El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

—Le pedí el parecer, Cora, porque Maren me dejó una carta en la mano la mañana del lunes que su excelencia el conde de Ashvere no habría conocido si yo no se la leía.

Y porque la única persona del condado que iba a entender, sin que yo se lo explicara, por qué no iba a aceptar a Maren en Ravenfell por seis semanas durante esta primavera, era él.

La duquesa de Wyndham se equivocó, Cora.

Lord Ashvere no es un hombre tranquilo. Lord Ashvere es un hombre que le alza la voz a su mayordomo viejo a las cuatro menos uno de un lunes y, al oír los dos pasos de una mujer del condado contra la pared del este del corredor, no le pide a la mujer del condado que se retire ni le manda a Hawthorn a cerrar la puerta.

Le concede a la mujer del condado, sin pedirle el parecer, cuatro días sin cruzar el portillo.

Y, al quinto, le retira los cuatro días con la palabra exacta.

—Eso no es tranquilo, Cora. Eso es otra cosa.

Cora me sostiene la mirada.

La duquesa, en cincuenta y siete minutos de conversación al té del primero de marzo, en los dieciséis encuentros del saloncito amarillo de las dieciocho semanas anteriores, en los tres años de conversaciones de cena privada con su marido sobre el sobrino de Brennan que iba a heredar Ashvere, no ha oído a la institutriz de la pequeña usar la palabra «otra cosa» para describirle a un hombre del condado.

La palabra le entra por la cabeza con el medio grado de retraso que las duquesas mayores conceden a las palabras nuevas.

Después, sin permitírselo del todo, asiente.

—Bryn, le pedí perdón a la persona equivocada. La duquesa de Wyndham se equivocó, sí. Pero yo, además, te lo he transmitido como si la duquesa de Wyndham hubiera acertado. Y eso es el segundo error que me corresponde a mí, no a la duquesa de Wyndham.

Bajo la cabeza un grado.

—Le agradezco, Cora.

La duquesa apoya las dos manos en las rodillas.

Sin moverse del sillón verde de orejas. La luz blanca del norte sigue cayéndole en el costado derecho.

La cicatriz pequeña no le baja al pasar la nube — porque la nube no pasa todavía.

El sol del martes a las once y diez de abril mantiene el costado entero al sol durante los próximos veintiocho minutos.

—Una cosa más, Bryn. Pippa lleva el sábado pasado con una pregunta que no me ha hecho. Pippa, ayer al baño, le preguntó a Pearl, sin permitírselo a sí misma, una cosa pequeña. La pequeña le preguntó a Pearl si su Bryn iba a dejar de ser su Bryn algún día.

Bajo la cabeza.

Cora no me hace la pregunta. Cora me la pone delante.

—Pearl le dijo a la pequeña que mi Bryn iba a ser su Bryn hasta que la pequeña fuera una mujer mayor y, en algún momento de las décadas siguientes, dejara de ser pequeña.

Pearl, en mi cocina, es la doncella más serena que tengo.

Le contestó a la pequeña en el tono justo.

La pequeña aceptó. Subió al cuarto. Durmió bien.

—Yo, Bryn, te pongo la pregunta delante porque la pequeña va a volver a hacérsela. Y la siguiente vez no se la va a hacer a Pearl. Te la va a hacer a ti.

Levanto la vista a la duquesa.

—Cora, no le voy a mentir a la pequeña.

—Lo sé. Te pido que, cuando la pequeña te la haga a ti, le contestes lo que le contestó Pearl. Aunque la respuesta no sea exacta. Pippa tiene seis años. Las respuestas exactas se las daremos a Pippa cuando Pippa tenga catorce.

Asiento medio grado.

Cora se permite por fin coger el bastidor pequeño — el de las campanillas blancas, sí, el que llevaba sin tocar en la conversación — del cesto que tiene a los pies del sillón verde de orejas. Lo coloca sobre el regazo. Pasa la primera puntada de la mañana sin levantar la vista.

—Eso, Bryn, es todo.

Bajo la cabeza.

—Le agradezco, Cora.

Cruzo el saloncito al umbral. Pennywick me abre la puerta. La cierra detrás. Bajo por la escalera principal al primer piso. Cruzo el corredor al cuarto.

Me siento un instante en la silla baja del escritorio bajo la ventana.

La cabeza, durante los dos minutos que le concedo, no hace ninguna cuenta.

No me digo a mí misma ninguna frase pequeña sobre lord Ashvere.

No me permito ninguna conclusión sobre la palabra «otra cosa» que le he soltado a la duquesa de Ravenfell en su propio saloncito amarillo a las once y nueve minutos.

Lo único que hago es coger el sobre con la carta a la tía Hester, que sigue encima del escritorio. Lo bajo a Pennywick por la escalera principal. Pennywick lo recibe sin comentar. Lo manda con Tobías a la posta de Carlisle a las once y media.

El sábado veinticinco, según el cálculo de la posta del invierno, Maren va a recibir mi palabra firme sobre la casa de los tíos políticos.

Subo otra vez al cuarto.

La cabeza, esta vez, sí hace una cuenta pequeña.

La duquesa me ha pedido perdón por haberme leído mal una frase de la duquesa de Wyndham.

Y, en algún momento de esta semana, una flor pequeña del valle de los Bell que ayer le dejé a Hawthorn en el bolsillo del chaleco — sin firma, sin cinta — va a aparecer encima de la mesa baja del despacho del primer piso de Ashvere Hall.

La cuenta no la voy a guardar.

Bajo la vista al cajón del doble fondo del escritorio.

No lo abro. La nota de Clara de la primera hoja sigue allí, doblada en cuatro.

La nota del conde de Ashvere del miércoles quince, encima.

La carta a Maren la del trece sin escribir, debajo.

Y, en algún momento del próximo año, todas esas cosas pequeñas van a tener que salir del cajón del doble fondo o quedarse para siempre. Pero no hoy.

Hoy es martes.

Y, el miércoles próximo a las dos en punto, voy a cruzar el portillo del jardín del sur otra vez.

Y la cocinera Eudora — sin pedir permiso a nadie, sin que yo se lo haya pedido a Hawthorn — me va a servir el té de las dos y media con un terrón de azúcar oscuro disuelto antes de que yo levante la taza.

Esa vez, sin que yo lo permita del todo, sí me lo voy a beber.