CAPÍTULO 16
La carta de Dorian me alcanza el viernes a media mañana, traída por Tobías desde la posta de Keswick con el correo del condado.
La reconozco antes de abrirla por la cera y por la letra del sobre — la cera azul oscuro de los Wyndham que mi gemelo usa desde el matrimonio, la letra inclinada un grado a la izquierda como siempre.
No la abro de inmediato. La dejo encima del secante, al lado del segundo té.
Le respondo primero a una nota corta del rector Holcomb sobre la colecta del nuevo órgano. Después abro la de Dorian.
Tres párrafos.
«Cael — Isadora te manda dos pares de medias gruesas.
Cumberland en abril, según mi mujer, es como Yorkshire en febrero, lo cual ella sabe porque pasó un febrero en York con una tía abuela del Norte que se le murió a los nueve días de su llegada.
Eso te lo aviso para que no te las pongas el primer día y se gasten».
«No he sabido de ti desde la nota de Pascua. Madre me preguntó la semana pasada en la cena del jueves. Le dije que estabas con la herencia entera y un mayordomo viejo, y que las cartas largas tardan. Madre me respondió que se vuelve a Cumberland en septiembre si para entonces no le has escrito tú».
«Clara y Garrett pasan tres semanas en Hertfordshire en mayo. La pequeña te manda una nota aparte, que recibirás por la posta del lunes. No la abras antes del té de la tarde. Es una broma de Clara que ya te explicará ella misma. — Dorian».
Sonrío sin permitírmelo, una sola comisura.
La frase final es Dorian al detalle — se cubre la pequeña broma de Clara mencionándola por adelantado pero sin contar el contenido, lo cual sería traición fraterna.
Vuelvo a doblar la carta. La meto otra vez en el sobre.
La dejo encima del secante a la izquierda — en la parte de la mesa que reservo para las dos cartas a contestar el domingo a primera hora, lo cual el domingo a primera hora no haré porque siempre se me olvida.
Las medias gruesas las suben Beth y Mary a las once y cuarto, junto con el resto del paquete.
Hawthorn las pone en el arcón del cuarto del huésped principal sin comentarlas, lo cual es la cortesía exacta de los mayordomos viejos que entienden que un señor del condado no recibe medias gruesas de su cuñada todos los días.
La tarde la paso en el despacho hasta las cuatro y cuarto.
A las cuatro y veinte bajo al patio. Tobías me trae a Hume.
Hawthorn me devuelve el sobretodo gris claro y el sombrero, y me indica, sin que se lo haya pedido, que Pearl de Ravenfell ha ido al cottage del rector a recoger a Pippa para llevarla al baño temprano.
Lo cual, por la geometría del jueves anterior con la duquesa, significa que el saloncito amarillo de las cinco en punto va a estar sin Pippa entera la tarde.
—Espéreme al volver, Hawthorn. No subo al despacho. Bajaré al comedor pequeño.
—Como milord disponga.
Hume me lleva a Ravenfell por el camino del este. El cielo de la tarde está alto, plomizo, sin viento — el tipo de tarde de Cumberland que pesa más al jinete que la lluvia abierta. Cruzo el portón principal a las cinco menos cuatro.
Pennywick me recibe en el zaguán. La inclinación de los días importantes, otra vez, un grado más profunda. Me precede por la escalera principal.
La puerta del saloncito amarillo está cerrada esta vez también. Pennywick golpea dos veces. La voz de Cora desde dentro:
—Adelante.
Pennywick abre. Me anuncia. Se hace a un lado.
Cora ocupa el sillón verde de orejas con el bordado en el regazo — el mismo de las campanillas blancas del marzo anterior, ya en el sexto pétalo.
La administradora doméstica está sentada en el sillón pequeño de respaldo recto del lado sur, en la misma postura del quince de marzo, con las dos manos sobre las rodillas.
Sin guantes esta vez tampoco. La cinta del puño derecho de la manga, hoy, es de un color que no sé identificar a la primera mirada.
Algo entre malva y gris — un tono apagado que no había visto antes.
Le hago la inclinación a Cora. Se la hago a la administradora.
—Su excelencia. Señora Marlowe.
—Lord Ashvere. Pase.
Cora no levanta los ojos del bordado para anunciarme. Cora levanta los ojos del bordado al cabo de medio segundo — lo justo para concederme la mirada que un señor del condado merece al cruzar el saloncito amarillo a las cinco menos uno minuto, y lo justo para no concederme un segundo más.
Me siento en el sillón frente al suyo. Apoyo las dos manos en las rodillas.
Pennywick cierra la puerta. No del todo: la deja entornada un palmo. Lo cual es la geometría exacta de las conversaciones del saloncito amarillo en presencia de la duquesa cuando el señor del condado no le ha pedido a la duquesa que la cierre.
—Cora, le agradezco que me reciba.
—Le escucho.
La duquesa pasa la séptima puntada del pétalo.
La administradora doméstica no me ha mirado todavía.
Tiene la vista en el secante pequeño de la mesa baja entre los dos sillones — el secante que tiene encima un tintero menor sin estrenar, una pluma corta, y una hoja en blanco que la duquesa ha dejado allí esta mañana por si la conversación necesita papel, lo cual no necesitará.
Me vuelvo hacia la administradora.
—Señora Marlowe.
Levanta los ojos. La cinta del puño derecho me la vuelve a marcar en el lateral del ojo izquierdo — gris malva, no la había visto. Sostiene la mirada.
—Le pido disculpas, señora Marlowe.
La administradora doméstica baja medio grado la cabeza. No me devuelve nada todavía.
—La voz, el lunes a las cuatro menos uno de la tarde, en el despacho del primer piso de Ashvere Hall, le salió a su nuevo patrón doméstico un grado por encima de lo que un señor del condado se permite con un mayordomo viejo.
La voz no era para usted. El asunto no era de usted.
El despacho no era el corredor por el que usted estaba pasando.
Pero usted pasaba, y la voz no se moderó al saberse que pasaba.
Eso es lo que un señor del condado le debe a la administradora doméstica de la planta noble la primera vez en que no le ha medido la voz.
Cora pasa la octava puntada.
La administradora doméstica baja la vista una décima a la mesa baja. La levanta.
—Le agradezco al señor conde.
Y, en el segundo siguiente — el segundo en que un señor del condado espera, sentado en el sillón frente a una duquesa bordando con la administradora doméstica de la planta noble de su casa en el sillón del lado sur, la frase de cortesía que cierra la disculpa entregada en presencia ducal — la administradora doméstica de la planta noble no me entrega la frase de cortesía.
Lo que me entrega es otra.
—Señor conde, la frase que se anotó a sí mismo el lunes trece, según yo lo he calculado desde el cuarto de la señora Henshaw — y le pido perdón al señor conde por la suposición — fue «cuatro días».
Cuatro días en los que la administradora doméstica de la planta noble no cruzaría el portillo del jardín del sur.
Y, al quinto, una disculpa en el saloncito amarillo de Ravenfell, en presencia de su excelencia. ¿Es así?
Apoyo más las dos manos contra las rodillas.
—Es así, señora Marlowe.
—Le pido al señor conde, con todas las cortesías que su excelencia me consienta en su presencia, que esa frase la retire.
Cora no levanta la vista del bordado.
—Adelante, Bryn.
Es la primera vez, en seis semanas, que oigo a su excelencia llamar a la señora Marlowe por el nombre delante de un huésped.
La duquesa, en el saloncito amarillo, en presencia mía, ha decidido — sin permitírselo del todo a sí misma — concederle a la administradora doméstica el grado de cortesía que Cora le ha concedido durante dieciocho meses solo en privado.
Lo cual significa que la conversación de los próximos diez minutos no es la conversación del saloncito amarillo del quince de marzo. Es otra.
La administradora — Bryn — mantiene la vista en mí.
—Señor conde. La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall no acepta el «cuatro días» como pena por la voz alta de un señor del condado al mayordomo viejo de su casa.
No la acepta por dos razones. La primera, porque la voz alta del señor del condado al mayordomo viejo era una voz alta legítima — un contratista de la mina había mentido por escrito al señor de la casa, y el señor de la casa, en presencia del mayordomo viejo a las cuatro menos uno minuto de la tarde, le había marcado al mayordomo viejo la decisión que un señor del condado tiene que marcarle a su mayordomo cuando un contratista miente por escrito.
Eso, la administradora doméstica de la planta noble, no lo está calificando. Lo está aceptando.
La administradora baja la vista una décima a la mesa baja.
—La segunda razón, señor conde — y le pido al señor conde paciencia con la frase, porque no me ha salido del todo limpia en cuatro días —, es que el «cuatro días» le supone a la administradora doméstica de la planta noble una concesión que la administradora doméstica de la planta noble no le ha pedido al señor de la casa.
Y que la administradora doméstica de la planta noble, además, no quiere.
Cuatro tardes sin cruzar el portillo del jardín del sur por la voz alta de un señor del condado al mayordomo viejo de su casa son cuatro tardes — disculpe el señor conde la franqueza — en las que el oficio de la administradora doméstica de la planta noble queda en el sitio que ocuparía si la administradora doméstica de la planta noble se hubiera ofendido.
La administradora doméstica no se ha ofendido.
La administradora doméstica oyó la voz alta, dio cuatro pasos hacia atrás, y advirtió, en el cuarto de segundo posterior al quinto segundo de la frase, que el mayordomo viejo había caído la mano izquierda al muslo.
Esa mano caída — y le ruego al señor conde que no me la comente —, no fue cortesía.
Fue cuidado. Y el cuidado, señor conde, no se compensa con una concesión.