El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

La administradora doméstica de la planta noble no es responsable de andar el corredor en silencio.

La administradora doméstica de la planta noble lleva en esta casa diez días, y, en el undécimo, ha tenido que hacer dos pasos atrás contra la pared del este de su propio sitio de trabajo por la voz de un señor del condado que no ha medido.

Levanto la frente.

Cojo la pluma. Mojo. Saco un folio nuevo. Anoto en el centro, sin sangría:

«Lunes trece. Las cuatro menos tres. Hawthorn. Sombra del corredor».

Y, debajo, en una segunda línea, una sola palabra:

«Cuatro días».

Doblo el folio en cuatro. Lo meto en el cajón inferior izquierdo, encima del sobre de Wilkin, con la cara escrita hacia abajo. Cierro el cajón con la llave pequeña. Me guardo la llave.

Bajo al patio. Tobías, en la cuadra, está cepillando a Hume.

Le hago un gesto pequeño con la mano para que no ensille al caballo.

Salgo a pie por la puerta del jardín del este — no del sur, no del oeste — y camino los cuatrocientos metros que separan Ashvere Hall del pequeño bosquecillo de fresnos viejos que mi tío plantó en mil ochocientos uno y que llevan diecisiete años creciendo despacio en el extremo norte de la finca.

Llego al primer fresno a las cuatro y catorce.

Me apoyo en el tronco más alto.

La corteza del fresno, todavía fría del invierno largo del norte, se me clava un instante contra el hombro derecho.

El aire del valle, a las cuatro y cuarto, baja del lago con la quietud que tiene cuando no se ha levantado nada de niebla durante el día.

Las ramas, todavía sin hojas — los fresnos en Cumberland tardan hasta mayo — dejan ver el cielo plomo entre los troncos.

Cuatro días.

Eso son las tardes de la administradora doméstica de la planta noble — el miércoles, el viernes, el lunes próximo — sin que el señor de la casa cruce por el corredor del primer piso a horas en las que la institutriz está en el cuarto de la señora Henshaw.

Las tardes en las que Hawthorn me cubrirá con el «milord está en la mina, milord está en Keswick, milord está con el rector Holcomb».

Las tardes en las que, por el portillo del jardín del sur, una mujer del condado que ha oído por primera vez la voz alta del señor de su nuevo sitio de trabajo no tendrá que cruzarse con ese señor en el corredor del primer piso, ni en la escalera principal, ni en el zaguán.

Eso es lo que un señor del condado le debe a una administradora doméstica nueva por dos pasos hacia atrás contra una pared del este sin haber pedido permiso a un cuarto de segundo.

Eso, y la disculpa en persona el quinto día. No el cuarto. No el sexto. El quinto. En el saloncito amarillo de Ravenfell. En presencia de su excelencia la duquesa. Sin haberle pedido a la administradora doméstica que cruce a Ashvere para escucharla.

Apoyo la frente contra el tronco del fresno.

La corteza me la deja fría hasta que el cuello me da el primer escalofrío.

Vuelvo a Ashvere a las cinco menos veinte.

Hawthorn me espera en el zaguán con la cara impasible y un té caliente recién servido en la mano.

No me lo ofrece. Solo lo sostiene. Me indica con la barbilla que la administradora doméstica de la planta noble ha cruzado el portillo del jardín del sur a las cinco menos diez, con la capa de paño gris medio doblada sobre el brazo izquierdo y la cinta verde claro del puño derecho intacta.

—Hawthorn. Mañana al desayuno, una nota a Pennywick. Que pida audiencia a su excelencia la duquesa para mí el viernes diecisiete a las cinco en el saloncito amarillo. En presencia de la administradora doméstica de la planta noble. No de la institutriz.

Hawthorn baja la cabeza un grado. Mete la mano libre en el bolsillo del chaleco. Saca un papel pequeño doblado en cuatro. Me lo tiende sin comentar.

Lo cojo. Lo abro.

Es la nota que la administradora doméstica de la planta noble me ha dejado sobre la repisa de la chimenea del despacho del primer piso antes de salir esta tarde — porque la administradora doméstica de la planta noble entrega cada lunes, antes de cruzar el portillo del jardín del sur a las cinco, una nota breve al despacho del primer piso con el resumen de la tarde.

Tres líneas, en su caligrafía pequeña, escritas a tinta firme:

«Inventario de despensa pequeña: completado. Cuarenta y siete equivalencias del libro mayor: dieciocho hechas. Acuerdo con Eudora para el menú del miércoles: cerrado. La señora Marlowe.»

Y, debajo de la firma — un dato que la administradora doméstica de la planta noble no le entrega normalmente al despacho del primer piso, pero que esta tarde, sin que yo se lo haya pedido, ha decidido entregar — una cuarta línea pequeña, con la pluma un grado menos firme que las tres anteriores:

«Solicitaré a Hawthorn que la nota del próximo lunes se le entregue al señor el martes a primera hora, en lugar del lunes al salir. Permite a la administradora doméstica revisar el inventario sin el peso pequeño del cierre del mismo día.»

Bajo la nota.

Hawthorn no comenta. Pero advierte — sin permitírselo del todo — el cambio pequeño de protocolo que la administradora doméstica acaba de proponer en la línea cuarta.

Me guardo la nota en el bolsillo interior del chaleco. En el del lado izquierdo, no en el del derecho.