CAPÍTULO 15 #2
Una mujer del condado pasa por el corredor del primer piso del despacho del señor a las cuatro menos uno, oye la voz alta del señor — la voz alta que no es para ella, que es para el mayordomo, que es por una mentira por escrito de un contratista mentiroso —, da cuatro pasos hacia atrás contra la pared del este.
El mayordomo, dentro del despacho, frente al señor, sin haberse vuelto al marco entornado de la puerta porque la cortesía del oficio no lo permite, advierte la sombra mía un cuarto de segundo después de los cuatro pasos.
El mayordomo baja la mano izquierda al muslo.
Es la única señal que se permite. Es la única señal que se le permite a un mayordomo viejo en la presencia de un señor que le ha alzado la voz por una mentira por escrito de un contratista mentiroso: que la administradora doméstica de la planta noble está en el corredor, y que está en el corredor sola, sin Pearl, y que está en el corredor sola contra la pared del este, no caminando por la del oeste.
La mano caída del mayordomo viejo era para mí.
No era para que el señor de Ashvere bajara la voz.
No era para que la conversación se interrumpiera.
No era para que Hawthorn cruzara el despacho a cerrar la puerta entornada.
Era para mí, para que yo entendiera, desde el corredor del este, que el mayordomo viejo del señor de Ashvere — el mismo mayordomo viejo de Settle que se llamaba Brunyate, según la cabeza —, en el cuarto de segundo número uno del segundo cinco de la frase del señor, había guardado a la administradora doméstica de la planta noble.
Tres hombres.
Mi padre, Brunyate, Hawthorn.
Renn no entra en la cuenta. Renn no entró nunca.
Renn era de los hombres que alzan la voz a la mujer del condado a las cuatro menos uno de un lunes y, en el segundo cinco, la bajan al grado normal cuando la mujer del condado se ha caído al suelo de cocina y se ha cortado la ceja izquierda contra una taza pequeña de loza marrón.
Renn era de la cuenta de los hombres que no caían la mano izquierda al muslo en cuarto de segundo. Renn era de la cuenta otra.
Levanto la frente de los dos puños.
Mojo la pluma. Abro el cuaderno gris por la primera página todavía sin escribir — la novena.
La octava carta a Maren, la del nueve de marzo, queda dos hojas atrás.
La novena la voy a empezar con la misma fórmula.
Pero el cuerpo de la novena va a ser distinto del cuerpo de la octava — la octava era cuentas de libras, esta es cuentas de hombres.
«Dieciséis de abril de mil ochocientos dieciocho».
Pero, antes de la fecha, advierto que la pluma me sigue temblando un grado. Espero. Cuento siete respiraciones hasta que el grado baja. Empiezo otra vez.
«Trece de abril de mil ochocientos dieciocho».
Esa es la fecha exacta. Hoy es lunes trece.
La cabeza, mientras esperaba que la pluma se firmara, había ido al miércoles dieciséis sin pedirle permiso a la mano.
La mano la fechó al miércoles dieciséis porque la cabeza ya está esperando el miércoles dieciséis con el cuerpo entero.
La carta no se va a escribir hoy. La carta va a esperar al miércoles.
Y la carta, al miércoles, va a tener que decirle a Maren tres cosas.
La primera, que en el corredor del primer piso de Ashvere Hall, esta tarde, una mujer del condado oyó por primera vez en doce años la voz alta de un hombre dirigida a otro hombre por un asunto de un contratista mentiroso, y dio cuatro pasos hacia atrás contra una pared del papel pintado de fresas pequeñas que no eran fresas pequeñas.
La segunda, que la mano izquierda de un mayordomo viejo cayó al muslo en un cuarto de segundo posterior, y que la mujer del condado, contra la pared del papel pintado de fresas pequeñas que no eran fresas pequeñas, advirtió la mano caída.
La tercera — y esta es la que la mano todavía no quiere escribir — que la mujer del condado, en el segundo siguiente a la mano caída del mayordomo viejo, supo, sin pedirle permiso a sí misma, una cosa pequeña que llevaba cinco años sin permitirse saber.
La pluma vuelve a temblar.
La bajo. La dejo en el secante. Cierro el cuaderno gris sin escribir nada.
Lo devuelvo al cajón del doble fondo. Cierro el cajón.
Me levanto del escritorio. Me suelto el moño bajo apretado del puño.
Me cepillo el pelo cuarenta veces — no veinte como las noches normales, cuarenta, porque cuarenta es lo que las mujeres del condado se cepillan el pelo cuando la pluma no quiere escribirles la tercera cosa de las tres del miércoles.
Me lavo la cara con el agua de la jofaina pequeña, esta vez tibia, no fría — porque a las cinco y cuarto, sin que yo me lo permita, Pearl me ha dejado fuera de la puerta de servicio del oeste una jarra de agua tibia con un papel pequeño doblado en cuatro encima de la jarra.
El papel dice, en la caligrafía de Pearl, las dos palabras sueltas: «agua tibia».
Sin firma. Sin más explicación. Pearl, en la cocina del semisótano de Ravenfell, le ha contado a Beulah que la institutriz subió por la puerta de servicio del oeste a las cinco menos cinco con la capa de paño gris medio doblada al revés, lo cual significa, en el código pequeño de las doncellas, que la jornada no se cierra con agua fría.
Me lavo. Me trenzo el pelo. Me meto en la cama vestida.
Vestida porque el frío de los puños interiores del corpiño, esta noche, no me lo quita el camisón.
Me pongo el chal de paño gris claro encima del edredón.
Aprieto la mecha del candil pequeño con dos dedos mojados.
Me tumbo de lado, mirando a la ventana del jardín del sur.
La ventana está oscura. Ashvere Hall, esta noche, tiene encendida solo una ventana del primer piso — la del despacho del señor, no la del cuarto del huésped principal.
La luz que sale de la del despacho lleva encendida desde las cinco.
A las once y media — que es cuando me he metido en la cama —, sigue encendida.
El martes, miércoles y jueves, el señor de Ashvere cumple.
Lo cumple así. El martes catorce, yo no cruzo el portillo a las dos de la tarde porque el martes catorce no es lunes, miércoles ni viernes.
El martes catorce está reservado, en mi calendario, para la primera lectura de la mañana con Pippa, la lección de música de la tarde, y la cena en el comedor pequeño con sus excelencias.
Esa cena la sostengo entera, sin que el cuello me ceda.
Su excelencia la duquesa, una vez, en el segundo plato, me mira por encima de los candelabros más segundo y medio del que un anfitrión sostiene a un comensal en una cena normal.
No comenta. Su excelencia el duque tampoco.
Pippa pide una segunda porción de pastel de manzana porque la pequeña, según le ha contado Pearl a Beulah, tiene en la cabeza la palabra «pastel» desde el viernes diez.
Le sirvo la segunda porción yo misma. La cena acaba a las ocho y media.
Subo al cuarto a las ocho y cuarenta y cinco.
Esa noche, la ventana del despacho de Ashvere lleva, por la geometría del jardín del sur, encendida desde las cuatro de la tarde.
El miércoles quince, tampoco cruzo el portillo a las dos.
El miércoles quince me toca cruzarlo a las dos, porque el lunes y el viernes son los lunes y los viernes, pero el miércoles es el miércoles.
Y, sin embargo, no lo cruzo. La razón pública — que su excelencia la duquesa Cora le anuncia a Pennywick al desayuno del miércoles a las nueve, sin que yo se lo haya pedido — es que la administradora doméstica de la planta noble tiene dolor de cabeza.
La razón verdadera — la que su excelencia la duquesa Cora me dirige a la una y diez del mediodía, en el saloncito amarillo, sin Pippa cerca, con la cara pequeña pero la voz de duquesa — es la siguiente:
—Bryn, esta tarde Pennywick va a entregarte personalmente, a las cinco, una nota del conde de Ashvere.
Tienes que estar en el cuarto a las cinco menos cinco.
No salgas. Pennywick subirá. La nota no es para que la contestes.
La nota es para que la leas y la guardes.
El conde de Ashvere ya ha aceptado, sin saberlo, que la administradora doméstica de la planta noble no cruzaría el portillo hoy.
Lo aceptó ayer a las once y cuarenta y dos por una nota de Hawthorn que llegó a Pennywick al mediodía.
Tú no le contestas al conde nada. La conversación con el conde queda para el viernes a las cinco en este saloncito.
Me sostiene Cora la mirada un segundo entero.
—¿Comprendido?
—Comprendido, su excelencia.