El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—«Bryn — la tía Hester se ha caído la semana pasada en la escalera de servicio del lado este de la casa.

No es grave. El médico de Settle ha venido tres veces y nos ha dicho que el brazo izquierdo se le va a curar entero en seis semanas, pero que durante esas seis semanas la tía Hester no puede ocuparse de mí.

La tía Hester quiere que yo vaya a Cumberland a pasar las seis semanas contigo en casa de su excelencia la duquesa, si su excelencia me autoriza, lo cual la tía Hester me ha dicho que tu carta del trimestre anterior dejaba entender que su excelencia me autorizaría sin problema.

Bryn — yo no quiero ir. Yo quiero quedarme en Settle con la prima Adelaide, que tiene mi edad y a la que conozco desde los nueve años, y que tiene cuarto propio en la casa de mis tíos políticos y donde su madre — que es prima segunda de la tía Hester — ya me ha dicho que sí.

La tía Hester insiste en Cumberland. Bryn — necesito tu palabra.

Si tú le escribes a la tía Hester diciéndole que Cumberland en este momento no, la tía Hester aceptará la casa de los tíos políticos.

La prima Adelaide tiene piano. Yo aquí no toco hace tres meses. Te ruego — tu hermana Maren».

La administradora doméstica baja la carta a la mesa.

Apoya las dos manos cruzadas encima.

—Milord. La cuestión doméstica menor para Ashvere es la siguiente.

Si la institutriz de su excelencia Pippa accede a la petición de su tía Hester, la institutriz acogería a una hermana pequeña de dieciocho años en la casa de los duques durante seis semanas.

Esa hermana pequeña requeriría compañía durante las tardes de los lunes, miércoles y viernes en las que la institutriz cruza el portillo del jardín del sur.

Cora — su excelencia la duquesa — me indicaría a Pearl o a Mary para que se ocupasen, lo cual no sería del condado de Ashvere.

Pero la institutriz, por cortesía menor, le advierte al señor con quince días de antelación de la posibilidad.

—Si la institutriz de su excelencia Pippa rechaza la petición de su tía Hester — lo cual, como milord acaba de oír en el segundo párrafo, es lo que la propia hermana pequeña le pide a la institutriz — no hay cuestión doméstica menor para Ashvere.

Las tres tardes a la semana en el cuarto de la señora Henshaw continúan como hasta hoy.

La institutriz, en ese caso, le escribirá esta noche a su tía Hester confirmándole la casa de los tíos políticos.

Me sostiene la mirada.

—La institutriz de su excelencia Pippa le pide al señor de Ashvere su parecer.

Apoyo las dos manos en las rodillas.

Eso es lo que la administradora doméstica me acaba de pedir.

No el parecer del señor sobre el calendario doméstico — porque el calendario doméstico, en cualquiera de los dos casos, sigue sin cambio para Ashvere.

La administradora doméstica me ha pedido el parecer del señor sobre la decisión que la institutriz va a tomar sobre su hermana pequeña.

Lo cual no es asunto del señor.

Y la administradora doméstica lo sabe.

Y, sin embargo, lo ha pedido.

Le sostengo la mirada un instante. La cinta del puño derecho, hoy, es de un azul lavanda — el más claro de los que le he visto en seis cruces.

La cinta lavanda no marca nada que yo entienda todavía.

La cinta lavanda — y esto me lo permito advertir, sin permitírmelo del todo —, es la primera cinta de la institutriz que no parece pensada para que nadie del condado la lea.

—Señora Marlowe, la hermana pequeña de la institutriz tiene dieciocho años, según la carta. ¿Conoce Cumberland?

—No, milord. La hermana pequeña conoció Yorkshire entera con la tía Hester. Ravenfell no lo ha visto.

—¿Es músico?

—Piano. Diez años de maestro inglés serio.

—¿Ha pasado seis semanas seguidas en una casa que no fuera la de la tía Hester?

—Nunca, milord. Salvo el primer trimestre que pasó conmigo en Furness en mil ochocientos catorce.

La hermana pequeña tenía catorce años. Yo veintiséis.

La hermana pequeña aprendió a coser conmigo.

Yo aprendí a no permitirle a Renn que la viera dos veces en una misma semana.

Esos tres meses, en el cómputo de la hermana pequeña, no cuentan.

La frase me llega sin haberla esperado.

La administradora doméstica acaba de decirme, sin permitírselo del todo, la única cosa que el condado entero sabe sobre la institutriz salvo yo. Me ha mencionado a su marido difunto por primera vez en cincuenta y siete días.

No por mí.

Por la voz alta.

Apoyo las dos manos en las rodillas. La administradora doméstica espera, con las suyas todavía cruzadas encima de la carta de Maren, sin pedirme el parecer otra vez.

—Señora Marlowe, mi parecer sobre la decisión de la institutriz sobre la hermana pequeña no es asunto del señor de Ashvere.

Eso lo sabe usted, y lo sé yo. Y, sin embargo, me lo ha pedido.

Le voy a contestar. Mi parecer es el siguiente.

La hermana pequeña, en su carta, le pide a la institutriz que le escriba a la tía Hester una palabra firme sobre la casa de los tíos políticos.

La hermana pequeña tiene piano en la casa de los tíos políticos.

La prima Adelaide tiene dieciocho años. La tía Hester, en seis semanas, sale de la cama con un brazo izquierdo curado.

El cálculo de la hermana pequeña — usted me dirá si me equivoco — es el cálculo correcto.

La administradora doméstica baja la vista a la carta.

—No se equivoca, milord.

—Entonces escríbale usted a la tía Hester esta noche.

Asiente medio grado. No me devuelve la frase de cortesía.

Y entonces, mientras yo me dispongo a levantarme de la silla sin respaldo y a recoger la jarra del agua que Hawthorn me ha dejado en la mesa baja por si la cuestión se alargaba, la administradora doméstica me pone una mano abierta encima de la mesa — no para tocarme, no para pedirme nada, no para retenerme.

Solo apoyada, palma hacia abajo, sobre la madera.

El gesto pequeño de las administradoras doméstica del condado que no han terminado todavía la cuestión menor.

Me siento otra vez.

La mano sigue en la mesa.

—Una cosa más, milord. Y la última de la tarde.

Asiento.

—La institutriz de su excelencia Pippa Ravenfell no le ha mencionado a su excelencia la duquesa, en dieciocho meses, el nombre de Renn Marlowe.

Ni una vez. Su excelencia conoce el nombre porque su excelencia me alojó en Ravenfell House en septiembre de mil ochocientos dieciséis sin pedirme un solo dato salvo el que la posadera del Cisne Blanco le había transmitido por escrito esa misma tarde.

La institutriz le pide al señor de Ashvere — sin ceremonia, sin solemnidad, sin permitírselo del todo a sí misma — que el nombre de Renn Marlowe que la institutriz acaba de pronunciar delante del señor de Ashvere en esta tarde del veinte de abril de mil ochocientos dieciocho no salga del cuarto de la señora Henshaw.

Bajo la cabeza un grado.

—No saldrá.

La administradora doméstica retira la mano de la mesa.

La devuelve a cruzar con la otra encima de la carta.

La cara — los ojos verdes oscuros — no me la baja.

La sostiene los dos segundos que las administradoras doméstica del condado le sostienen a un señor que les ha aceptado, sin ceremonia, una palabra que no estaba en el protocolo del cuarto de la señora Henshaw.

Después la baja. Recoge la carta de Maren. La dobla. La mete en el bolso pequeño de costura.

Yo me levanto. Recojo el libro mayor del año en curso — no lo levanto, lo cierro. La administradora doméstica lo abrirá otra vez al día siguiente, al cabo de tres tachones a lápiz fino que todavía le quedan por hacer en el margen exterior de la página de las cuarenta y siete equivalencias.