El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 15 #3
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CAPÍTULO 15 #3

Y, a las cinco menos cinco del miércoles quince, en mi cuarto, Pennywick golpea la puerta dos veces.

Le abro. Pennywick me entrega un sobre pequeño de papel verjurado con el sello menor de Ashvere — sin escudo de los Wyndham — y, sin decir palabra, hace una inclinación menor y se retira.

La nota la abro en el escritorio bajo la ventana, despacio, con el dedal sosteniendo la solapa del sobre.

Tres líneas, en la caligrafía exacta del conde de Ashvere — la misma del Plinio del compás veintidós, la misma de la propuesta de empleo del saloncito amarillo del quince de marzo:

«Señora Marlowe. El viernes a las cinco, en el saloncito amarillo de Ravenfell, en presencia de su excelencia la duquesa.

La administradora doméstica de la planta noble no cruzará Ashvere lunes, miércoles ni viernes.

Las decisiones sobre las cuarenta y siete equivalencias, la despensa, el menú del miércoles próximo y la nueva contratación de pinche del huerto quedan suspendidas hasta el viernes. Sin más. El conde de Ashvere».

Sin firma con título de cortesía. Sin posdata. Solo el «el conde de Ashvere».

Pliego la nota.

La guardo en el cajón del doble fondo, encima de la octava carta a Maren del cuaderno gris.

La nota se queda al lado del cuaderno gris, no dentro.

No es de cuaderno gris. Pero tampoco es del cajón de las bandas pequeñas que mi madre — la de Yorkshire — me dejó en mil ochocientos nueve para que las guardara hasta el matrimonio.

Las bandas pequeñas las quemé en mil ochocientos catorce, después de Renn.

La nota del conde de Ashvere se queda en el cajón del doble fondo encima del cuaderno gris, en el sitio donde una mujer del condado guarda lo que la mujer del condado todavía no ha decidido cómo guardar.

El jueves dieciséis pasa sin contratiempo.

Cora no me menciona el viernes en el desayuno.

Pennywick no me sube ninguna nota. Pippa lleva la mañana entera ordenando la caja de las cintas pequeñas — la mía, no la suya, la que tengo encima de la cómoda baja con las cintas de las tardes pasadas.

La pequeña, con los seis años, distribuye las cintas en cuatro montoncitos por colores.

El amarillo del puño izquierdo del lunes seis.

El verde claro del puño derecho del lunes trece.

El verde oscuro del puño derecho del miércoles ocho.

El azul claro del puño derecho del viernes diez. Mira los cuatro montoncitos.

—Mi Bryn.

—Dime, princesita.

—¿Cuál es el del viernes próximo?

Bajo la vista a la caja.

—Lo elegirás tú mañana al desayuno, princesita.

—¿Yo?

—Tú. Yo elijo las cintas todos los lunes, miércoles y viernes desde hace seis meses sin pedirte parecer. Mañana al desayuno me lo eliges tú.

Pippa frunce el ceño un instante. Después asiente con la solemnidad de su edad.

—Comprendido, mi Bryn.

La pequeña se va al cuarto de juegos con el libro azul.

Yo cierro la caja de las cintas pequeñas.

La mantengo encima de la cómoda baja, no en el cajón.

La caja, durante las próximas dieciocho horas, va a quedarse a la vista — porque Pippa, mañana al desayuno con su excelencia la duquesa, va a entrar a mi cuarto antes del primer té y va a abrir ella misma la caja para hacer su elección.

Y yo, la noche del jueves dieciséis, en la cama, mirando otra vez la ventana del despacho del primer piso de Ashvere Hall por la geometría del jardín del sur, advierto una cosa pequeña que me lleva tres noches sin permitirme advertir.

La ventana del despacho del primer piso de Ashvere Hall, esta noche del jueves dieciséis, sigue encendida a las once y media.

No es la del lunes trece, que apagó a las dos menos cuarto.

No es la del martes catorce, que apagó a las una de la madrugada.

La del miércoles quince apagó a las doce y media.

Pero la del jueves dieciséis, según la mancha amarilla pequeñísima que se proyecta desde su geometría sobre la copa del primer fresno del bosquecillo del extremo norte, sigue encendida a las once y media — y, según la mancha amarilla un dedo más alta en la copa del primer fresno, se va a quedar encendida hasta más tarde que las tres anteriores.

El conde de Ashvere lleva cuatro noches en el despacho del primer piso.

Las dos primeras hasta una hora razonable.

La tercera hasta una hora menos razonable.

La cuarta — esta — hasta una hora que no se justifica con la mina, ni con la respuesta al rector Holcomb, ni con el libro mayor del año en curso.

Una hora que se justifica solo si lo que el conde de Ashvere está esperando en el despacho del primer piso de su propia casa es que la administradora doméstica de la planta noble apague la lumbre de su cuarto del primer piso de Ravenfell House antes de que él se permita apagar la suya.

Sin que se me note, ya tengo la mecha del candil pegada entre dos dedos. La pellizco. El cuarto se queda en penumbra.

La ventana del despacho del primer piso de Ashvere Hall sigue encendida a las once y treinta y tres. Cierro los ojos. Cuento siete respiraciones. Al séptimo, la cabeza me devuelve una sola frase pequeña que el cuaderno gris no va a recoger esta semana:

«Hawthorn cayó la mano izquierda al muslo. Eso lo recuerdo todas las noches».

Después abro los ojos. La mancha amarilla pequeñísima del primer fresno se ha movido un dedo más. Y, en el segundo siguiente, se va. El despacho del primer piso de Ashvere Hall se ha quedado a oscuras a las once y treinta y siete del jueves dieciséis de abril.