CAPÍTULO 14 #2
Cuando levanto la vista hacia Hawthorn — la primera mirada de la mañana en la que me permito a mí mismo no medir — la voz me sale del pecho un grado más alta de lo que un señor del condado se permite con su mayordomo viejo.
—Hawthorn. No. El contrato se retira en septiembre.
Y Wilkin, si quiere las trescientas libras del cobre del otoño, las firma él en la mina del próximo otoño bajo el nuevo contratista de Carlisle como peón del mes, no como contratista, lo cual no va a aceptar porque su orgullo no lo aguanta.
La mina perderá trescientas libras este otoño.
Las recuperaremos en mil ochocientos diecinueve.
Lo que un señor del condado no puede perder, Hawthorn, es la palabra de un señor del condado por trescientas libras y un contratista mentiroso.
La firma del lunes ante el alguacil será de retracción y de retirada en septiembre.
Sin moratoria. Sin contratista interino.
Sin supervisión doble. Eso es definitivo.
La voz me sale fuerte.
No grito. Pero el grado por encima del normal — el grado que un señor del condado no le sube nunca a un mayordomo viejo que lleva diecisiete años con la familia — Hawthorn lo recibe en el segundo tres de la frase.
Levanta media ceja. Las dos manos cruzadas a la espalda se le quedan exactamente quietas.
La cara impasible no cambia. Pero las dos manos, durante una décima de segundo, se le aprietan una contra la otra.
Hawthorn baja la cabeza.
—Como milord disponga.
Y, en el segundo siguiente — en el segundo en que la voz del mayordomo viejo me devuelve la frase de obediencia exacta con la que ha contestado a mis órdenes desde el veinticinco de febrero — yo, en el despacho del primer piso de Ashvere Hall, advierto por el rabillo del ojo izquierdo, en el marco entornado de la puerta que llevamos veintiún minutos teniendo entornada un palmo por la regla del condado de las conversaciones del señor con el mayordomo, una sombra menor.
Una sombra que se aparta.
Un cuarto de segundo, no más. Pero el corredor del primer piso de Ashvere, a las cuatro menos tres minutos de un lunes trece de abril, no tiene quien camine por él a esa hora salvo Beth, que está dos plantas más abajo subiendo agua tibia para el té, y la administradora doméstica de la planta noble, que está dos cuartos más al norte en el cuarto de la señora Henshaw.
Beth no es. La sombra de Beth es más alta y más rápida.
Hawthorn la ha visto también.
No le ha cambiado la cara — porque Hawthorn lleva veintinueve años en este oficio aprendiendo a no cambiar la cara — pero, en el cuarto de segundo posterior a la sombra del corredor, la mano izquierda del mayordomo viejo, cruzada todavía contra la derecha en la espalda, ha soltado a la derecha y ha caído un instante junto al muslo.
Es la primera vez en cinco semanas que le he visto una mano caída.
La administradora doméstica de la planta noble de Ashvere Hall ha oído mi voz.
Eso es la frase exacta. Lo demás — el cuarto de segundo de la sombra, el cuarto de segundo de la mano caída de Hawthorn, los dos segundos en que el mayordomo y yo no nos hemos vuelto al marco de la puerta entornada — me lo digo solo a mí mismo, sentado del lado de mi mesa, sin mover la pluma, sin volver a coger los folios del borrador, sin contestarle a Hawthorn la frase de obediencia que me ha devuelto.
La voz del señor del condado le ha salido un grado por encima.
La sombra del corredor era la suya.
Y la sombra se ha apartado.
Hawthorn, sin pedirme permiso — y esto sí es la primera franqueza grande de los diecisiete años que lleva con la familia —, se permite levantar la vista del suelo, mirarme a la cara directamente, y soltarme una frase pequeña, baja, que un mayordomo viejo no le suelta a un señor joven más que una vez en la vida:
—Milord. La señora Marlowe ha cruzado por el corredor.
Asiento.
—Lo he visto, Hawthorn.
—¿Quiere milord que la llame yo?
—No.
—Comprendido.
Hawthorn se queda en la posición exacta — las dos manos cruzadas otra vez a la espalda, la cara impasible vuelta, la cabeza baja un grado.
Yo cojo la pluma. La mojo. Vuelvo al cuarto folio.
La voz, en la cabeza, sigue alta — no el grado de la frase a Hawthorn, sino el grado del segundo siguiente, el que la sombra del corredor recibió con dos pasos hacia atrás contra la pared del este antes de retirarse al cuarto de la señora Henshaw.
Lo escucho ahora, dos minutos después, con la nitidez de las cosas que un señor del condado no oye en el momento porque está oyéndose a sí mismo, y que escucha solo cuando la habitación del lado se le ha quedado en silencio.
Los dos pasos hacia atrás contra la pared del este, lo entiendo, no fueron los pasos de una mujer del condado que ha oído a su nuevo señor alzar la voz con su mayordomo y se aparta por cortesía.
Fueron los pasos de una mujer del condado que ha oído a su nuevo señor alzar la voz con su mayordomo y, sin permitírselo, se ha quedado pegada un instante a la pared del este antes de moverse.
La cortesía de retirarse del corredor sale de la sombra a los dos segundos.
La quietud de la pared contra la espalda dura los dos primeros.
Cierro el cuarto folio.
Lo dejo encima del tercero. Lo dejo encima del segundo.
Lo dejo encima del primero. Cuatro folios en el centro del secante.
La pluma a la izquierda. El tintero a la derecha.
La luz de la ventana del despacho — la luz tibia de un lunes trece de abril a las cuatro menos uno — me cae oblicua sobre los cuatro folios.
Hawthorn sigue de pie a mi izquierda, esperando.
Le hago un gesto pequeño con la mano — el gesto de los señores del condado que han decidido cerrar una conversación con su mayordomo cuando la conversación se les ha desviado por culpa de una sombra en el corredor — y Hawthorn lo entiende.
Sale del despacho con la suavidad de las puertas que los mayordomos viejos saben cerrar a sus espaldas en las tardes en las que la voz del señor les ha salido un grado por encima y los dos lo han guardado sin mencionarlo.
La puerta se cierra.
Me quedo solo.
Apoyo la frente en los dos puños cerrados sobre los cuatro folios.
Una mujer del condado a la que un hombre rompió en algún momento de su matrimonio anterior — un matrimonio del que el condado entero sabe, salvo yo, lo justo para no comentarlo — ha oído a su nuevo patrón doméstico alzar la voz a su mayordomo viejo a cuatro metros de la puerta donde ella estaba pasando.