CAPÍTULO 19
La carta a la tía Hester la escribo a las nueve y media de la noche, sentada en la silla baja del escritorio bajo la ventana del cuarto.
No la escribo a la primera. La primera versión me sale en cinco frases firmes que no le dejan a la tía Hester un solo hueco para responder.
La leo. La rompo. La segunda me sale en doce frases blandas que le dejan demasiado.
La rompo también. La tercera me sale en ocho.
La doblo. La meto en el sobre. La lacro con el sello pequeño que su excelencia la duquesa me dejó en mi primer año por si necesitaba la posta directa de Carlisle sin pasar por Pennywick.
Es la primera vez en dieciocho meses que uso el sello.
La carta tarda cuatro días en llegar a Settle.
Eso, esta noche, no es de mi cálculo. Es lo que el cochero de la posta de Carlisle ha dicho durante todo el invierno, lo cual significa que la tía Hester recibirá la palabra firme sobre la casa de los tíos políticos el viernes veinticuatro.
Maren, ese viernes, se va a la casa de los tíos políticos el sábado por la mañana.
La tía Hester se queda con el brazo izquierdo curándose. La prima Adelaide tiene piano.
Asunto cerrado.
Lo único que queda por hacer esta noche, antes de bajar la mecha del candil, es una segunda carta.
A Maren, no a la tía Hester. La carta a Maren se la escribo más despacio.
Le repito el cálculo. Le agradezco la franqueza.
Le pido — y esta es la cortesía pequeña que las hermanas mayores le pedimos a las pequeñas cuando llevan tres años sin tocar — que en julio, si la prima Adelaide y la tía Hester lo permiten, prepare conmigo por carta una sonata de Clementi a cuatro manos para tocarla, en Navidad de mil ochocientos diecinueve, si el condado nos lo permite.
La sexta del segundo libro. La pequeña, en sol mayor.
La firma me sale firme. La meto en otro sobre. La lacro.
Bajo la mecha del candil. Me meto bajo el edredón. La ventana del despacho de Ashvere, esta noche, según la mancha pequeña en la copa del primer fresno, se apaga a las once y dieciocho — más temprano que cualquiera de las cinco noches anteriores. Lo cual no me digo a mí misma esta noche.
El martes amanece con sol.
Es el primer sol del condado en cuatro días — el cielo plomo de la semana pasada se ha levantado durante la noche, y a las siete menos cuarto, cuando Pearl me sube la jarra del agua caliente, la luz blanca del norte entra por la ventana del cuarto con una claridad que llevábamos sin tener desde el viernes diez.
Pearl deja la jarra. Me hace una inclinación menor. Antes de retirarse, sin mirarme:
—Señora Marlowe.
—¿Sí, Pearl?
—Su excelencia la duquesa pide compañía en el saloncito amarillo a las once. Sin Pippa. Sin el bordado.
Levanto las cejas un instante.
—¿Sin el bordado?
—Sin el bordado, señora Marlowe.
Pearl se retira.
Eso, en su excelencia, es una rareza. La duquesa borda en todas las conversaciones del saloncito amarillo desde que la conozco. Si Cora pide compañía a las once sin bordado, es porque la conversación que va a tener con la institutriz no es de las que se sostienen con la aguja en la mano.
Me visto despacio. El vestido gris claro de las mañanas.
El moño bajo apretado. Sin cinta en el puño — los martes no llevo cinta.
El broche de azabache de la garganta. Tomo el desayuno con Pippa en el cuarto de juegos.
La pequeña, esta mañana, está alegre. Le ha pasado lo que les pasa a las niñas pequeñas cuando han tenido la conversación seria con la madre y la conversación seria con la madre se ha quedado en el lado del sábado: la solemnidad se le ha caído como una capa pequeña en la puerta del cuarto.
Pippa quiere su libro azul. Pippa quiere su muñeca de la cinta amarilla.
Pippa quiere saber si lord Ashvere ha encontrado el pastel.
—Lord Ashvere encontró las dos cucharadas del pastel, princesita. Hawthorn las subió al despacho en un plato pequeño.
—¿Le gustaron?
—Le gustaron, princesita.
—¿Lo dijo Pearl?
—Lo dijo Pearl, sí.
La pequeña asiente, satisfecha del informe. Vuelve al libro azul. Yo me quedo el resto de la primera lectura con la cabeza un poco fuera, porque a las once tengo el saloncito sin bordado, y al saloncito sin bordado no me sé llegar todavía.
Subo al saloncito a las once menos dos.
Pennywick me abre la puerta sin anunciarme.
Cora está sentada en el sillón verde de orejas con las dos manos sobre el regazo, sin el bastidor, sin la taza, sin la labor pequeña que las anfitrionas mayores ponen entre las dos para que la conversación tenga apoyo.
Lleva un vestido de mañana de paño marrón, no el chal de lana clara.
La luz blanca del norte le cae a la duquesa en el costado derecho.
La cicatriz pequeña de la mejilla derecha — la de la viruela del setenta y nueve, la que su excelencia el conde mencionó el viernes —, esta mañana, le queda al sol.
Me hace una inclinación pequeña con la cabeza. No me indica el sillón. Lo cual significa que Cora prefiere que la conversación no se sostenga desde la silla del lado sur, sino de pie.
Me quedo de pie.
—Bryn, anoche dormí mal.
Bajo la cabeza un grado. No le contesto.
Cora, durante el medio minuto que tarda en levantar otra vez la vista del regazo, no espera contestación.
Es la pequeña franqueza de las duquesas que han decidido empezar una conversación con la institutriz de la pequeña con la primera frase que se les viene a la cabeza al levantarse, sin la corrección posterior.
—Te escribí a la duquesa de Wyndham una carta hace siete semanas.
Antes de que Cael bajara a Cumberland. Le pedí información sobre el sobrino de Brennan que iba a tomar la herencia de Ashvere.
La duquesa de Wyndham me contestó con un párrafo breve.
En el párrafo había una frase pequeña que yo, esa tarde, sin permitírmelo a mí misma, te leí en voz alta al té sin haberte dicho que era de la duquesa de Wyndham.
Te la leí como si fuera una frase mía. Te acuerdas de la frase.
Era sobre un hombre que ha pasado siete años de Mayfair siendo aburrido, y que en Cumberland podría dejar de serlo.
Levanto las cejas un instante.
Esa frase la conozco. La conozco porque Cora me la leyó al té el seis de marzo, dos días antes de la primera invitación al té de la mujer del rector.
Yo, ese seis de marzo, no le contesté nada.
La frase me dejó con una taza fría en la mano durante doce minutos y se me quedó dentro durante la semana siguiente.
La cuarta tarde, en el cuaderno gris, le escribí a Maren la primera carta en la que mencioné, sin nombrarlo, al sobrino de Brennan.
—Sí, Cora.
—Yo te leí esa frase aquella tarde porque la duquesa de Wyndham me dio la información, y porque, en el momento en que la duquesa de Wyndham me la dio, yo, sentada en este sillón con la carta en la mano, decidí — sin haberlo pensado en los dieciocho meses anteriores — que en el condado había una mujer que podía hacerle bien al sobrino de Brennan, y que esa mujer eras tú.
Esa decisión la tomé yo sola, sin pedírtele permiso a tu marido difunto en la tumba ni a Brennan en el despacho del oeste. Esa decisión, Bryn, la voy a retirar.
Bajo la vista al suelo del saloncito.
—¿Su excelencia me la retira por algo que ha pasado?
—Te la retiro porque he leído la frase mal, Bryn.
La duquesa de Wyndham, al describirme al sobrino, me describió a un hombre tranquilo.
Yo, esa tarde, leí «tranquilo» como «adecuado para la institutriz de mi pequeña».
Lo mismo no es. Un hombre tranquilo puede ser adecuado para una mujer que ha pasado por lo que tú pasaste, sí.
O puede ser, exactamente, la peor cosa que le podría pasar a una mujer que ha pasado por lo que tú pasaste.
La frase de la duquesa de Wyndham no me lo dijo.
Yo, sin permitírmelo, di por hecho lo primero.
Cora baja las dos manos a las rodillas.
—Anoche Cael te subió al despacho. Eso me lo contó Pennywick, sin pedir permiso a Hawthorn, en la cocina, a Beulah, esta mañana.
Beulah, sin pedir permiso a Pennywick, me lo subió en la bandeja del té de la mañana en una nota pequeña que yo, sin permitírmelo, leí.
Cael te recibió en el cuarto de la señora Henshaw, no en el despacho.
Cinco minutos. Cuestión doméstica menor.
Le pediste a Cael — y esto no me lo cuenta la nota de Beulah, esto te lo pregunto a ti — el parecer de Cael sobre tu hermana pequeña.
Asiento.
—Tú no le pides el parecer a Cael sobre tu hermana pequeña en una primera tarde sola en el cuarto de la señora Henshaw a las tres y treinta y dos minutos.
Tú no le pides el parecer a Cael sobre nada que no sea el menú del miércoles próximo o las cuarenta y siete equivalencias del libro mayor.
Tú no le pides el parecer a Cael, Bryn, porque tú llevas dieciocho meses no pidiéndole el parecer a nadie.
Y yo, esa decisión que tomé sola hace siete semanas, la voy a retirar porque la decisión la tomé sin pedírtele permiso a la única persona del condado a la que le habría tenido que pedírselo. Que eres tú.
La duquesa levanta la vista.
La cicatriz pequeña de la mejilla derecha, al sol del norte, se le ve hoy con más claridad de la que tiene en las tardes. Cora baja la voz un grado.
—Bryn, te pido perdón.
Eso me llega sin haberlo esperado.
Su excelencia la duquesa de Ravenfell no le pide perdón a una institutriz del condado en su propio saloncito amarillo a las once y siete minutos de un martes veintiuno de abril.
Eso no se hace en mil ochocientos dieciocho.
Una duquesa, en este condado, le pide perdón a su marido, a una hija, a su mejor amiga del internado de mil setecientos ochenta y siete que vive ahora en Sussex, y a nadie más.
Y, sin embargo.
—Cora, yo le pedí el parecer a lord Ashvere ayer en el cuarto de la señora Henshaw.
Cora baja medio grado la cabeza.