CAPÍTULO 17 #2
—Bryn, no te pido perdón. Te pido que me dejes hablarle a la pequeña esta mañana, sin ti, durante el cuarto de hora que va a hacer falta.
La conversación con la pequeña no es por ti.
Es por mi marido. Mi marido le contó a Pippa anoche al baño, sin permitírselo del todo a sí mismo, una cosa pequeña sobre Wilkin que la pequeña no debía haber oído.
Es la primera vez en seis años que mi marido le cuenta algo a la pequeña al baño que no debía contarle.
Mi marido se ha equivocado. Y yo, esta mañana, voy a corregir el error de mi marido con la pequeña sin que la institutriz de la pequeña tenga que enterarse del contenido exacto del error.
—¿Comprendido?
—Comprendido, su excelencia. Cora.
Cora asiente. Pasa la primera puntada del bordado pequeño. La aguja le sale por el otro lado del bastidor. Levanta la vista del bordado al sobre que tengo en la mano.
—Esa es la nota de Clara.
Asiento.
—La hija de la duquesa de Wyndham, la hermana pequeña de los gemelos.
La marquesa de Croft. Veintidós años el mes pasado.
Casada con Garrett Croft hace catorce meses.
Ahora vive entre Mayfair y Hertfordshire.
La duquesa de Wyndham me escribió hace seis semanas, por su parte, para pedirme noticias del condado de Cumberland.
Le contesté con un párrafo breve. La duquesa de Wyndham, en su respuesta, me dijo que la hija pequeña, Clara, mandaría una nota personal a la institutriz de Pippa por una vía no oficial.
Levanto las cejas un instante. La frase «por una vía no oficial» no la conocía hasta esta mañana.
—Cora, le pido perdón. ¿Por qué a la institutriz?
Cora baja el bastidor. Apoya las dos manos cruzadas encima.
—Bryn. Eso, tú lo sabrás al abrir la nota.
Yo no la he leído. Mi marido tampoco. La duquesa de Wyndham se reservó la información en su última carta porque la hija pequeña le pidió, según la duquesa de Wyndham, no decírmela a mí por adelantado.
Lo cual, en una novia de Mayfair de veintidós años casada con un Croft, no es una desfachatez.
Es una cortesía pequeña. Clara conoce mi calendario del condado y ha decidido no obligarme a leer cosas antes de tiempo.
La nota me pesa en la mano un grado más.
—¿Su excelencia me autoriza a abrirla?
—Yo no te autorizo nada, Bryn. La nota está dirigida a ti. La abres si quieres, cuando quieras. Y si me la quieres comentar, me la comentas. Si no, no.
Cora se levanta del sillón pequeño. Se pone el chal de lana clara mejor sobre los hombros.
—Voy al saloncito amarillo. Pippa lleva once minutos sola con la duquesa, lo cual son nueve más de lo que ninguna de las dos aguanta. Mi marido está en el despacho del oeste con el segundo té. No subirá.
Asiente con la barbilla. Sale del cuarto. La puerta se cierra detrás de ella.
Me quedo sola con el sobre.
Lo abro despacio, con la uña del pulgar, sin romper la cera más de lo necesario.
La cera se parte en dos limpiamente. El papel del interior es papel verjurado fino — el papel personal de las mujeres de Mayfair, no el del condado.
Cuatro hojas pequeñas dobladas en dos. La caligrafía redondeada, joven, alegre, con cuatro tachones pequeños en distintos sitios.
«Querida señora Marlowe — usted no me conoce. Yo no la conozco. Mi madre me escribe sobre usted en una carta que me llegó la semana pasada, y le contesté a mi madre que yo le escribiría a usted directamente, lo cual mi madre, que en estas cosas es exacta, lo dejó pasar sin corregirme».
«Le escribo, en concreto, por mi hermano Cael.
Le ahorraré las cortesías de la presentación porque mi hermano Cael no tolera bien las cortesías largas — eso lo sabe mi cuñada Isadora, la de Dorian, que se ríe cada vez que mi hermano Cael abre una carta de Mayfair pesada y la aparta.
Mi hermano Cael es un hombre bueno y aburrido.
Le digo aburrido sin maldad. Lleva siete años desde la guerra siendo aburrido en una casa de Mayfair que no le gusta, y ahora se ha ido a una casa de Cumberland que tampoco le gustará pero que, al menos, no le obliga a aceptar invitaciones de las primas de Croft que me dan ganas de gritar».
«La cuestión, señora Marlowe, es la siguiente.
Mi madre, que es una mujer no sentimental, me ha escrito una carta sobre usted que tiene, en el quinto párrafo, una frase que mi madre no le ha escrito a nadie de mí desde mil ochocientos quince.
La frase dice así: ‘creo, Clara, que el sobrino de Brennan ha encontrado en el condado a una mujer que no le pediría que dejara de ser aburrido para gustarle’.
Esa frase de mi madre, señora Marlowe, es la frase con la que mi madre, en mil ochocientos quince, me describió a Garrett a mí dos semanas antes de mi compromiso.
Mi madre tarda décadas en escribir esas frases, y solo las escribe cuando ya las ha visto».
«No es una carta de fiscalización. Es una carta de cortesía pequeña.
Le pido a usted lo siguiente: que sepa que la duquesa de Wyndham, sin haberla visto, la respeta a usted, sin reservas, por haberle permitido a mi hermano Cael, durante siete semanas, ser aburrido sin que usted le haya pedido a mi hermano Cael que dejara de serlo.
Eso, en mi familia, no se ofrece a las institutrices del condado normalmente. En su caso, se le ofrece».
«No le pido respuesta. No le pido nada. Le pido — si me lo permite — que esta carta, cuando la haya leído, la queme.
Mi madre me indicó que se la enviara directamente, sin escala por Ravenfell, lo cual hizo Pearl al pasarle el sobre a Pennywick en la cocina del condado por una vía pequeña de los Wyndham que mi madre conoce y la duquesa también, aunque mi madre y la duquesa fingen ambas que no se conoce.
Quédese con la frase del quinto párrafo, si quiere. Lo demás, al fuego».
«Clara».
Bajo las cuatro hojas.
Las apoyo encima del escritorio, una sobre otra, en el orden en que las he leído. La luz oblicua de las ocho y cuarenta y tres, con la lluvia fina del oeste todavía cayendo contra el cristal, le cae a la primera hoja en la mitad inferior.
No me permito el primer pensamiento. Lo segundo, sí — me levanto del escritorio, voy a la chimenea pequeña, avivo la lumbre con dos golpecitos del atizador.
La lumbre del sábado a las ocho y cuarenta y tres es más débil que la del miércoles porque el sábado no se enciende a tope.
Pero la avivo lo suficiente para que la cuarta hoja, doblada por la mitad, se queme entera en doce segundos sin que el papel verjurado se levante.
La cuarta hoja se quema.
La tercera la quemo después.
La segunda también.
La primera la dejo encima del escritorio.
La primera hoja tiene los dos primeros párrafos — el de la presentación, el de mi hermano Cael es un hombre bueno y aburrido. Esa hoja no la quemo. La frase, escrita por una hermana pequeña recién casada en un papel verjurado con cuatro tachones, es la única que voy a permitirme guardar.
Doblo la primera hoja en cuatro.
La meto en el cajón del doble fondo. Encima de la nota del conde de Ashvere del miércoles quince. Debajo del cuaderno gris que ya no voy a abrir esta semana — la novena carta a Maren, la del trece, la dejé sin escribir, y la dejaré sin escribir.
Cierro el cajón.
Bajo al patio por la escalera de servicio.
La lluvia fina del oeste sigue cayendo. Cruzo el zaguán principal.
Pennywick está en el zaguán con una nota pequeña en la mano.
Me hace una inclinación menor. Me tiende la nota — del lado de la mano izquierda, no del derecho.
Lo cual significa, en el código de Pennywick que llevo dieciocho meses aprendiendo, que la nota no es de su excelencia ni del duque. Es de fuera.
La nota es de Hawthorn.
Una sola línea, en la caligrafía firme del mayordomo viejo de Ashvere Hall:
«Señora Marlowe. El lunes a las dos en punto. El conde está en la mina con el alguacil. La cocinera Eudora le subirá el té al cuarto de la señora Henshaw a las cuatro y cuarto. Hawthorn».
Pliego la nota.
Pennywick no comenta. Se aparta para que yo le devuelva al corredor. Cruzo el zaguán al lado opuesto. Subo otra vez al cuarto. Pongo la nota de Hawthorn encima del escritorio, al lado de la primera hoja del sobre de Clara doblada en cuatro en el cajón.
Y, durante los dos minutos que tardo en bajar a tomarme el segundo té de la mañana al saloncito amarillo con su excelencia la duquesa y con la pequeña que acaba de salir del cuarto de hora a solas con su madre — la pequeña que va a tener, durante el resto de la mañana del sábado, la cara solemne de las niñas pequeñas que han comprendido que algunos asuntos del condado pasan también por las institutrices y por los huéspedes de las casas vecinas, pero que no se quedan a comer en la mesa de las cinco —, mantengo la cabeza apoyada un instante contra el marco de la ventana del corredor que da al jardín del sur.
El cristal está frío. La lluvia fina del oeste sigue cayendo.
El portillo del muro de piedra se ve desde aquí, oxidado en otra zona del condado, recién engrasado en la nuestra.
La cabeza, sin pedirme permiso, hace una sola cuenta pequeña: lunes, miércoles, viernes.
Después se aparta del cristal.