CAPÍTULO 15
Subo desde el cuarto de la señora Henshaw a las cuatro y cuarto.
No al primer piso de Ashvere — eso lo hago todavía, durante los cinco minutos que pasan entre la decisión y la primera escalera, sin permitírmelo a mí misma.
Cierro el cuaderno encuadernado en piel oscura.
Cierro el libro mayor del año en curso, abierto por la página de las cuarenta y siete equivalencias en la que llevaba dieciocho minutos trabajando antes del cuarto de segundo de la voz alta.
Recojo la pluma, el tintero pequeño, el lápiz fino, el dedal con el que retengo las hojas para que el viento de la ventana del corredor no me las levante.
Lo guardo todo en el cajón mediano de la mesa.
Cojo la capa de paño gris medio del respaldo de la silla.
Cruzo el corredor por la pared del oeste — la opuesta a la del despacho del primer piso.
Bajo por la escalera principal a la planta noble.
Cruzo el zaguán. Salgo al patio del este.
Y, en el patio del este, en lugar de girar al jardín del sur para volver al portillo, doy la vuelta entera por el camino exterior del muro de piedra hasta el portón principal de Ashvere — un cuarto de hora a pie de más — y desde allí tomo el camino que rodea el bosquecillo de fresnos del extremo norte y entro a Ravenfell por la puerta de servicio del oeste, no por la principal.
No es por la duquesa.
Su excelencia, los lunes a las cinco menos diez, sigue cosiendo en el saloncito amarillo con la luz que dura todavía y, si me ve cruzar el zaguán principal de Ravenfell veinte minutos antes de lo previsto y por la puerta principal, va a hacerme dos preguntas que no voy a poder contestar sin temblar.
Cora me lee desde la primera puntada de la mañana en que descubre algo nuevo en mi cara, y esta tarde, en este momento exacto, tengo en la cara dos cosas nuevas que no quiero que su excelencia me lea.
Por eso entro por el oeste. Por eso subo al primer piso por la escalera de servicio.
Por eso cierro la puerta del cuarto con llave a las cuatro y cuarenta y dos minutos.
Me apoyo en la puerta.
No de la manera en que me apoyé el martes nueve de marzo después de la velada musical del Clementi. Aquella vez fue la apoyatura de cerrar una jornada. Esta es otra: la jornada está esperándome dentro del cuarto.
Cuatro pasos hacia atrás contra la pared del este del corredor del primer piso de Ashvere Hall, a las cuatro menos uno minuto.
La voz alta del señor de la casa por encima de la cabeza del mayordomo viejo.
No por encima de la cabeza mía. No dirigida a mí.
Dirigida a otro hombre, en otro cuarto, sobre otro asunto.
Pero el grado de voz era el grado de voz.
Y los cuatro pasos hacia atrás, contra la pared del este, los han caminado mis pies sin pedirle permiso a la cabeza.
Cuatro pasos.
La pared del este del corredor del primer piso de Ashvere — la pared del lado del despacho del señor — no la conocía hasta hoy a esa altura.
La cabeza, durante los dos segundos pegada a la pared, advirtió que la pared tenía un papel pintado con un dibujo de fresas pequeñas, manchas rojas sobre fondo color crema, gastado en la parte inferior por los hombros de quien lleva décadas pasando por ese corredor.
La cabeza advirtió, también, que el papel pintado de las fresas pequeñas era el papel pintado que mi madre — mi madre, no su excelencia la duquesa Cora, sino la otra madre, la de Yorkshire, la que vivió en una casa pequeña que no era de un conde sino de un baronet, la que se murió en mil ochocientos nueve cuando yo tenía diecisiete años — tenía colgado en el corredor del piso superior de nuestra casa de Settle.
Las mismas fresas pequeñas. Casi exactamente el mismo color crema. El mismo gastado por los hombros.
Eso fue lo primero que la cabeza advirtió en los dos primeros segundos contra la pared.
Lo segundo, lo advirtió en los dos siguientes.
Y fue otra cosa — una cosa que la cabeza no había guardado en los meses anteriores porque no había tenido razón para guardarla, y que esta tarde, en el corredor del despacho del señor de Ashvere, sin pedirle permiso a mí misma, salió por sí sola.
Fue lo siguiente. Que la voz alta del señor de Ashvere, dirigida a su mayordomo viejo, en el segundo número tres de la frase, había sido la voz alta de mi padre. No de Renn. La de mi padre.
Mi padre, el baronet Rowan, fue durante mis dieciséis primeros años un hombre de pocas palabras y de muchas cartas.
Le escribía cartas largas a sus dos socios de la mina de hierro pequeña que tenía en arrendamiento al norte de Settle, cartas firmes a su administrador de Leeds, cartas cortas y diarias a mi madre cuando estaba de viaje, cartas semanales a mi tía paterna sobre la nuera que la tía paterna acabó siendo.
Pero, a finales de mil ochocientos seis, cuando yo tenía catorce años y mi hermana Maren cumplía los seis, el segundo socio de la mina de hierro pequeña — un hombre de Cumbria de apellido Fennel, que llevaba siete años con la mina — empezó a mentirle por carta a mi padre sobre las cuentas.
Mi padre le contestaba con cartas más firmes.
Fennel le devolvía con evasivas. Mi padre, al cabo del cuarto intercambio, mandó traer a Fennel a Settle y, en el despacho del primer piso de nuestra casa pequeña, lo recibió a las cuatro de la tarde de un lunes.
Yo estaba leyendo, esa tarde de mil ochocientos seis, en el corredor del piso superior del papel pintado de las fresas pequeñas, sentada en el escalón segundo de la escalera que bajaba al zaguán, con el Plinio que mi padre me había prestado el sábado anterior.
Mi padre alzó la voz al señor Fennel a las cuatro menos uno de la tarde.
La voz de mi padre, en el segundo número tres de la frase, recorrió el corredor del piso superior y me llegó al segundo escalón.
Yo cerré el Plinio. Subí dos peldaños hacia atrás.
Me quedé un instante de pie en el corredor del piso superior, contra la pared del papel pintado de las fresas pequeñas, dos pasos por detrás del primer escalón.
La voz alta de mi padre, en el segundo cinco de la frase, bajó al grado normal.
Y a las cuatro y catorce, mi padre y el señor Fennel cruzaron juntos el zaguán para salir a la calle a buscar al alguacil del valle de Settle a confirmar la retracción y la retirada del contrato.
El señor Fennel se fue de Settle al cabo de tres semanas.
Mi padre no volvió a alzarle la voz en su despacho del primer piso a un hombre de negocios durante los cuatro años siguientes.
Yo no había vuelto a oír esa voz desde mil ochocientos seis.
La oí, esta tarde, a las cuatro menos uno del lunes trece de abril de mil ochocientos dieciocho, en el corredor del primer piso de la casa del señor de Ashvere, a doce años de distancia de la otra.
La voz alta del señor de Ashvere, dirigida a su mayordomo viejo, sobre un contratista de la mina de Penshaw que ha mentido por escrito, en el segundo número tres de la frase, fue la voz alta de mi padre.
Y mi cabeza, durante los dos segundos pegada a la pared del este, sostuvo las dos voces a la vez.
Eso es lo que llevo desde las cuatro menos uno minuto hasta las cuatro y cuarenta y dos sin permitirme decir.
Eso es lo que esta noche, sentada en el escritorio bajo la ventana del cuarto, con la llave en el cerrojo y la luz baja del valle entrando ya con el plomo de las tardes de la segunda quincena de abril, voy a tener que decirme en el cuaderno gris.
Saco el cuaderno gris del cajón del doble fondo.
Saco la pluma. Mojo. Pero no escribo todavía. Apoyo la frente en los dos puños sobre la mesa. La cabeza, durante los doce minutos que tardo en levantarla, hace dos cosas a la vez.
La primera, oye otra vez, dentro, sin haberlo elegido, los segundos del corredor del primer piso de Ashvere Hall.
La sombra mía en el marco entornado del despacho del señor.
Los cuatro pasos hacia atrás. La pared del papel pintado de las fresas pequeñas — porque las fresas pequeñas siguen ahí, sigo oyéndolas, aunque sé que el papel pintado del corredor del primer piso de Ashvere Hall no es de fresas pequeñas: es de hojas de roble, color tabaco viejo sobre fondo color crema, lo cual lo he comprobado dos lunes seguidos al cruzarlo por el lado del oeste, no del este.
La cabeza me está poniendo las fresas pequeñas encima de las hojas de roble porque la cabeza, esta tarde, ha decidido sin pedirme permiso que el papel pintado de la casa del señor de Ashvere es el papel pintado de la casa pequeña de Settle.
La segunda, advierte que el mayordomo viejo del señor de Ashvere — Hawthorn, no Brunyate, no el mayordomo viejo de Settle que se llamaba Brunyate y se murió de pleuresía en mil ochocientos doce — ha bajado, en el cuarto de segundo posterior al segundo cinco de la frase, la mano izquierda del cruzado con la derecha en la espalda.
Solo la mano izquierda. Solo un instante. Y la ha vuelto a subir.
Yo, dos pasos hacia atrás contra la pared del este, vi la mano caída de Hawthorn en el marco entornado del despacho del señor.
Eso es lo que no voy a poder olvidar en cuatro días.
No la voz alta del señor de Ashvere. La voz alta se le ha bajado a un grado normal en cinco segundos, y el señor de Ashvere me ha entregado en el zaguán, al salir, una nota plegada por Hawthorn — la disculpa anticipada que un señor del condado le entrega a la administradora doméstica de la planta noble con tres días de antelación.
La llevo ahora en el bolsillo interior del corpiño.
Contra el pecho. La mano izquierda de Hawthorn al lado del muslo durante un cuarto de segundo — esa, en cambio, no se va a la nota.
Porque la mano izquierda del mayordomo viejo, caída al muslo en un cuarto de segundo, no era cortesía. Era cuidado.