CAPÍTULO 17
Llueve desde antes del amanecer.
No la lluvia firme y vertical del condado en julio.
La otra. La de finales de abril, que cae oblicua del oeste, fina, sin ruido, y empapa la piedra clara de los muros antes de que nadie en la casa se haya levantado a comprobar si el portón está cerrado del todo.
Cuando Pearl me sube la jarra del agua tibia a las siete menos cuarto, el agua, dentro de la jarra, ya está más fría de lo normal.
Pearl no comenta el clima.
Pearl, esta mañana, no comenta nada. Me deja la jarra.
Me deja el jabón blanco. Me deja, contra mi costumbre los sábados, una toalla doblada en tres en lugar de en cuatro.
La toalla doblada en tres es la señal pequeña de las doncellas que han subido al primer piso con una bandeja extra que no estaba prevista en la rutina del sábado, y a las que la cocinera del semisótano les ha encargado pasarla sin comentario.
La bandeja extra ha quedado en la repisa del corredor — la veré cuando salga del cuarto a las siete y veinte.
Pearl se retira.
Me lavo deprisa, porque hace frío. Me visto deprisa — el vestido gris claro de los sábados, no el de las tardes, el del cuello cerrado. Me trenzo el pelo en el moño bajo apretado. La cinta del puño derecho, hoy, no me la pongo. Es sábado. La cinta es de los lunes, miércoles, viernes.
Salgo al corredor a las siete y dieciocho.
La bandeja en la repisa tiene una taza pequeña de loza azul, un cuenco con manzana cocida, dos rebanadas de pan tostado, y, encima del platillo del pan, un sobre cerrado con cera roja.
La cera roja, no la cera azul de Mayfair de los Ravenfell.
La cera roja del condado de Hertfordshire.
La letra de la cara delantera del sobre dice, en una caligrafía joven, redondeada, ligeramente inclinada a la derecha:
«Para la señora Marlowe, institutriz de su excelencia Pippa Ravenfell, por mano de Pearl».
Y, debajo, sin firma del condado de origen:
«Clara Wyndham. Marquesa de Croft».
Me quedo un instante en el corredor.
Apoyo el codo izquierdo en la repisa, junto a la bandeja, durante el tiempo que tarda Mary en pasar por el extremo norte del corredor camino del cuarto de juegos con un brazado de ropa blanca.
Mary me hace una inclinación pequeña, sigue.
La cabeza no me ha mandado al cuarto todavía.
Cojo la bandeja con las dos manos. Vuelvo al cuarto.
Cierro la puerta. La pongo encima de la mesa baja junto a la ventana.
No abro el sobre.
Bebo el té de la taza de loza azul. Como las dos rebanadas de pan tostado. Como la manzana cocida. La bandeja, sin el sobre, la dejo en la mesa baja. El sobre lo dejo aparte, en la repisa de la chimenea, contra el reloj pequeño de bronce que va dos minutos atrasado.
Bajo al cuarto de juegos a las ocho menos diez.
Pippa ya está despierta. Está sentada en el suelo con las dos muñecas y un peine pequeño que Pearl le habrá traído desde la cocina de Beulah. No me pregunta por la nota. Pippa no sabe que ha llegado nada. Le hago un buen día. Le doy un beso pequeño en la coronilla. La pequeña me mira.
—Mi Bryn.
—¿Sí?
—Ayer en el saloncito Pippa dijo cosas que no debía.
Me arrodillo a su lado.
Pippa lo sabe. Eso lo sabe Pippa por la cara de su madre al final del saloncito ayer, por la cara de su padre al subir desde el despacho del oeste con la pequeña de la mano, por la manera en que el conde de Ashvere bajó la taza al regazo al apoyársele la pequeña a la institutriz en el broche de azabache.
Pippa, con seis años, no lo entiende del todo. Pero lo guarda.
—Princesita, ayer dijiste tres cosas. La primera fue si lord Ashvere había traído pastel.
Eso estuvo bien. La segunda fue la frase sobre tu padre y Wilkin.
Eso lo dijiste sin querer. La tercera fue subirte al regazo de mi Bryn sin pedir permiso.
Eso, en otra casa, no se hace. En esta sí, porque tu padre y tu madre lo permiten.
Pippa frunce el ceño un instante. Lo deshace.
—¿Mi Bryn está triste?
La pregunta llega sin transición — del modo en que las niñas pequeñas hacen las preguntas que un adulto no esperaba. Me siento en el suelo con la pequeña. No le contesto inmediatamente. La pequeña espera, con las dos manos en el peine, sin volver al muñeco.
—Hoy no.
—¿Ayer?
—Ayer tampoco, princesita.
—¿Cuándo?
Bajo la vista al suelo del cuarto de juegos durante un instante. La pregunta no la quiero contestar entera. Pero a medias, sí.
—Algunas tardes.
Pippa asiente con la solemnidad de su edad. Vuelve al muñeco. Le peina la melena floja sin pedirme más explicación. La pregunta — la que ha hecho, la que no me ha hecho — queda en el suelo del cuarto de juegos entre las dos, y la pequeña ha decidido sin permitírselo que la queda no se levanta.
Empezamos la lección de lectura.
Está leyendo conmigo un libro de fábulas que su excelencia la duquesa le compró por Pascua en Carlisle.
Pippa lee despacio, marcando con el dedo, equivocándose en las palabras largas.
La corrijo a la tercera equivocación, no antes.
A la cuarta equivocación, en una palabra que ya no es larga, Pippa golpea el libro con la palma.
—¡Esta es difícil!
—No es difícil, princesita. La leíste bien ayer.
—¡Hoy es difícil!
Bajo el libro. La pequeña tiene un grado de mal humor pequeño que no había tenido en cuatro semanas. Lo conozco. Es el mal humor de las niñas pequeñas que han pasado mala noche por algo que no se han permitido contarle a la madre.
—Princesita, ¿dormiste bien?
La pregunta me sale mal. Sin la pausa que tendría que llevar. Pippa baja el peine del muñeco. No me mira. La pequeña, durante seis segundos, hace lo que las niñas pequeñas hacen cuando una institutriz les ha hecho mal una pregunta — no contestar, no negar, no afirmar. Pippa se queda quieta.
Pearl entra al cuarto de juegos sin haber golpeado.
Lo cual no se hace en Ravenfell House. Pearl, en dieciocho meses, no ha entrado a un cuarto sin haber golpeado dos veces antes.
Yo levanto la vista a la doncella. Pearl no me devuelve la mirada — viene atravesando el cuarto al rincón de la ventana, con un cesto de ropa blanca limpia que no le tocaba traer hasta la tarde.
Lo deja en el banco bajo de la ventana. Se vuelve.
—Señora Marlowe, su excelencia la duquesa pide audiencia con la pequeña en el saloncito amarillo. Ahora.
—¿La duquesa con Pippa?
—Sí. Sola con la duquesa. Sin la institutriz.
Levanto las cejas un instante. Pearl sostiene la cara impasible — la cara de los criados que han recibido una indicación que no entienden y que han decidido transmitirla intacta. Pippa, en el suelo, se levanta sola, deja el peine y la muñeca, y va a Pearl con la mano tendida. Pearl la coge.
Salen las dos.
Yo me quedo en el cuarto.
Pasan seis minutos durante los cuales no hago nada.
No recojo las muñecas. No cierro el libro de fábulas.
No le pongo la cinta amarilla pequeña a la muñeca de la izquierda como Pippa me lo había pedido ayer.
Me quedo en el suelo del cuarto de juegos con las dos manos sobre las rodillas y la cabeza apoyada un instante contra el respaldo de la silla baja del rincón.
Su excelencia la duquesa no llama a Pippa al saloncito amarillo a la mañana de un sábado a las ocho y veinticinco para hacerle compañía.
La duquesa, los sábados a las ocho y veinticinco, está bordando sola en el saloncito amarillo con la cara fría de las mañanas en que su excelencia ha decidido tener una conversación pequeña con una niña pequeña, sin la madre que sería la institutriz de la pequeña en el corredor.
Lo cual significa una de las dos cosas.
La primera, que Cora va a preguntarle a Pippa, en el saloncito amarillo a las ocho y veinticinco de un sábado, lo que la institutriz no le ha podido preguntar a Pippa en el cuarto de juegos a las ocho y diez por culpa de una mala pausa.
Si la pequeña ha pasado mala noche. Cora, con seis preguntas pequeñas en menos de cinco minutos, va a sacarle a la pequeña la información que Pippa, sin permitírselo a sí misma, no le suelta a la institutriz.
La segunda, que la conversación de Cora con Pippa no es por mí. Es por la nota.
La nota la sigo sin abrir, encima de la repisa de la chimenea de mi cuarto, contra el reloj pequeño de bronce.
Me levanto del suelo del cuarto de juegos. Recojo las dos muñecas. Cierro el libro de fábulas. Pongo la cinta amarilla pequeña a la muñeca de la izquierda — sin la pausa exacta que Pippa me había pedido ayer. Bajo por la escalera de servicio al primer piso. Cruzo el corredor a mi cuarto.
La nota sigue en la repisa.
La cojo. Me siento en la silla baja del escritorio bajo la ventana. La luz oblicua de las ocho y treinta y dos, entrando por la lluvia fina del oeste, le cae al sobre cerrado con la cera roja. No abro el sobre todavía.
Llaman a la puerta dos golpes.
—Adelante.
Es Cora.
Su excelencia entra al cuarto sin Pippa, sin Pearl, sin Pennywick.
Sola. Lleva el chal de lana clara de las mañanas y un pequeño bastidor en la mano izquierda — no el de las campanillas blancas, otro, uno más pequeño con un bordado de iniciales que no había visto nunca.
Cierra la puerta detrás de sí. No me hace la inclinación de las visitas oficiales.
Se sienta directamente en el sillón pequeño del rincón, el de junto al fuego, sin pedirme permiso, lo cual le he visto hacer cuatro veces en dieciocho meses.
—Bryn, hoy es sábado.
Asiento. Bajo la vista al sobre que tengo en la mano. No lo guardo. Cora ya lo ha visto.
—Pippa lleva mala noche desde anoche. Se despertó dos veces. La segunda llamó a Pearl, no a ti. Pearl me lo dijo esta mañana al subir mi té. La pequeña le dijo a Pearl que ayer dijo cosas en el saloncito amarillo que pusieron triste a su Bryn.
Bajo la cabeza un grado.
—Le pido perdón a su excelencia.