El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Cora pasa la novena puntada. No comenta. La luz tibia de las cinco y diez de la tarde, entrando por la ventana del oeste detrás del sillón verde, le cae en oblicuo sobre el sexto pétalo y deja sin sombra la mitad inferior del bastidor.

La administradora — Bryn — continúa, con la pluma menos firme de las mujeres del condado que han cargado de antemano una frase larga y que, hacia el final de la frase larga, advierten que la frase no se les va a sostener entera sin un descanso.

—Le pido al señor conde dos cosas. La primera.

Que el lunes próximo, cuando la administradora doméstica de la planta noble cruce el portillo del jardín del sur a las dos en punto, el señor conde no esté esperándola en el zaguán.

Que el señor conde esté en el despacho del primer piso, trabajando, como lo estaba el viernes diez, como lo estaba el miércoles ocho.

Que la administradora doméstica suba a su cuarto sin saludo del señor.

Eso, para la administradora doméstica, es la única manera en la que el lunes próximo no será una concesión.

Asiento.

—Concedida la primera.

—La segunda, señor conde, es esta. Que la conversación que el señor conde ha pedido a la administradora doméstica de la planta noble esta tarde en presencia de su excelencia — la disculpa, la concesión, las dos razones que la administradora doméstica le acaba de poner al señor en la mesa — quede entre el señor, la administradora y su excelencia.

No se la mencione a Hawthorn. No se la mencione a Pennywick.

No se la mencione a la cocinera Eudora, que es la única persona del condado a la que el señor conde, durante los próximos seis meses, podría mencionársela sin que la información saliera de la cocina del semisótano.

Esta conversación, señor conde, no es de oficio.

—Es de otra cosa.

Cora baja el bordado al regazo.

Es la primera vez en cuarenta minutos. La duquesa, sin levantar los ojos a ninguno de los dos, deja el bastidor sobre la rodilla derecha.

Apoya las dos manos cruzadas encima del bastidor.

Y, con la voz pequeña de los anfitriones que han decidido que la conversación se ha desviado un grado por encima de lo previsto y han elegido sostener el grado en lugar de corregirlo, dice:

—Cael. Bryn. Si los dos me lo permiten, voy a tirar de la campanilla para pedirle a Pennywick que me suba el té de las cinco y media.

La administradora doméstica de la planta noble no toma té conmigo a esta hora porque su excelencia el duque y yo lo tomamos por separado.

Pero hoy, si los dos me lo permiten, tomaremos los tres.

Con leche fría para mí, con crema entera para la administradora, sin azúcar para el señor conde. ¿Aceptan?

Cora tira de la cinta. Pennywick aparece en la puerta entornada en el segundo número siete. Cora le repite a Pennywick la lista de los tres tés. Pennywick asiente sin volverse a la mesa. Se retira.

Y, en los cuatro minutos largos que tarda Pennywick en bajar a la cocina, transmitir el recado a Beulah, subir la bandeja con los tres tés y servirlos, nadie en el saloncito amarillo dice una sola palabra.

Cora no continúa el bordado.

La administradora no se mueve de las dos manos sobre las rodillas.

Yo, en el sillón frente al de la duquesa, miro a la ventana del oeste — la del jardín, la de la luz tibia de las cinco y catorce, la que no me deja ver lo que pasa al otro lado del cristal porque la tarde de Cumberland está alta y plomiza — y dejo que el silencio del saloncito haga lo que hacen los silencios del saloncito amarillo de Ravenfell House cuando una duquesa, una administradora doméstica de la planta noble y un señor del condado han decidido, sin permitírselo del todo a sí mismos, que la conversación del oficio se les ha quedado a un grado por encima.

Pennywick sube la bandeja a las cinco y diecinueve.

Sirve los tres tés. El de Cora, con leche fría.

El de la administradora, con crema entera y un terrón de azúcar oscuro — el que la cocinera Beulah, dos pisos por debajo, le ha puesto sin que Pennywick se lo haya pedido porque Beulah, en mil ochocientos dieciocho, en Ravenfell House, lleva diecinueve meses sirviéndole el té por las tardes a la institutriz de la pequeña con el terrón de azúcar oscuro y la crema entera. El mío, sin azúcar.

Pennywick se retira.

La duquesa levanta la taza. Bebe el primer sorbo. La administradora — Bryn — levanta la suya. Bebe el primer sorbo. Yo levanto la mía. Bebo. Las tres tazas vuelven a las tres mesas bajas casi a la vez.

Cora no me devuelve la conversación al saloncito amarillo. Cora me la devuelve a Bryn.

—¿Quieres tú continuar, o lo continúa Cael?

La administradora doméstica deja la taza en la mesa baja. Se permite un instante. Las dos manos vuelven a las rodillas.

—Le ruego al señor conde que lo continúe él.

Cora asiente. Vuelve al bordado. Pasa la décima puntada.

Y yo, en el sillón frente al de la duquesa, con la taza del té sin azúcar todavía caliente en la mano izquierda, advierto que la administradora doméstica me acaba de entregar la frase pequeña en la que una mujer del condado, sin permitírselo del todo, le concede a un señor del condado la única licencia:

«Continúelo usted».

Apoyo la taza en la mesa baja.

—Señora Marlowe, las cuatro tardes en las que la administradora doméstica de la planta noble no ha cruzado el portillo del jardín del sur no han sido una concesión.

Lo retiro. Eran lo que un señor del condado le debe a una mujer del condado la primera vez que no le ha medido la voz, y no lo eran.

Eran lo que un señor del condado se debe a sí mismo cuando ha advertido por su propia ventana del despacho del primer piso, cuatro noches seguidas, que la ventana del primer piso de Ravenfell que da al jardín del sur — la de su administradora doméstica de la planta noble — se apaga más tarde de lo que se apagaba la semana anterior.

Las cuatro tardes en las que el señor del condado no ha cruzado a Ravenfell por el portillo no eran pena para la administradora doméstica.

Eran tiempo para que el señor del condado considerase, sin permitírselo del todo, lo siguiente.

Pausa pequeña. La sostengo dos respiraciones.

—El señor del condado, señora Marlowe, retira el «cuatro días».

Cora pasa la undécima puntada.

La administradora — Bryn — me sostiene la mirada un segundo entero.

No baja la cabeza. No me devuelve la frase de cortesía.

Lo único que hace es coger la taza otra vez, beber el segundo sorbo despacio, devolverla a la mesa baja sin tintinear, y, sin moverse del sillón, dejarme caer una sola observación pequeña que la duquesa, en el bordado, oye, asiente media inclinación y no comenta:

—Señor conde. La ventana del primer piso de Ravenfell que da al jardín del sur — la que el señor conde ha mencionado, sin nombrarla — se apagó las cuatro noches del lunes al jueves cuando se apagó la del despacho del primer piso de Ashvere. No antes.

Asiento sin permitirme la sonrisa.

—Comprendido, señora Marlowe.

Cora baja el bordado al regazo otra vez. Esta vez con la sonrisa pequeña de las duquesas que han escuchado lo que querían oír y que han decidido que la conversación del saloncito amarillo se cierre, durante los próximos veintiocho minutos, con la cortesía del té de las cinco y media y nada más.

—Cael. Bryn. Voy a llamar a Pippa por Pennywick.

La pequeña lleva en la cocina del semisótano con Beulah la última media hora, lo cual significa que estará entera de harina hasta el codo.

Bryn, le ruego que ella suba al saloncito y se siente con nosotros para el té de las seis.

Cael, le ruego que se quede al té de las seis.

Pippa va a entrar pidiendo cinco preguntas sobre Ashvere y le vamos a contestar cuatro entre los tres.

La administradora baja la cabeza un grado en respuesta a la duquesa.

Inclino a la duquesa. Bryn se levanta del sillón pequeño del lado sur — sin que se le note la separación entre el sillón y los dos pasos del corredor que da al cuarto de juegos del piso superior — y sale por la puerta entornada con la naturalidad de las administradoras doméstica que han cerrado la parte difícil de una tarde y se permiten, durante los próximos minutos, ser otra vez la institutriz de la pequeña de la casa.

Cora y yo nos quedamos en el saloncito.