CAPÍTULO 18 #3
—Milord.
—Señora Marlowe.
—Le agradezco.
Le hago la inclinación pequeña. Cruzo el cuarto al umbral. Salgo. La puerta se queda entornada un palmo a mis espaldas, no abierta entera. Eso lo cierro yo mismo, al pasar — un cuarto de pulgada más, para que la entornada quede a la geometría exacta del lunes, no a la del viernes.
Subo al despacho del primer piso por la pared del oeste.
Me siento. Apoyo las dos manos en las rodillas.
La cabeza, durante los dos minutos que le concedo de silencio, no hace ninguna cuenta.
No me digo a mí mismo ninguna frase pequeña.
No me permito ninguna conclusión sobre el nombre de Renn Marlowe, sobre la mano apoyada en la mesa, sobre el azul lavanda del puño derecho de la manga.
Solo bajo la cabeza.
Cuando la levanto, dos minutos más tarde, advierto, sin haberlo querido advertir, una cosa pequeña.
La luz del despacho, a las cuatro menos diez de la tarde de un lunes veinte de abril, ha bajado un grado en la ventana del este.
Eso significa, en la geometría de Cumberland, que en menos de un cuarto de hora la luz va a bajar a la oblicua de las cuatro y media.
Y, en la oblicua de las cuatro y media, la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall, dos cuartos al norte del despacho del señor, va a tener que encender el candil pequeño que Hawthorn le ha dejado preparado encima de la mesa baja del cuarto de la señora Henshaw desde el primer lunes de abril.
La administradora doméstica no me va a pedir el candil.
La administradora doméstica va a encender el candil ella misma con la mecha pequeña que Hawthorn le ha dejado en la cajita del rincón.
Lo cual significa, en la geometría exacta del señor del condado que ha entendido lo que la administradora doméstica le ha pedido esta tarde, sin pedírselo del todo, lo siguiente.
Que el señor del condado no le va a mandar a Hawthorn al cuarto de la señora Henshaw a encender el candil pequeño por la administradora doméstica.
Que el señor del condado tampoco va a bajar él mismo.
Que el señor del condado va a quedarse en el despacho del primer piso de Ashvere Hall hasta las siete en punto, hora del cierre de las tardes de los lunes, cuando la administradora doméstica vuelva a cruzar el portillo del jardín del sur en la dirección contraria.
Y, en las dos horas y veintidós minutos que faltan, el señor del condado va a aprender una cosa que llevaba treinta y tres años sin aprender.
Que el silencio del primer piso, entre la una del despacho y la dos del cuarto de la señora Henshaw, se llena con la luz del candil pequeño que la administradora doméstica enciende sola al cabo de la oblicua de las cuatro y media.
La voz alta no se le va a volver a salir al señor de Ashvere a tres metros del corredor donde la administradora doméstica pase.
Porque la administradora doméstica, esta tarde, en el cuarto de la señora Henshaw, le ha contado al señor — sin que el señor se lo haya preguntado — una cosa pequeña sobre un cuarto de Furness y una hermana pequeña de catorce años.
Hawthorn entra a las cuatro y dos minutos con el correo de la tarde.
Es Hawthorn, no Beth, porque Hawthorn ha decidido subir él mismo el correo, lo cual no hace los lunes a esta hora habitualmente.
Trae dos cartas. La de arriba, de Mayfair, de mi madre.
La de abajo, de Hertfordshire, de Croft — una respuesta a mi nota de esta mañana, lo cual es imposible por la distancia, lo cual significa que Croft me ha escrito antes de recibir la mía, lo cual significa que Croft, esta semana, ha querido escribirme dos veces y yo solo me he enterado de la primera.
Las dejo encima del secante.
Hawthorn se queda un instante en el umbral.
No se retira. La cara impasible de las cuatro y dos minutos del lunes veinte de abril es una cara que Hawthorn me ha puesto delante cuatro o cinco veces en cincuenta y seis días — la cara del mayordomo viejo que ha decidido permitirse una franqueza pequeña que el señor de la casa no le ha pedido.
—Milord, la cocinera Eudora me indica que la administradora doméstica le aceptó esta tarde, sin saberlo, un terrón de azúcar oscuro en la primera taza del té de las dos y media. La señora Marlowe lleva diez días tomando el té sin azúcar.
Levanto la vista.
Hawthorn no me explica más. Hace una inclinación pequeña. Se retira.
Yo me quedo solo en el despacho. Las dos cartas — la de Mayfair, la de Hertfordshire — encima del secante. El reloj de pared del rincón da las cuatro y cuarto con dos golpes pequeños. La luz del despacho, en la ventana del este, baja a la oblicua exacta de la tarde.
Y, dos cuartos al norte, sin que yo lo vea, la administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall, sola con el candil pequeño del cuarto de la señora Henshaw recién encendido, sigue tachando a lápiz fino los últimos tachones de la página de las cuarenta y siete equivalencias con un terrón de azúcar oscuro disuelto en una taza fría que ya no se va a beber.