CAPÍTULO 16 #3
La duquesa, sin volver al bordado, levanta la taza.
Bebe el resto del té despacio. La luz tibia de las cinco y treinta y dos, entrando por la ventana del oeste, le cae oblicua sobre la mejilla derecha — la mejilla que tiene la cicatriz pequeña de la viruela del setenta y nueve, la que mi tío me había mencionado en una carta una vez, la que en seis semanas nunca había visto al sol porque las tardes anteriores no había estado mirándole la mejilla derecha al sol del oeste.
—Cora, le agradezco.
—No hay de qué.
Pausa. Cora deja la taza. Coge el bordado otra vez. No pasa la siguiente puntada. Solo lo sostiene.
—Una cosa más, Cael. La voz, el lunes, no se la mediste a Hawthorn.
—No.
—Mi marido alza la voz a Pennywick un puñado de veces al año.
Cuando lo hace, Pennywick baja la mano izquierda al muslo durante el cuarto de segundo siguiente al quinto segundo de la frase.
Yo lo he visto cuatro veces en treinta años de matrimonio.
Mi marido lo ha visto cero. Es la única cosa pequeña que Pennywick le concede a una invitada del saloncito amarillo que ha podido estar en el corredor a las cuatro menos uno de la tarde sin que ni Pennywick ni mi marido lo supieran.
Asiento.
—Hawthorn aprendió de Pennywick.
—Y de su propia mujer, Cael, que se murió en mil ochocientos doce y a la que tu tío trataba como a una hija. Pero eso te lo contará Hawthorn cuando le toque, no yo.
Bajo la cabeza un grado.
—Comprendido, Cora.
La duquesa asiente. Vuelve a la duodécima puntada del pétalo.
La luz oblicua de la ventana del oeste sigue dándole en la mejilla derecha.
Y, abajo, en el corredor del primer piso, oigo la voz pequeña de Pippa subiendo por la escalera principal contestándole a Pennywick algo sobre la harina de la cocina del semisótano y sobre Beulah, que según la pequeña ha decidido, esta tarde, que las cocineras viejas de Ravenfell House no se enfadan con las niñas que se ensucian el codo hasta el segundo nudillo.
Cora levanta la vista del bordado un instante.
—Cael. Cuando llegue Pippa, no le menciones la cinta del puño derecho de la manga de Bryn. La pequeña no la ha visto hoy. La pequeña ha visto a Bryn esta mañana al desayuno con el puño sin cinta. Bryn no le ha mostrado a la pequeña la cinta gris malva.
—Comprendido.
—Mi marido va a entrar en el saloncito con Pippa, además. Pippa lo ha llamado al despacho del oeste hace diez minutos. Mi marido se ha permitido subir con la pequeña sin avisar.
Levanto las cejas.
—No lo había previsto.
—Yo tampoco, Cael.
Cora se permite la sonrisa entera por primera vez en cuarenta y siete minutos.
Pequeña, contenida, sin diente, pero entera.
Le dura el segundo y medio de las duquesas que admiten, sin grandes ceremonias, que la tarde se les acaba de desviar un grado más por encima de lo previsto y que la próxima parte va a ser, durante los siguientes veinte minutos, una cosa que no estaba en el plan del saloncito amarillo de las cinco.
Pippa entra a las cinco y treinta y cuatro.
Lleva el delantal de la cocina manchado en dos sitios, la cara limpia, el moño bajo apretado intacto, y a Bryn de la mano izquierda.
Brennan entra detrás. La pequeña, sin mirarme — porque a los seis años, en un saloncito amarillo en presencia de su madre, hay cosas más importantes que un huésped — me suelta la primera pregunta:
—¿Lord Ashvere ha traído pastel?
Hago una inclinación.
—Hoy no, señora pastelera. Hoy traje té.
—Hum.
La pequeña frunce el ceño dos segundos. Lo deshace. Se vuelve a Cora.
—Mamá, papá dice que tú dijiste que no preguntara sobre Wilkin.
Brennan, detrás, se queda exactamente quieto. Cora, en el sillón verde, baja la cabeza al bordado un instante. No la levanta. Yo, en el sillón frente al suyo, miro a la pequeña.
—Lady Pippa, hoy no es tarde de Wilkin. Quizá mañana sí. Hoy es tarde de pastel que no traje. ¿Qué tal el pastel de la cocina del semisótano de su excelencia?
Pippa asiente, satisfecha de que la conversación haya vuelto al pastel.
Se acerca al sillón pequeño donde Bryn se ha sentado otra vez — el del lado sur, el de las cuatro y media de la tarde, el de la cinta gris malva del puño derecho que Cora me ha pedido que no le mencione.
Pippa se sube al regazo de Bryn sin pedir permiso, con la naturalidad de las niñas pequeñas que llevan dieciocho meses subiéndose a regazos de institutrices que dejan que se les suban.
Bryn la recibe con las dos manos a los costados del delantal pequeño.
La pequeña le apoya la cabeza, brevemente, contra el broche de azabache de la garganta.
Y, en los cuatro segundos durante los cuales Pippa mantiene la cabeza apoyada contra el broche de azabache de la garganta de Bryn, advierto — sin permitírmelo del todo — que la cara de la administradora doméstica se le ha puesto del color de la sangre durante un segundo entero.
Un rojo profundo y bajo, el de las mujeres que han contenido durante cinco años el peso de una cabeza pequeña apoyada contra el broche de azabache de su garganta y, en el sexto, no se permiten contenerlo.
Brennan baja la vista al suelo del saloncito.
Cora pasa la decimotercera puntada del pétalo.
Yo, en el sillón frente al de la duquesa, me bajo la taza fría al regazo y no me permito mirar a la pequeña otros tres segundos.