño es una vereda mala — barro, piedras sueltas, dos curvas estrechas.
Cabalgamos los seis minutos al paso. Llegamos a la puerta del cottage a las diez y cuarenta y siete.
La piedra plana junto al umbral está donde Brennan me la había descrito.
Saco la llave. Abro la puerta. Meto al caballo en el pequeño establo cubierto adosado al lado del oeste.
La lluvia rompe a las diez y cincuenta.
Es agua firme. La del condado en abril cuando ha decidido caer entera durante una hora.
Cierro la puerta del cottage detrás de mí.
El interior está oscuro — una sola estancia con una mesa baja, dos sillas de respaldo, un banco junto a la pared del norte, una chimenea con leños secos preparados de algún cazador anterior, y un farol pequeño sobre la repisa.
Enciendo la mecha del farol con el yesquero que llevo en el chaleco.
La luz tibia se reparte sobre las cuatro paredes.
Hago lumbre. Los leños prenden a la tercera chispa. La chimenea tira bien — Brennan la habrá mandado limpiar al final del invierno. En diez minutos el cottage está caliente.
Me siento en una de las sillas.
La lluvia, fuera, cae sobre la pizarra del techo con el ruido de las aguas firmes del condado.
No hay nada que hacer salvo esperarla. Una hora, según el cálculo de Walter.
Quizá una hora y cuarto. Después, el cielo se abrirá, el sendero al norte estará embarrado, y yo cabalgaré a Ashvere despacio para que Hume no resbale.
La hora y cuarto la paso en silencio.
Las primeras dos horas las paso sentado en la silla mirando al fuego.
No me he traído libro. No me he traído cartas.
No tengo nada conmigo salvo el sombrero, el sobretodo gris claro mojado en los hombros y, en el bolsillo interior del chaleco, dos cosas.
La primera, la respuesta del rector Holcomb sobre la colecta del nuevo órgano que llevo dos días sin leer.
La saco. La leo. Es una hoja corta — el rector me agradece la donación y me indica la fecha de la bendición del órgano, el primero de junio.
La segunda cosa del bolsillo es la que el bolsillo lleva desde el martes a las once y catorce.
Es la flor del valle de los Bell.
Hawthorn me la dejó encima de la mesa baja del despacho del primer piso el martes por la mañana, sin decirme cómo había llegado.
Yo no le pregunté. La doblé en una hoja pequeña de papel verjurado y la guardé en el bolsillo del chaleco — del lado izquierdo.
Cinco pétalos amarillos, ya secos. Tallo corto.
Llevo dos días con ella contra el pecho.
Saco el papel. Lo abro junto al farol. La flor sigue entera. El amarillo, un grado más oscuro que el martes. La vuelvo a doblar. La vuelvo a guardar.
La hora y cuarto se me hace larga.
A la una menos cuarto la lluvia para. No del todo — sigue cayendo en finas tiras, como en las tardes de febrero —, pero el peso firme se ha ido. Salgo al patio pequeño. El cielo se está abriendo al norte. La pizarra del techo, recién mojada, brilla.
Saco a Hume del establo. Cierro la puerta del cottage. Pongo la llave debajo de la piedra plana. Subo al caballo.
Cabalgo a Ashvere por el sendero del norte despacio.
Lo cabalgo despacio porque la lluvia ha embarrado los dos primeros kilómetros, y porque tengo, en los cuarenta minutos de camino, una decisión que tomar.
La decisión es la siguiente.
La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall lleva, según mi cálculo basado en lo que Hawthorn no me ha contado y lo que la cocinera Eudora sí, dos lunes seguidos cruzando el portillo del jardín del sur sin mencionarme.
Eso es lo correcto. Eso es lo que pactamos en el saloncito amarillo de Ravenfell el viernes diecisiete.
Y eso es lo que la administradora doméstica de la planta noble cumple.
Pero el martes, la flor del valle de los Bell.
La flor pequeña, sin firma, sin cinta, sin más explicación, en el bolsillo del chaleco de Hawthorn al volver Hawthorn de Ravenfell la mañana del martes con una nota corta para la cocinera Eudora sobre cantidades de harina blanca.
La cocinera Eudora la recibió en la cocina del semisótano.
Pennywick — según me lo contó Hawthorn anoche al subir el correo — le había dado la nota a Hawthorn en la cocina de Ravenfell, sin decirle a Hawthorn que la administradora doméstica de la planta noble, al cruzar el patio de Ravenfell a las siete y dieciocho minutos del lunes veinte al volver de Ashvere, había recogido del primer fresno del bosquecillo del norte una flor amarilla seca, y se la había puesto a Pennywick en el cesto del correo del martes a primera hora, sin decirle a Pennywick para quién era.
La cadena la entiendo a las cuatro paradas que dio la flor: institutriz, cesto de Pennywick, bolsillo de Hawthorn, mesa del despacho. Lo que no entiendo es la decisión exacta de la institutriz al recogerla.
Y, sin embargo, la flor está en mi bolsillo del chaleco, doblada en el papel verjurado, desde el martes a las once y catorce.
Hume cabalga por el sendero del norte. La lluvia fina se reduce a las dos menos veinte.
Cuando llego al patio principal de Ashvere a las dos y cinco, Tobías me recibe sin comentar el barro de las botas.
Hawthorn baja a recibirme. La administradora doméstica de la planta noble ya ha cruzado el portillo del jardín del sur a las dos en punto y está, según lo previsto, en el cuarto de la señora Henshaw.
—Milord, la señora Marlowe ha llegado a las dos. Le he subido la caja del segundo piso al cuarto. Está revisando el libro mayor de mil ochocientos quince.
Asiento.
—Hawthorn. Subo al despacho a cambiarme el sobretodo. Indíquele a la cocinera Eudora que me suba el almuerzo tarde, a las tres.
—Como milord disponga.
Subo al despacho. Beth me sube agua tibia. Me cambio la camisa. Me seco el pelo con la toalla de lino. Me pongo la levita gris seca.
A las dos y treinta y dos, llamo a Hawthorn. Entra al instante.
—Una nota a la administradora doméstica, Hawthorn. Que la baje usted personalmente, no Beth. La nota va sin sobre. Doblada en cuatro.
Hawthorn no me pide la nota. Espera.
Saco una hoja pequeña del cajón. Mojo la pluma. Escribo, sin sangría, en el centro:
«Señora Marlowe — la flor del primer fresno del bosquecillo del norte la recogí yo del bolsillo del chaleco el martes a las once y catorce. Sigue ahí. Le agradezco. Sin más. El conde de Ashvere».
Doblo la hoja en cuatro. Se la entrego a Hawthorn.
Hawthorn baja. Cruza el corredor del primer piso por el lado del oeste. Golpea dos veces la puerta del cuarto de la señora Henshaw. Le oigo entregarle la nota sin hablar. La puerta se cierra. Hawthorn vuelve por el lado del este.
Pasan tres minutos.
A los tres minutos, llaman a mi puerta dos golpes.
—Adelante.
Es Hawthorn. Trae una hoja pequeña doblada en dos.
—Milord, la señora Marlowe.
Tomo la hoja. La abro. Una sola línea, en la caligrafía pequeña que ya conozco, con la pluma firme:
«Lord Ashvere — la recogió usted. No le ruego más. Sin firma».
Y, debajo, en una segunda línea más pequeña, con la pluma un grado menos firme:
«Hay otras dos en el primer fresno. Si milord las recoge, son suyas».
Doblo la hoja.
La guardo en el bolsillo interior del chaleco, del lado izquierdo, junto a la del martes.
Levanto la vista a Hawthorn. Hawthorn no me devuelve la mirada — espera, con las manos cruzadas a la espalda, en el umbral.
Tampoco la cara impasible esta vez es del todo impasible.
La luz tibia del despacho, a las dos y treinta y nueve de la tarde del miércoles veintidós, le marca al mayordomo viejo una arruga en la frente, debajo del nacimiento del pelo gris, que no le había visto en los cincuenta y nueve días anteriores.
—Le agradezco, Hawthorn.
—¿Sin respuesta, milord?
—Sin respuesta.
Asiente. Se retira.
La puerta del despacho se cierra detrás de él.
Yo me quedo solo. El reloj de pared del rincón da las dos y cuarenta y dos. La lluvia, fuera, ha parado del todo. El sol bajo del oeste, en una rendija pequeña entre dos nubes, le entra al despacho por la ventana del este — la luz dura quince segundos. Después se va.
La hoja en el bolsillo izquierdo, contra la flor seca, contra la respuesta del rector, pesa lo que pesan las hojas pequeñas dobladas en dos. Nada.
Durante las tres horas y veintidós minutos que quedan de tarde, no voy a sacarla del bolsillo. La sé.