El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La mina me retiene en Penshaw más de lo previsto.

El alguacil del valle llega al portón de la galería pequeña a las nueve y veinte de la mañana — diez minutos tarde, porque su yegua ha perdido un calzo en el camino del este y ha tenido que pararse en la herrería del valle a que se lo pongan.

Eso es el primer contratiempo. El segundo lo encontramos diez minutos después, cuando Wilkin baja a recibirnos al portón con la cara hinchada — bebió la noche anterior.

La declaración escrita que llevo en el bolsillo, redactada por Hawthorn la semana pasada, la sostengo cerrada durante los primeros veinte minutos.

Wilkin no firma así. No por orgullo. Por incapacidad.

Le pido al alguacil paciencia. El alguacil, un hombre de cincuenta años que conoció a mi tío durante veintidós, se permite una sonrisa pequeña y se quita el sombrero.

Hawthorn manda a Tobías al cottage del capataz, dos millas valle abajo, por una jarra de agua del pozo y por un poco de pan.

Wilkin se sienta en el banco bajo del portón.

Le miran las dos manos sobre las rodillas, gruesas, encalladas, que no le tiemblan tanto como me esperaba.

Esperamos cuarenta minutos.

A las diez y veintidós, Wilkin levanta la vista.

La cara ya menos hinchada. Le pasa al alguacil la jarra vacía.

Asiente. Yo le tiendo la declaración. Wilkin lee las dos hojas.

Lee. Vuelve a leer. Y, al cabo del tercer minuto, firma la última hoja con la mano izquierda, no con la derecha, lo cual no le había visto a nadie del valle en cinco semanas.

El alguacil contrafirma. Hawthorn pone el sello. Yo bajo la última hoja al alguacil.

—La copia, alguacil, queda en sus manos. La devolución de las noventa y dos libras vence el primero de junio. La retirada del contrato en septiembre.

—Comprendido, milord.

Wilkin no levanta los ojos del banco bajo del portón.

Hawthorn y yo dejamos al alguacil con Wilkin a las once menos cuarto.

Volvemos a Ashvere por el camino largo del oeste — el de Portinscale, el del mirador.

El cielo de la mañana está alto y plomo, sin lluvia.

La cabeza, durante los nueve kilómetros de regreso, se me va una vez a la firma de la mano izquierda de Wilkin y once a otra cosa.

Llegamos a Ashvere a las doce y catorce.

Tobías nos recibe a los caballos. Hawthorn baja a la cocina del semisótano a informar a la cocinera Eudora del cambio de hora para el almuerzo.

Yo subo al despacho del primer piso. Cierro la puerta.

Apoyo la frente un instante contra el cristal de la ventana del este — el frío de mediodía, en un lunes veinte de abril, ya no es el frío de marzo, pero todavía me marca un punto pequeño rojo en la frente cuando la separo.

La administradora doméstica de la planta noble cruza el portillo del jardín del sur a las dos en punto, según la regla que pacté con ella el viernes pasado.

Yo, según la otra regla — la que ella me pidió y yo le concedí —, no bajaré al zaguán.

Cumplo.

Trabajo en el despacho desde la una hasta las dos y media en una respuesta a Croft, mi cuñado, sobre una nota suya de primeros de mes que no había contestado.

La respuesta a Croft es difícil porque Croft, al casarse con Clara, ha ganado el derecho a hacerme preguntas sobre el condado de Cumberland, pero todavía no ha ganado el derecho a recibir contestaciones largas.

Le escribo tres párrafos cortos. Cierro el sobre con el sello menor. Lo dejo en la bandeja de salida.

A las dos y diez, oigo el portillo abrirse en el muro del jardín del sur.

Oigo los seis pasos por la gravilla. Oigo la puerta de servicio del este abrirse.

Oigo a Hawthorn cruzar el zaguán principal por el lado del oeste — porque hoy, según le he indicado al desayuno, recibirá a la administradora doméstica en el zaguán él solo, sin que ningún miembro del servicio esté de pie en línea contra la pared del este como el primer lunes de abril.

La administradora doméstica entrará, dejará la capa de paño gris medio en la silla baja del corredor de la planta noble como hace los lunes desde el seis de abril, subirá al primer piso por la escalera principal, y se cruzará con la puerta entornada de mi despacho a las dos y dieciséis.

Cumplo la regla.

Mantengo la cabeza inclinada sobre la respuesta a Croft cuando los pasos de la administradora doméstica suben por la escalera principal.

Mantengo la pluma en la mano derecha cuando los pasos cruzan el corredor por delante de mi puerta entornada.

Mantengo la vista en el papel cuando los pasos pasan.

No los levanto al marco de la puerta. No me vuelvo en la silla.

No me permito ver pasar a la mujer que ha cumplido por su parte el acuerdo de no permitir al señor del condado el saludo del primer cruce posterior a la disculpa del viernes.

Los pasos siguen hacia el cuarto de la señora Henshaw.

Oigo la puerta del cuarto de la señora Henshaw abrirse a las dos y diecisiete. Oigo la puerta cerrarse a las dos y dieciocho. Oigo, durante los siguientes cuarenta y dos minutos, el silencio del primer piso.

Trabajo. Sello la carta a Croft. Empiezo otra al rector Holcomb.

La carta al rector la escribo en quince minutos.

La sello también. Hawthorn me sube el segundo té a las tres menos cuarto.

Lo bebo en el escritorio, sin levantarme.

Le hago a Hawthorn una indicación pequeña con la barbilla — la que significa, en el código que hemos ido afinando, que no quiero que se quede en el corredor a mi puerta esperando indicaciones, sino que baje al zaguán a sus asuntos. Hawthorn entiende. Se retira.

A las tres y veintidós, llaman a la puerta dos golpes.

—Adelante.

Es Hawthorn otra vez. Pero la cara, esta vez, es la del mayordomo viejo que ha venido a transmitir información que no estaba prevista en la rutina de los lunes.

—Milord. La señora Marlowe le solicita audiencia de cinco minutos. Cuestión doméstica menor. Sin urgencia.

Bajo la pluma.

—¿Le solicita audiencia a esta hora? ¿En el despacho?

—La señora Marlowe ha sugerido el cuarto de la señora Henshaw, milord, si milord prefiere. Para no interrumpir el trabajo.

Levanto las cejas un instante.

—Concedida. En el cuarto de la señora Henshaw. Bajaré yo en diez minutos.

—Como milord disponga.

Hawthorn se retira.

Espero los diez minutos por cortesía — no por dilación.

La cortesía, en una administradora doméstica que solicita audiencia al señor de la casa el primer día de cruzar el portillo después de una disculpa, exige que el señor no aparezca antes del tiempo concedido.

Lo entiende Hawthorn. Lo entiende la administradora.

Yo no me he aprendido la regla del condado de un libro: la he aprendido, en estos dos meses, observando.

Bajo del despacho a las tres y treinta y dos.

Cruzo el corredor del primer piso por la pared del oeste. La puerta del cuarto de la señora Henshaw está entornada un palmo. Golpeo dos veces con los nudillos sobre la madera.

—Adelante.

Es la voz de la administradora. La voz exacta del primer día — baja, neutra, sin alteración.

Entro.

El cuarto de la señora Henshaw es un cuarto de seis por seis pasos, con una ventana al norte, una mesa baja al centro, dos sillas — una con respaldo de madera oscura y otra sin respaldo, de las que se usan en las cocinas del condado para fregar las patatas.

La administradora doméstica está sentada en la del respaldo de madera, no en la de fregar.

Yo me esperaba la otra — la del respaldo es de los señores que bajan a hablar con sus administradoras.

Pero ella, esta tarde, ha ocupado la del respaldo.

Lo cual significa, sin que la administradora doméstica me lo tenga que explicar, que esta tarde la administradora doméstica no se ha sentado en su sitio habitual.

Se levanta al entrar yo. Me hace una inclinación pequeña.

—Señora Marlowe.

Le indico con un gesto pequeño que se siente.

Se vuelve a sentar. Yo me siento en la silla sin respaldo.

La mesa baja al centro tiene, esta tarde, el libro mayor del año en curso abierto por la página de las cuarenta y siete equivalencias — ya tachadas, casi todas, a lápiz fino, en la caligrafía pequeña que llevo dos semanas reconociendo.

Al lado, una pluma sin estrenar. Al lado, una hoja sola, doblada en dos, con la cara escrita hacia abajo.

La administradora doméstica empuja la hoja sola hacia mi lado de la mesa.

—Milord. Esta carta llegó esta mañana a Ravenfell House por la posta de Carlisle.

Es de mi hermana Maren. La hermana de la institutriz no es asunto del señor de Ashvere.

Pero la carta contiene una indicación pequeña sobre el calendario doméstico de los próximos quince días que sí lo es.

Le pido permiso al señor para leerle el segundo párrafo.

Asiento.

—Adelante, señora Marlowe.

La administradora doméstica coge la hoja. La despliega. La sostiene un instante. La voz, al empezar a leer, le sale un grado más baja de lo habitual.